sábado, 7 de abril de 2018

Cosas que (otra vez, también) podrían ser tú (0.4.) Las puertas, la tiza, y la sal. El pan.

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Ahora que se nos aparece la oportunidad
de atravesar tantas puertas. Ahora que tú
pintas de tiza los marcos y el suelo. Inventas las reglas, los juegos.
Tú, que juntas con las manos la sal,
como si quererse fuera un acto supersticioso, 
y por eso la pones en cuencos que dejas bajo la cama,
haciendo con ellos un río de piedras con la longitud exacta del miedo. 

Ahora, pienso, esas mismas puertas
podrían en realidad ser tú, cada ángulo de tu cuerpo
una representación de cada una de ellas,
como si fueras un remedio natural hecho de numerosos ingredientes
secretos, porque así, hablando muy bajito, es como se cura 
toda enfermedad en principio altamente mortal. 
Tú, todo puertas abiertas, y aún así tu miedo hecho de sal, 
como una deshidratación severa, una cueva en un país lejano,
una mina bajo tierra. Tú, sí, tú, también podrías ser esa grieta
de donde se extrae la fortuna con que hacer el pan. 

O el pájaro
que avisa con su muerte de que el oxígeno está lejos
y otros gases van ganando terreno. 

Tú, esa palabra, tú
podrías ser 
nada de lo que imagino y también podrías ser todo esto que 
te cuento. Porque a ti no te conozco todavía,
pero te cuento. Y pienso que esa valla en medio del camino,
esa sorpresa al doblar la curva, esa nube que parece estática,
ese cuervo picoteando cualquier resto, ese perro que cruza y me mira
a lo lejos, esa ropa tendida en medio de la nada, esa mujer
que cruza sin mirar, despreocupada, porque es su casa y 
nadie debería atravesar esa carretera, sólo ella, 
esa capilla que tantas veces veo y
en la que todavía no me he atrevido a entrar,
ese chico al que no quiero llevar en el coche, aunque sonría,
esos niños que pelean, esa ropa extraña tras el escaparate, 
esa silla con una arista que estropeará mi pantalón. 

Mi ropa. Lo que me cubre. Sí, todo eso, 
lo casual y lo elegido, lo que me pongo al despertarme,
aquello con lo que me cubro para salir al mundo,
y ese mismo mundo con el que tropiezo, sin sentido.
Todo, todo eso, que aparece tras mil puertas, y que yo miro y toco 
y está lleno de tiza, y de la sal con que cocino o con la que 
tú ahuyentas tus temores. El pan que no pruebo y sin embargo 
a ti te sustenta. Todo eso, sí, todo eso también, 
podrías ser tú. A ambos lados de la puerta. 

O a uno sólo del cristal. Mi canción favorita. El corazón inmenso 
de Joni Mitchell. Su profunda comprensión del mundo, como si ella fuera el pájaro que ahuyenta la muerte en la mina con su canto.
Joni, la que entiende las nubes, el sol, la lluvia. Los helados. Las plumas. 

Sí, tú, también, otra vez,
podrías ser todo eso,
incluso el que no me va a querer, y no importa. 
O lo prohibido. El pan.


 

miércoles, 3 de enero de 2018

La vara. (El esquí nórdico y los actores secundarios. 6.)



- Oye, ¿piensas alguna vez en Doug?

- ¿A qué viene eso ahora?

- No sé, llevo unos días viendo su cara.

- ¿Su cara? ¿De qué narices hablas?

- Joder, ya me entiendes, acordándome de él.

- No me jodas. A los suicidas ni se les menciona, y mucho menos se piensa en su cara.

- ¿Y eso de dónde carajo lo sacas? –puta-manía-de-pontificar-sobre-todo-para-qué-le-habré-dicho-nada.

- Trae mala suerte, lo sabe todo el mundo.

- ¿Y desde cuándo eres tú supersticioso?

- Desde que tíos como Doug Potts se suicidan.

- Joder, qué contundencia.

-¿Y qué quieres? Es así. No tiene sentido, y cuando algo no tiene sentido es porque suceden cosas raras que a los demás se nos escapan. Y no me gustan ni me interesan.

- Bueno, no sé… nadie se espera nunca un suicidio.

- Y una mierda. Todos podríamos hacer una lista de los diez candidatos con más papeletas para comprar unos cuantos metros de cuerda extra en menos de lo que tarda Martha en beberse un trago largo. Y seguro que la curva de desviación no superaría el dos por ciento.  De hecho, Doug Potts no estaría en la lista de ninguno de este pueblo.

- Joder, visto así.

- Así es como hay que verlo. Que el suicidio de Potts no tiene ninguna lógica es más que obvio. Por eso no me gusta. Y después está lo de ponerlos a pensar.

- ¿Cómo? No te entiendo, tío, ¿qué mierda es esa de ‘ponerlos a pensar’? ¿A quién?

- A la gente. Estas cosas, un asesinato sin móvil claro, un suicidio sin sentido alguno, un digamos ‘incidente extraño dentro de lo absurdo’, fuera incluso de los patrones de lo irracional –que los hay-, ponen a la gente a pensar. Es como si todos abrieran el sótano, bajaran las escaleras a oscuras y se sentaran a pensar. Y nunca es en nada bueno.

- Joder, tío, me estás dando muy mal rollo, de verdad.

- ¿Lo ves? Te has puesto a pensar.

- ¡Me has puesto tú, cabrón!

Puñetazo en el hombro, lo más parecido a una muestra de cariño. Disipar fantasmas, pedir otro trago, devolver lo irreal y terrorífico a su mundo y volver a este plano.

- Oye, ahora que lo has dicho, ¿a quién meterías tú en esa lista? Y como digas que a mí te juro que me meto yo en la de los asesinos jajajaja.

- Dios, ya te has quedado pensando.

- Joder, venga, por cambiar de tema.

Por absurdo que parezca, hablar de lo mismo en un tono diferente, casi siempre significa cambiar por completo de tema.

- Bueno, te digo uno y me voy, que mañana entro temprano.

- ¿Y eso?

- Te juro por mi madre que mañana llego antes que el cabronazo de William y no me coge el sitio.

- Joder, sí que te cae mal.

- ¿Caerme mal? ¡Ja! me caes mal. A él lo odio. Podría ver cómo en medio del trajín alguien le aplasta la cabeza con una pala, sonreír y seguir trabajando. No perdería ni un aliento ni un dólar del jornal.

- Hostia, Reno…

- Hostias nada. Es la peor rata de este pueblo. Y seguro que no estaría jamás en la lista. Al menos no en la de los capullos que se suicidan. Hace falta generosidad y dignidad para quitarse de en medio y dejar de molestar.

- Joder, me has quitado las ganas de seguir con el tema.

- Pues ahora te jodes. El primero de la lista: el viejo Foster.

- No se me habría venido a la cabeza de primero, pero ahora que lo dices, tienes razón. No pensaría ‘oh, jamás lo habría imaginado’ como pensé de Doug. El viejo tiene razones más que de sobra.

- Las tiene, cierto. Y por eso mismo no lo hará jamás.

- Tío, me estás volviendo loco.

- A ver, piénsalo. Los que tienen tantos y tan claros motivos nunca se suicidan. Saben que todos lo sabemos, no les atormenta nada en secreto, porque todo es conocido, obvio y notorio. Cruza el aire cada vez que entran en una habitación. Y no pasa nada. Esos como mucho azuzan la hoguera del desprecio y la ira y un día cogen el rifle y en lugar de subir por el desfiladero de Ditchbarn bajan directamente al pueblo. Entran por esa puerta –la señala con el vaso- y abren fuego. Matan a gilipollas como tú y como yo que están aquí perdiendo el tiempo hablando de tarados como ellos.

- Y después hablas de que los demás se ponen a pensar. Anda que no le das tú vueltas al tema –se ha quedado mirando la puerta de reojo. La imagen ha sido tan nítida, tan real. En cualquier momento le meten un tiro y tendrá que pensar ‘sí, merecido, por gilipollas’.

Reno no escucha, sigue con su lista.

- Vería factible también un Peter Braggs. Desde lo de Marcia Ross con el cabrón de Will no ha vuelto a tener la mirada en este lado, ya me entiendes.

Asiente, la vergüenza lo agarra por el cogote y le baja la cabeza. Antes eran amigos, ahora no soporta su presencia, su mirada en el otro lado.

- Oye, volviendo a lo del viejo Foster y a que ‘lo sabe todo el mundo’. ¿Qué es lo que sabe todo el mundo?

- Vamos, Mitchel, no me jodas. No puedes decir en serio que no sabes lo del viejo.

- Te juro que con el sueño que tengo no te lo preguntaría si tuviera la más mínima idea.

- ¿En serio me dices que no lo sabes?

- Que no, joder –se siente idiota, se retuerce ligeramente en la silla-. Sé que es ‘peculiar’, es ‘el viejo Foster’, pero no sé por qué ni si siempre ha sido así.






Black River 2, by Emilia Dubicki



- ¿Sabes la enorme vara que hay en el río, junto al puente? 
- Sí, el tronco ese medio seco, tan tieso.

- Ése. ¿De veras no has oído nunca a nadie hablar de ‘la vara de Foster’?

- Ahora que lo dices, supongo que sí. Pero no lo había relacionado nunca con el viejo –joder-qué-imbécil-soy-hay-que-explicármelo-todo-tiene-razón-Lilly-Ann-no-me-extraña-que-no-quiera-que-nadie-sepa-lo-nuestro-joder-qué-imbécil-soy.

- En fin, te lo voy a explicar. El viejo Foster clavó esa vara hace cuarenta años en el río, tendría más o menos tu edad. Desde entonces, cada vez que sucede algo importante en el pueblo, algo que a él le parezca digno de quedar registrado, hace una marca allí. Según sus palabras, para dejar doble constancia: por un lado, del hecho en sí, y por otro, para que se sepa por dónde estaba el caudal del río en aquel momento. Eso sí, deja siempre veintisiete centímetros por debajo, entre la marca y la superficie del río.

- ¿27 exactos? ¿Y eso por qué?

- No suele hablar de ello, pero una noche que no había trabajo ni nada que hacer, lo invité a whisky. Ya sabes que no puede beber más de un dedal o suelta la lengua, pero ese día él tampoco tenía nada que hacer, y conseguí que se bebiera dos vasos –sonrisa reptil, últimamente las serpientes van y vienen por las bocas del pueblo.

 
- ¿Y te lo contó? –mierda-voy-a-dormir-poquísimo-pero-quiero-oír-esto.

- Vaya si me contó.


No name VI, by Guim Tió


‘Con una vara afilada me destrozaba padre la punta de los dedos para que no pudiera tocar. 27 golpes de cada vez daba. Yo quería ser violinista, ¿sabes? Sigo queriendo serlo. Llevar dentro el sonido del violín es algo que no se puede acallar. Como decía la señora Queen, 'da igual que uno toque o no, se es violinista o no se es'. Pero padre se encargó de que no pudiera tocar.

- 27 va a ser para ti la medida de todas las cosas, rata asquerosa –decía padre a todas horas.

Siento pena por él. 27 era la edad de madre cuando murió. No creas que fue por mi culpa, no fue en el parto ni nada así. Eso habría sido mejor, me daría a mí un peso más épico en la historia, sería protagonista de mi desgracia más que un mero espectador. Pero nada de eso. Ni siquiera es que mi madre me adorara y padre se celara, qué va. Lo que sucede es que justo después de darme a luz, madre le perdió el gusto a la cama de golpe, y los últimos cuatro años de su vida no quiso que padre se le acercara. Lo hacía dormir en un catre en el salón que tapaban con una especie de manta de ganchillo. Cuando venían las visitas ponían allí de comer, para que creyeran que era una mesa, aunque todos sabían que no era una mesa. Un día que llegó muy borracho, empezó a gritar que todo era culpa mía, por ser tan delgadito y afilado. Dijo que salí del cuerpo de madre como una maldita vara punzante y que la dejé tan dolorida que no quiso volver a acostarse con padre.
'¡Delgado y punzante como un puto arco de violín!'

Pobre viejo.

- ¡¿Pobre?! Joder, Foster, te destrozó la vida. Siento hablar así de tu padre, pero joder…

No lo entiendes. Madre murió de sífilis. Ella, el pastor Benedict Anchor y una prostituta de Long Peak. Con una diferencia de tres semanas entre ellos. Echa tus cuentas. 
Padre las echó.’


  


Tomato and Knife, by Richard Diebenkorn





- Así que ya lo sabes. El día en que su padre murió se fue al monte, buscó el abedul más tieso que encontró, lo taló, y lo peló durante días con un cuchillo no más grande que el que tiene Rufus para cortar el pan –señala la barra con el vaso-. Un cuchillo delgadito y afilado. No bajó ni al entierro. Dejó trescientos dólares antes de irse para la caja y un violinista de Blackwood Falls que tocaba aquí y allá por cuatro dólares y un vaso de licor, y allá que se fue. Bajó a los tres días con aquella vara, se fue al puente y como pudo se metió en el río y la clavó. Nadie entiende cómo sigue tiesa y en pie, pero ahí está. Dice que le da una medida objetiva de las cosas, no permite que la memoria le juegue malas pasadas ni que nada esté fuera de lugar. Por eso le gusta la vara a Foster y por eso cuida de ella. Dice que no quiere una venda en los ojos, quiere los hechos allí marcados, para que a nadie se le olvide cuándo y qué sucede en el pueblo. Cuando estaba muy borracho me dijo que maldice la Temporada y el falso sentido de medida del tiempo que le da al maldito pueblo. Que no es más que una ilusión, que lo importante sucede el resto del año. Y puede que tenga razón. Ah, y la marca la hace con un arco de violín de verdad. El muy cabrón. Al final sí que se hizo violinista jajajajaja. En cualquier caso, como dice él 'la vara permite que el río se la vaya tragando a su antojo. Permite dejar un margen a lo imprevisible que no podemos controlar. Todo lo opuesto a la Temporada.' Y hablando del diablo, hora de irse a dormir, que en nada hay que empezar a trabajar.


Se levanta y deja a Mitchel ahí, petrificado. Clavado a su silla como si él mismo fuera una vara punzante y afilada. De pronto la cabeza de Doug corona la vara de Foster, reflejando lo que sucede de verdad fuera de la Temporada, y su suicidio se convierte en una nueva medida de todas las cosas. Una nueva medida del tiempo, de lo que no tiene sentido, de la vida.


Se acaba el trago y se levanta. Se da cuenta de que está mucho más borracho de lo que pensaba. Le arde la garganta y la vena de la sien izquierda golpea como el río contra los bordes. Piensa en Doug, la maldita cabeza de Doug coronando la vara, la mirada bonachona del viejo Foster, pobre viejo Foster, y en la escena se cuela como una pequeña serpiente la mirada de Will, reflejada en el río, a contraluz, deslizándose furtiva bajo el puente. Siente que de pronto todo tiene una forma afilada, como de cuchillo, y lo último que ve es el vaso vacío que deja en la barra antes de marcharse.




Knife and glass, by Richard Diebenkorn


Sale del bar. Hace frío, cae el polvillo que anuncia la nevada de esa mañana. Habrá trabajo, y habrá que hacerlo. Baja la calle, y con él su cabeza, la de Doug, la vara del viejo Foster. La turbia mirada de Will.

Quizás Lilly Ann aún no esté acostada.