lunes, 21 de enero de 2019

Las articulaciones. (El esquí nórdico y los actores secundarios. 7.)







de un viejo libro infantil



- ¿Te acuerdas de los juegos de manos? - Geordine sonríe.

- ¿Qué? - Marcia arruga la cara. El gesto hace difícil diferenciar el asco de la incomprensión.

- Nuestros juegos de manos, cuando éramos pequeñas, y pasábamos horas con aquel cordoncito que nos había dado la tía Mary - Geordine sigue hablando con el buen tono de siempre.

- ¿Y a qué viene esa tontería ahora? - Marcia habla con su ¿nueva? aspereza. 

Geordine se hace pequeñita, está incómoda.

- A nada, supongo. Es sólo que me acordé, me gustaba aquello y...-

- Joder, Geordine, sigues igual de idiota que cuando éramos pequeñas. Sólo que más fea.- Marcia sobrepasa los límites de lo áspero. Necesita nuevos adjetivos.

Geordine se olvida constantemente del desprecio de su prima. Geordine, siempre buscando los lugares bonitos de la infancia, los recuerdos que -ella-cree- las unen a algo feliz. Geordine, a la que -una vez más- Marcia le parte la boca de un puñetazo y se dobla por dentro sobre su estómago para no vomitar. Geordine, la que cuando siente eso no hace ni una mueca.

- Supongo que tienes razón - Geordine se levanta, coge su chaqueta y se va. Por primera vez su cabeza no le dice Marcia-tiene-razón-eres-idiota-y-fea-siempre-igual-siempre-con-estas-tonterías-por-qué-no-te-callas. Esta vez su cabeza es la que calla, y ella puede empezar a pensar con claridad. Y le ordena a su cuerpo que salga de allí.

Marcia se queda sola en su nueva cocina. No esperaba este contragolpe por parte de Geordine. Habría esperado titubeos, quizá alguna lágrima. Su típico 'lo siento' nauseabundo y quejumbroso, incluso después de ser ella la lastimada. Pero no esperaba indiferencia, no que se marche. Sigue recostada en la silla, y se da cuenta de que está sentada como el señor Mince, aquel extraño conductor de autobús que tuvieron durante dos cursos en primaria y del que empezó a haber rumores y después no se supo jamás. Se recostaba en su asiento, echado hacia un lado, con el brazo derecho apoyado en el respaldo en lugar de sentarse recto y manejar correctamente el vehículo. El señor Mince, que tenía siempre un comentario hiriente y sarcástico para cada niño que entraba en el bus. Para todos menos para ella.

Marcia siente un escalofrío, se endereza. Algo muy lejano -un rumor- le acaba de golpear en la nuca con la palanca de cambios del autobús del colegio. Náuseas. Va corriendo al baño a vomitar. No tiene claro todavía qué acaba de suceder, pero sabe que hay cosas que, de tanto doblarlas, se rompen. No es una rotura brusca, es más bien un desmembramiento. Acaba de desmembrar el último hilillo que quedaba del cordón infantil que la unía a Geordine. Y acaba de recordar cosas. Cosas que, tiene gracia, sólo podría haberle contado a su prima. Vomita otra vez.

 

foto de freegr


- ¡Joder, Marcia! - Frank salta de la silla - ¿qué haces tú aquí? - su mirada escupe adrenalina antes de que aparezca el cariño.

- Perdona, papá. -Marcia baja los ojos, se aparta para que no la salpique.

- Nada, hija. Joder, qué susto me has dado - sonríe - ¡Qué sorpresa! Tu madre no me dijo que venías -Frank vuelve al lugar lejano en el que estaba cuando llegó ella - No me lo dijo.

- ¿Cómo? - Marcia aún no se ha repuesto de la mirada de su padre.

- Nada, tonterías. Me alegro de verte en medio de semana. -cambia de tono, vuelve el miedo - ¿Ha pasado algo? - ¿lo inevitable, quizás?

- No, papá, es sólo que me apetecía veros. - ¿por-qué-hostias-todo-el-mundo-espera-que-suceda-algo-por-qué-no-les-entra-en-la-cabeza-que-estoy-bien-que-no-voy-a-volver-con-Peter-que-no-voy-a-entrar-en-razón-joder-entrar-en-razón-cuántas-veces-dirá-eso-mamá-cada-vez-que-la-veo-mierda-por-qué-he-venido? - cambiemos de tema, que el foco lo ilumine a él - ¿Qué hacías ahí sentado?

- Nada - demasiados 'nada' en una conversación tan corta. Decir 'nada' demasiado suele significar eso, 'demasiado'.

Su padre tiene delante la caja de herramientas. La vieja, la que veneraba de pequeña, porque sólo se la dejaba a ella. No es que a su hermana le interesara, pero aunque así fuera, todos tenían prohibido tocarla. Todos excepto Marcia. Ella sabía qué era todo y dónde tenía que colocarse. Sabía cuántas tuercas había de cada tipo, para qué servía cada herramienta. Esa caja que todo lo reparaba era lo que los había mantenido unidos siempre, lo que dejaba a los demás al margen. 


Marcia sonríe -Tiene-gracia-haber-llegado-justo-cuando-está-jugando-con-ella.

- Hacía siglos que no veía la caja - mano de Marcia sobre hombro de padre. Los dos sienten un escalofrío. Faltan músculos en esa espalda.

- Yo también, cariño - sonríe con tristeza, otra vez está allá a lo lejos- ¿Sabes por qué me ha gustado siempre esta caja? 

- ¿Debería? - le extraña su propia pregunta, pero no podría haber hecho otra.

  - En las construcciones nos fijamos siempre en el resultado final, en lo grandioso del edificio completo. Pocas veces prestamos atención a las piezas más pequeñas, las que articulan la estructura y le dan consistencia. Hacemos lo mismo con la gente. Con los cuerpos. ¿Qué es un simple codo en un brazo entero? ¿Una muñeca dolorida si todavía se cierra el puño? ¿Un arañazo en la rodilla si la pierna aún camina? - Frank habla desde muy lejos a alguien que también está muy lejos. Y desde luego no es Marcia.

- Ay, papá, ¿qué tendrá que ver la caja de herramientas con el cuerpo? - no sabe por qué, pero se está poniendo muy nerviosa. 

Frank continúa hablando.

- Todo el mundo se fija en las extremidades, en el chorro del grifo, en las ramas cargadas de frutos, las molduras y los pomos, en los guardarraíles, en la barra regia que aparentemente soporta el peso de las telas, las vías completas y no los listones de madera con sus cortes y sus grietas, las vigas compactas y no los travesaños. Nadie ve las tuberías, los nudos de los árboles, las bisagras de las puertas, las líneas de la autopista, los soportes que aguantan las barras de las cortinas. No ven las falanges de las manos que los colocaron - Frank observa sus manos, les está hablando - Las articulaciones permiten cosas tan mágicas como el salto. Piensa por ejemplo en la señal del ciervo a la entrada del pueblo. Permiten los cambios de sentido, recuerda que siempre preguntabas qué quería decir la señal destartalada antes de girar hacia la escuela, también en la carretera. Las articulaciones permiten el movimiento necesario para cambiar de dirección o, qué sé yo, desviar cualquier líquido o fluido. Golpear un bate. Coger un desvío. -una serpiente asoma por la boca de Frank - Pregúntale a mi esposa  - la serpiente brilla y es horrenda. Y a Marcia le recuerda a alguien. ¿A su madre?


Frank sigue hablando. Una especie de trance febril se ha apoderado de su lengua y no puede callar. Frank, el que pocas veces habla. De pronto recuerda lo que les explicó un día en clase la señora Queen sobre los diferentes tipos de articulación. Les hablaba de la mecánica, la corporal, la fonética, la fonológica. Hablaba de arquitectura, de física. 

- Dios, cómo adoraba a aquella mujer. Angélica Queen, ésa sí que ha articulado el pueblo a través de los años - risa que parece un eco retumbando en una cueva muy lejos de allí - Me gusta, se lo diré la próxima vez que la vea. 'Angélica Queen, la que articula el pueblo'. ¿Te he contado alguna vez cuando nos explicó en clase que pueden ir uniéndose pedazos de lo que sea, articulándolos por ejemplo para formar un círculo, pero su unidad perfecta será sólo apariencia? 


'Será funcional, sí; podría incluso usarse como rueda de un molino y hacer que en principio todo fluya a vuestro gusto, pero siempre habrá alguna parte más floja que otra, una fisura por la que se os colará el agua, o una piedrecita que hará saltar alguna de las junturas. No olvidéis nunca que la unidad entre seres humanos tiene más de apariencia que de realidad, aunque esto no la invalida.'  

Marcia se da cuenta de que no tenía ni idea de que la señora Queen se llamara Angélica. De hecho, nunca habría imaginado que tuviera otro nombre que no fuera 'Señora Queen'. Mira sus manos y ve que ha cogido la llave inglesa más grande, una con mandíbula fija en un extremo y mandíbula ajustable en el otro. Se queda mirándola, en su cabeza se agolpan flashes de su nuevo garaje, de las herramientas de Will entremezcladas con las de su padre. Y ya no sabe qué caja es la de cada uno, ni quién es quién. 

Y el señor Mince sonriendo como un reptil. Y de pronto la palanca de cambios que le revienta la mandíbula. 

Deja caer la llave. Le da un beso a su padre, lo siento tengo que irme, sí, tengo que irme, Marcia, qué te pasa, quédate a comer, no gracias, tengo que irme, sólo vine a saludar, de veras tengo que irme. 
Oye a su padre a lo lejos, le dice algo de que vuelva cuando quiera, sí sí yo también te quiero. 

Adiós.



Blindness, Carmen Sârbu




Se ha quedado paralizada en el jardín, al borde de la carretera donde ha aparcado la furgoneta. El corazón a mil por hora. Sólo se oye su latido y el aspersor que gira. Lo tiene al lado, pero lo oye muy lejos. El aspersor gira y gira, y sisea, tsst tsst tssst, y gira. Todo da vueltas con ese aspersor. El mundo entero se empapa con cada vuelta del maldito aspersor. El agua se le mete en los ojos, en la nariz, pero no puede cerrarlos, no consigue apartar la cara. No-puedo-moverme-no-puedo-cerrar-el-puto-aspersor-no-puedo-hacer-que-pare-de-girar-no-puedo-hacer-que-la-cabeza-no-me-estalle. 

Otra vez siente Marcia que le escupen, como cuando llegó, pero esta vez el cariño no sigue al escupitajo, ni tampoco ella consigue apartarse. No deja de pensar en que su padre no dejaba que nadie tocase su caja de herramientas. Nadie excepto ella. Esa maldita frase otra vez. La misma que escupió el señor Mince en su memoria cuando le recordó que a nadie excepto a ella le dedicaba palabras bonitas. 

Nadie excepto tú. Escupió mientras tiraba la palanca de cambios con que le golpeó esta mañana la cabeza.

Marcia se pasa rápidamente una mano por la cara con asco, con mucho asco. Vuelve a ver con claridad. Apresura el paso hacia la furgoneta. Delante de ella escupe con todas sus fuerzas. Sube y cierra de un portazo. Se aferra a la palanca de cambios y arranca con furia.


Dicen que todos queremos que nos quieran, pero quién sabe, puede que no sea del todo cierto. Quizás algunos no anhelen cariño en absoluto o quizás es sólo que saben que el amor es una articulación más. 

El amor, la articulación más dura y también la más quebradiza de todas. 







domingo, 30 de septiembre de 2018

Las articulaciones -fragmento- (El esquí nórdico y los actores secundarios. 7.)

de un antiguo libro infantil
 
 
 
 
-¿Te acuerdas de los juegos de manos? - Geordine sonríe.

-¿Qué? -Marcia arruga la cara. El gesto hace difícil diferenciar el asco de la incomprensión.

-Nuestros juegos de manos, cuando éramos pequeñas. Pasábamos horas con aquel cordoncito que nos había dado la tía Mary - Geordine sigue hablando con el buen tono de siempre.

-¿Y a qué viene esa tontería ahora? -Marcia habla con su ¿nueva? aspereza. 

Geordine se hace pequeñita, está incómoda.

-A nada, supongo. Es sólo que me acordé, me gustaba aquello y...-

-Joder, Geordine, sigues igual de idiota que cuando éramos pequeñas. Sólo que más fea.- Marcia sobrepasa los límites de lo áspero. Necesita nuevos adjetivos.

Geordine se olvida constantemente del desprecio de su prima. Geordine, siempre buscando los lugares bonitos de la infancia, los recuerdos que -ella-cree- las unen a algo feliz. Geordine, a la que -una vez más- Marcia le parte la boca de un puñetazo y se dobla por dentro sobre el estómago para no vomitar. Geordine, la que cuando siente eso no hace ni una mueca.

-Supongo que tienes razón - Geordine se levanta, coge su chaqueta y se va. Por primera vez su cabeza no le dice Marcia-tiene-razón-eres-idiota-y-fea-siempre-igual-siempre-con-estas-tonterías-por-qué-no-cierras-el-pico-. Esta vez es su cabeza la que calla, y ella puede empezar a pensar con claridad. Y le ordena a su cuerpo que salga de allí.

Marcia se queda sola en su nueva cocina, no esperaba este contragolpe por parte de Geordine. Habría esperado titubeos, quizá alguna lágrima, el típico 'lo siento' nauseabundo y quejumbroso de la patética Geordine, incluso después de ser ella la humillada. Jamás habría esperado indiferencia, no que se marche. Bien jugado. 

Marcia se queda largo rato recostada en la silla, y se da cuenta de que está sentada como el señor Mince, aquel extraño conductor de autobús que tuvieron durante dos cursos en primaria y del que empezó a haber rumores y después no se supo jamás. Se recostaba en su asiento, echado hacia un lado, con el brazo derecho apoyado en el respaldo en lugar de sentarse recto y manejar correctamente el vehículo. El señor Mince, que tenía siempre un comentario hiriente y sarcástico para todos y cada uno de los niños que entraban en el bus. Para todos menos para ella.

Marcia siente un escalofrío, se endereza. Algo muy lejano -un rumor- le acaba de golpear en la nuca con la palanca de cambios del autobús del colegio. Náuseas. Va corriendo al baño a vomitar. No tiene claro todavía qué acaba de suceder, pero sabe que hay cosas que, de tanto doblarlas, se rompen. No es una rotura brusca, es más bien un desmembramiento. Acaba de desmembrar el último hilillo que quedaba del cordón infantil que la unía a Geordine. Y acaba de recordar cosas. Cosas que, tiene gracia, sólo podría haberle contado a su prima. Vomita otra vez.



                        ...................................................................................

sábado, 7 de abril de 2018

Cosas que (otra vez, también) podrían ser tú (0.4.) Las puertas, la tiza, y la sal. El pan.

from the web


Ahora que se nos aparece la oportunidad
de atravesar tantas puertas. Ahora que tú
pintas de tiza los marcos y el suelo. Inventas las reglas, los juegos.
Tú, que juntas con las manos la sal,
como si quererse fuera un acto supersticioso, 
y por eso la pones en cuencos que dejas bajo la cama,
haciendo con ellos un río de piedras con la longitud exacta del miedo. 

Ahora, pienso, esas mismas puertas
podrían en realidad ser tú, cada ángulo de tu cuerpo
una representación de cada una de ellas,
como si fueras un remedio natural hecho de numerosos ingredientes
secretos, porque así, hablando muy bajito, es como se cura 
toda enfermedad en principio altamente mortal. 
Tú, todo puertas abiertas, y aún así tu miedo hecho de sal, 
como una deshidratación severa, una cueva en un país lejano,
una mina bajo tierra. Tú, sí, tú, también podrías ser esa grieta
de donde se extrae la fortuna con que hacer el pan. 

O el pájaro
que avisa con su muerte de que el oxígeno está lejos
y otros gases van ganando terreno. 

Tú, esa palabra, tú
podrías ser 
nada de lo que imagino y también podrías ser todo esto que 
te cuento. Porque a ti no te conozco todavía,
pero te cuento. Y pienso que esa valla en medio del camino,
esa sorpresa al doblar la curva, esa nube que parece estática,
ese cuervo picoteando cualquier resto, ese perro que cruza y me mira
a lo lejos, esa ropa tendida en medio de la nada, esa mujer
que cruza sin mirar, despreocupada, porque es su casa y 
nadie debería atravesar esa carretera, sólo ella, 
esa capilla que tantas veces veo y
en la que todavía no me he atrevido a entrar,
ese chico al que no quiero llevar en el coche, aunque sonría,
esos niños que pelean, esa ropa extraña tras el escaparate, 
esa silla con una arista que estropeará mi pantalón. 

Mi ropa. Lo que me cubre. Sí, todo eso, 
lo casual y lo elegido, lo que me pongo al despertarme,
aquello con lo que me cubro para salir al mundo,
y ese mismo mundo con el que tropiezo, sin sentido.
Todo, todo eso, que aparece tras mil puertas, y que yo miro y toco 
y está lleno de tiza, y de la sal con que cocino o con la que 
tú ahuyentas tus temores. El pan que no pruebo y sin embargo 
a ti te sustenta. Todo eso, sí, todo eso también, 
podrías ser tú. A ambos lados de la puerta. 

O a uno sólo del cristal. Mi canción favorita. El corazón inmenso 
de Joni Mitchell. Su profunda comprensión del mundo, como si ella fuera el pájaro que ahuyenta la muerte en la mina con su canto.
Joni, la que entiende las nubes, el sol, la lluvia. Los helados. Las plumas. 

Sí, tú, también, otra vez,
podrías ser todo eso,
incluso el que no me va a querer, y no importa. 
O lo prohibido. El pan.


 

miércoles, 3 de enero de 2018

La vara. (El esquí nórdico y los actores secundarios. 6.)



- Oye, ¿piensas alguna vez en Doug?

- ¿A qué viene eso ahora?

- No sé, llevo unos días viendo su cara.

- ¿Su cara? ¿De qué narices hablas?

- Joder, ya me entiendes, acordándome de él.

- No me jodas. A los suicidas ni se les menciona, y mucho menos se piensa en su cara.

- ¿Y eso de dónde carajo lo sacas? –puta-manía-de-pontificar-sobre-todo-para-qué-le-habré-dicho-nada.

- Trae mala suerte, lo sabe todo el mundo.

- ¿Y desde cuándo eres tú supersticioso?

- Desde que tíos como Doug Potts se suicidan.

- Joder, qué contundencia.

-¿Y qué quieres? Es así. No tiene sentido, y cuando algo no tiene sentido es porque suceden cosas raras que a los demás se nos escapan. Y no me gustan ni me interesan.

- Bueno, no sé… nadie se espera nunca un suicidio.

- Y una mierda. Todos podríamos hacer una lista de los diez candidatos con más papeletas para comprar unos cuantos metros de cuerda extra en menos de lo que tarda Martha en beberse un trago largo. Y seguro que la curva de desviación no superaría el dos por ciento.  De hecho, Doug Potts no estaría en la lista de ninguno de este pueblo.

- Joder, visto así.

- Así es como hay que verlo. Que el suicidio de Potts no tiene ninguna lógica es más que obvio. Por eso no me gusta. Y después está lo de ponerlos a pensar.

- ¿Cómo? No te entiendo, tío, ¿qué mierda es esa de ‘ponerlos a pensar’? ¿A quién?

- A la gente. Estas cosas, un asesinato sin móvil claro, un suicidio sin sentido alguno, un digamos ‘incidente extraño dentro de lo absurdo’, fuera incluso de los patrones de lo irracional –que los hay-, ponen a la gente a pensar. Es como si todos abrieran el sótano, bajaran las escaleras a oscuras y se sentaran a pensar. Y nunca es en nada bueno.

- Joder, tío, me estás dando muy mal rollo, de verdad.

- ¿Lo ves? Te has puesto a pensar.

- ¡Me has puesto tú, cabrón!

Puñetazo en el hombro, lo más parecido a una muestra de cariño. Disipar fantasmas, pedir otro trago, devolver lo irreal y terrorífico a su mundo y volver a este plano.

- Oye, ahora que lo has dicho, ¿a quién meterías tú en esa lista? Y como digas que a mí te juro que me meto yo en la de los asesinos jajajaja.

- Dios, ya te has quedado pensando.

- Joder, venga, por cambiar de tema.

Por absurdo que parezca, hablar de lo mismo en un tono diferente, casi siempre significa cambiar por completo de tema.

- Bueno, te digo uno y me voy, que mañana entro temprano.

- ¿Y eso?

- Te juro por mi madre que mañana llego antes que el cabronazo de William y no me coge el sitio.

- Joder, sí que te cae mal.

- ¿Caerme mal? ¡Ja! me caes mal. A él lo odio. Podría ver cómo en medio del trajín alguien le aplasta la cabeza con una pala, sonreír y seguir trabajando. No perdería ni un aliento ni un dólar del jornal.

- Hostia, Reno…

- Hostias nada. Es la peor rata de este pueblo. Y seguro que no estaría jamás en la lista. Al menos no en la de los capullos que se suicidan. Hace falta generosidad y dignidad para quitarse de en medio y dejar de molestar.

- Joder, me has quitado las ganas de seguir con el tema.

- Pues ahora te jodes. El primero de la lista: el viejo Foster.

- No se me habría venido a la cabeza de primero, pero ahora que lo dices, tienes razón. No pensaría ‘oh, jamás lo habría imaginado’ como pensé de Doug. El viejo tiene razones más que de sobra.

- Las tiene, cierto. Y por eso mismo no lo hará jamás.

- Tío, me estás volviendo loco.

- A ver, piénsalo. Los que tienen tantos y tan claros motivos nunca se suicidan. Saben que todos lo sabemos, no les atormenta nada en secreto, porque todo es conocido, obvio y notorio. Cruza el aire cada vez que entran en una habitación. Y no pasa nada. Esos como mucho azuzan la hoguera del desprecio y la ira y un día cogen el rifle y en lugar de subir por el desfiladero de Ditchbarn bajan directamente al pueblo. Entran por esa puerta –la señala con el vaso- y abren fuego. Matan a gilipollas como tú y como yo que están aquí perdiendo el tiempo hablando de tarados como ellos.

- Y después hablas de que los demás se ponen a pensar. Anda que no le das tú vueltas al tema –se ha quedado mirando la puerta de reojo. La imagen ha sido tan nítida, tan real. En cualquier momento le meten un tiro y tendrá que pensar ‘sí, merecido, por gilipollas’.

Reno no escucha, sigue con su lista.

- Vería factible también un Peter Braggs. Desde lo de Marcia Ross con el cabrón de Will no ha vuelto a tener la mirada en este lado, ya me entiendes.

Asiente, la vergüenza lo agarra por el cogote y le baja la cabeza. Antes eran amigos, ahora no soporta su presencia, su mirada en el otro lado.

- Oye, volviendo a lo del viejo Foster y a que ‘lo sabe todo el mundo’. ¿Qué es lo que sabe todo el mundo?

- Vamos, Mitchel, no me jodas. No puedes decir en serio que no sabes lo del viejo.

- Te juro que con el sueño que tengo no te lo preguntaría si tuviera la más mínima idea.

- ¿En serio me dices que no lo sabes?

- Que no, joder –se siente idiota, se retuerce ligeramente en la silla-. Sé que es ‘peculiar’, es ‘el viejo Foster’, pero no sé por qué ni si siempre ha sido así.






Black River 2, by Emilia Dubicki



- ¿Sabes la enorme vara que hay en el río, junto al puente? 
- Sí, el tronco ese medio seco, tan tieso.

- Ése. ¿De veras no has oído nunca a nadie hablar de ‘la vara de Foster’?

- Ahora que lo dices, supongo que sí. Pero no lo había relacionado nunca con el viejo –joder-qué-imbécil-soy-hay-que-explicármelo-todo-tiene-razón-Lilly-Ann-no-me-extraña-que-no-quiera-que-nadie-sepa-lo-nuestro-joder-qué-imbécil-soy.

- En fin, te lo voy a explicar. El viejo Foster clavó esa vara hace cuarenta años en el río, tendría más o menos tu edad. Desde entonces, cada vez que sucede algo importante en el pueblo, algo que a él le parezca digno de quedar registrado, hace una marca allí. Según sus palabras, para dejar doble constancia: por un lado, del hecho en sí, y por otro, para que se sepa por dónde estaba el caudal del río en aquel momento. Eso sí, deja siempre veintisiete centímetros por debajo, entre la marca y la superficie del río.

- ¿27 exactos? ¿Y eso por qué?

- No suele hablar de ello, pero una noche que no había trabajo ni nada que hacer, lo invité a whisky. Ya sabes que no puede beber más de un dedal o suelta la lengua, pero ese día él tampoco tenía nada que hacer, y conseguí que se bebiera dos vasos –sonrisa reptil, últimamente las serpientes van y vienen por las bocas del pueblo.

 
- ¿Y te lo contó? –mierda-voy-a-dormir-poquísimo-pero-quiero-oír-esto.

- Vaya si me contó.


No name VI, by Guim Tió


‘Con una vara afilada me destrozaba padre la punta de los dedos para que no pudiera tocar. 27 golpes de cada vez daba. Yo quería ser violinista, ¿sabes? Sigo queriendo serlo. Llevar dentro el sonido del violín es algo que no se puede acallar. Como decía la señora Queen, 'da igual que uno toque o no, se es violinista o no se es'. Pero padre se encargó de que no pudiera tocar.

- 27 va a ser para ti la medida de todas las cosas, rata asquerosa –decía padre a todas horas.

Siento pena por él. 27 era la edad de madre cuando murió. No creas que fue por mi culpa, no fue en el parto ni nada así. Eso habría sido mejor, me daría a mí un peso más épico en la historia, sería protagonista de mi desgracia más que un mero espectador. Pero nada de eso. Ni siquiera es que mi madre me adorara y padre se celara, qué va. Lo que sucede es que justo después de darme a luz, madre le perdió el gusto a la cama de golpe, y los últimos cuatro años de su vida no quiso que padre se le acercara. Lo hacía dormir en un catre en el salón que tapaban con una especie de manta de ganchillo. Cuando venían las visitas ponían allí de comer, para que creyeran que era una mesa, aunque todos sabían que no era una mesa. Un día que llegó muy borracho, empezó a gritar que todo era culpa mía, por ser tan delgadito y afilado. Dijo que salí del cuerpo de madre como una maldita vara punzante y que la dejé tan dolorida que no quiso volver a acostarse con padre.
'¡Delgado y punzante como un puto arco de violín!'

Pobre viejo.

- ¡¿Pobre?! Joder, Foster, te destrozó la vida. Siento hablar así de tu padre, pero joder…

No lo entiendes. Madre murió de sífilis. Ella, el pastor Benedict Anchor y una prostituta de Long Peak. Con una diferencia de tres semanas entre ellos. Echa tus cuentas. 
Padre las echó.’


  


Tomato and Knife, by Richard Diebenkorn





- Así que ya lo sabes. El día en que su padre murió se fue al monte, buscó el abedul más tieso que encontró, lo taló, y lo peló durante días con un cuchillo no más grande que el que tiene Rufus para cortar el pan –señala la barra con el vaso-. Un cuchillo delgadito y afilado. No bajó ni al entierro. Dejó trescientos dólares antes de irse para la caja y un violinista de Blackwood Falls que tocaba aquí y allá por cuatro dólares y un vaso de licor, y allá que se fue. Bajó a los tres días con aquella vara, se fue al puente y como pudo se metió en el río y la clavó. Nadie entiende cómo sigue tiesa y en pie, pero ahí está. Dice que le da una medida objetiva de las cosas, no permite que la memoria le juegue malas pasadas ni que nada esté fuera de lugar. Por eso le gusta la vara a Foster y por eso cuida de ella. Dice que no quiere una venda en los ojos, quiere los hechos allí marcados, para que a nadie se le olvide cuándo y qué sucede en el pueblo. Cuando estaba muy borracho me dijo que maldice la Temporada y el falso sentido de medida del tiempo que le da al maldito pueblo. Que no es más que una ilusión, que lo importante sucede el resto del año. Y puede que tenga razón. Ah, y la marca la hace con un arco de violín de verdad. El muy cabrón. Al final sí que se hizo violinista jajajajaja. En cualquier caso, como dice él 'la vara permite que el río se la vaya tragando a su antojo. Permite dejar un margen a lo imprevisible que no podemos controlar. Todo lo opuesto a la Temporada.' Y hablando del diablo, hora de irse a dormir, que en nada hay que empezar a trabajar.


Se levanta y deja a Mitchel ahí, petrificado. Clavado a su silla como si él mismo fuera una vara punzante y afilada. De pronto la cabeza de Doug corona la vara de Foster, reflejando lo que sucede de verdad fuera de la Temporada, y su suicidio se convierte en una nueva medida de todas las cosas. Una nueva medida del tiempo, de lo que no tiene sentido, de la vida.


Se acaba el trago y se levanta. Se da cuenta de que está mucho más borracho de lo que pensaba. Le arde la garganta y la vena de la sien izquierda golpea como el río contra los bordes. Piensa en Doug, la maldita cabeza de Doug coronando la vara, la mirada bonachona del viejo Foster, pobre viejo Foster, y en la escena se cuela como una pequeña serpiente la mirada de Will, reflejada en el río, a contraluz, deslizándose furtiva bajo el puente. Siente que de pronto todo tiene una forma afilada, como de cuchillo, y lo último que ve es el vaso vacío que deja en la barra antes de marcharse.




Knife and glass, by Richard Diebenkorn


Sale del bar. Hace frío, cae el polvillo que anuncia la nevada de esa mañana. Habrá trabajo, y habrá que hacerlo. Baja la calle, y con él su cabeza, la de Doug, la vara del viejo Foster. La turbia mirada de Will.

Quizás Lilly Ann aún no esté acostada.