miércoles, 11 de octubre de 2017

La maqueta. (Serie 'El esquí nórdico y los actores secundarios')


 
Mountain village model, by Marc Biarnés




- Quiero ver olas. Y bien grandes –dice sin venir a cuento Samuel.
- Qué tontería. Como si se pudieran formar olas en el río. - Tim tira otra piedrita.
- Joder, Tim, en el mar. A veces... - Hay frases que no se terminan. Toda la expresión recae en la mirada.
- Tenemos el río, ¿qué falta te hace a ti el mar? –Tim ama el río de un modo casi enfermizo.
- Tío, son dos cosas completamente distintas. - ¿por qué no lo entiende?
- Ya, bueno, pero el río está bien. Mejor que bien - que quede claro.
- Cuando el río baja con fuerza, lo hace para alejarse de aquí, sólo pone verdadero esfuerzo en huir de esta mierda de sitio. Cuando el mar se levanta y se agita, es para echarse encima de todo. Eso sí que es mejor que bien. - espuma brillante en la mirada.
- ¿Y tú por qué narices quieres ahora que te barra el mar? – infinitamente mayor el desdén que la incomprensión.
- Quiero que se me eche encima una ola, una gigante, que intente tragarme y tenga que luchar por mi vida –se pone de pie de un salto, ojos brillantes, espuma-. Quiero que por una vez me pase algo de verdad, joder, ¡algo! Que venga esa ola y gritarle ‘¡Aquí estoy! ¡Ven!’ O que me arrastre y me lleve tan lejos que este pueblo de mierda no exista jamás. ¡Aaaaaaarrrrrrhhhhh!

Ese último grito sale de la jaula que tiene en el pecho. No tiene nada que ver con la vida, y mucho menos con el mar.

- Estás como una cabra, tío. De veras que soy tu amigo, pero a veces entiendo por qué Coyle y los otros te dan esas palizas – Demasiada sinceridad. Demasiada firmeza en la voz.
- Lo que estoy es harto de las dos únicas opciones que ofrece este maldito pueblo a la gente como nosotros– Samuel no escucha la confesión sincera de su amigo. Samuel sólo oye la ola que le ruge dentro.
- Ja, no sabía que teníamos dos. Ilumíneme, eminencia – el desdén sigue creciendo, pero el tono burlón esconde el miedo a perder a su único amigo en cuanto éste piense bien lo que acaba de decir sobre Coyle. 
- Aquí, o te dejas arrastrar por la corriente y te pasas tu puta vida esperando año tras año la temporada como hace todo dios, o huyes con todas tus fuerzas, dándote de hostias contra todas las rocas que encuentres. Como tu querido río. Una mierda cualquiera de las dos. – Samuel no habla para Tim. Se repite a sí mismo una vez más sus dos únicas opciones. Únicas si no tiene en cuenta la ola.- ¡Una mierda todo!


Samuel arroja furioso la piedra con la que ha estado jugando todo el rato. El agua salta como los restos de una explosión sobre la cara de Tim. Está helada, pero él siente que hierve.


-¡Mierda, joder! ¡Eres gilipollas! ¡Un auténtico gilipollas! – Tim grita, y verlo salir corriendo coge por sorpresa a Samuel. Sin saberlo, ya tiene su ola.


Tim corre y corre y corre, y se seca con la camisa la cara, y tantas lágrimas que de pronto no puede contener.


No oye a Samuel gritarle ‘¡joder, Tim! Lo siento, ¡vuelve aquí, joder!’.

Samuel roto, Samuel partido en dos, dividido entre la risa incontrolable por la última expresión en la cara de Tim al saltarle el agua, y el horror ante la repentina certeza de que quizás sea la última expresión que se le quede grabada de Tim antes de dejar de ser amigos. Ésta vez sí. Le ha tirado a la cara una ola que no quería, una que no vio venir y para la que no estaba preparado.


Ninguno de los dos.


The Wave, by Starista Jacobsen



Tim llega a casa como un rayo, se para en seco, la mira. Pasa de largo. Le asfixia la idea de entrar, de meterse en su cuarto, su diminuto cuarto.

Su casa a veces le parece una maqueta, una broma, un juguete ‘modelo vida de mierda’ manejado con desgana desde muy lejos, en manos de sabe dios quién. Sigue caminando a toda velocidad, furioso. Siente que no es sólo su casa, todo el pueblo es una maqueta, con sus callecitas tan rectas, sus líneas pintadas marcando siempre el camino, siempre a los mismos sitios, sus farolas todas iguales, sus pájaros, sus tiendas, sus personajes con sus diálogos, ‘buenos días, Tim’, ‘buenas tardes, Tim’, ‘¿qué tal tu madre, Timothy?’. Todo de mentira. El maldito ‘pobre muchacho’ cuando creen que ya no puede oírles. Todo de mentira, menos la puta pena, tan de verdad.


Náuseas. Toda su vida cabe en una maqueta diminuta. Todas las mentiras y una única verdad, tan asquerosa que da náuseas. ‘El pobre Tim’, qué pena le da a todo el mundo, y qué asco le da también ese Tim a Tim.


Camina y camina por todo el pueblo, enfurecido, quiere golpearlo todo, echarlo abajo.


- Con una expresión extrañísima en la cara, señora Pranks, le juro que no parecía su hijo, tan adorable – 'extrañísima', repite Lilly Ann hasta tres veces. Una mientras le hace el paquete, otra cuando le cobra y otra al darle el cambio. Tres veces se lo repite a la desconcertada Martha, que intenta ser una madre y pensar en su hijo, ‘qué le pasará’, pero en su mente sólo cabe ser una mujer que piensa ‘maldita zorra, y lo dice con su tonito de soy-doña-lilly-ann-la-dulce-lilly-ann-sólo-tengo-una-tienda-de-semillas-soy-inofensiva-y-menos-mal-que-esta-imbécil-no-sabe-nada-y-menos-mal-que-se-fue-y-acabó-todo-y-ella-sigue-viniendo-y-todos-en-paz’.
- Muchas gracias, Lilly Ann, a ver qué le pasa a éste ahora –sonrisa resignada de madre de muchacho joven atrapado en un pueblo, mente diciendo ‘por-supuesto-que-NO-lo-sé-cómo-voy-a-saberlo-si-soy-una-pobre-imbécil-tú-confíate-lilly-ann-y-verás-lo-imbécil-que-soy-y-vete-a-la-mierda-hija-de-perra’.
- Ya me contará, Martha, espero que no esté tan disgustado como parecía. Pobre muchacho –Lilly Ann se estira, se le ha escapado la coletilla.
- Claro, ya hablaremos. Que tengas buena tarde, cariño – Náuseas. Náuseas por Lilly Ann, náuseas por su vida, náuseas cada vez que la gente termina diciendo ‘pobre muchacho’ al hablar de Tim. ‘Pobre muchacho’, como si fuera una larga cola llena de tristeza que le hubiera salido a su nombre, ‘Timothy-Pranks-Pobre-Muchacho’, cuando él se fue.


Martha tiene náuseas, y en otro lugar del pueblo, Tim tiene náuseas. 


Tim se ahoga, se le ha metido en la garganta todo el agua del río y toda la sal de la maldita ola que le ha tirado a la cara Samuel. Y se ahoga. Va a morir ahogado y sólo puede pensar en el relato que leyó la señora Queen el curso pasado antes de jubilarse, justo el día de su cumpleaños, como si hubiera planeado arruinárselo.


- ‘Un león es un animal majestuoso, pero ¿un león enjaulado sigue siendo un león? ¿Queda algo de majestuoso en un león metido en una jaula, o sólo queda un ratón?’.


Tim se ahoga y el río de la garganta lo arrastra de vuelta a ese aula minúscula, que de pronto es también una maqueta, con sus sillitas y pupitres, sus paredes llenas de pósters a su vez llenos de felicidad de mentira. La felicidad estática de una maqueta. Y todos que lo miran al oír lo del león, cuchichean con sus voces de amigos de mentira, y algunos incluso se ríen por lo bajo cuando se seca las lágrimas con la camisa. Lágrimas de verdad destiñendo la madera, afeando la maqueta. 

Porque las piezas como Tim, pobre muchacho, afean la maqueta.



Escuela Munkegards, by Arne Jacobsen Gentofte



Martha llega a casa y encuentra en medio del salón lo que queda de la casita roja con el escudito del león en el porche. Está hecha añicos. Parece una de las casas barridas por el tsunami que vieron en las noticias el mes pasado, tan lejos de allí - como todo, todo, tan lejos de allí.

La maldita casita roja, 'la guarida de mi león', la que le regaló a Tim justo antes de convertir su vida en una estúpida e insignificante maqueta. Una broma de mal gusto. De muy mal gusto. Tanto, que se les ha pegado a la lengua, a la nariz, a la piel, y cualquiera puede saborearlo cuando se acercan.


En la cocina, Tim come cereales. Tiene la luz apagada y come cereales. Mete una cucharada y se seca las lágrimas. Cucharada, lágrimas. No saborea nada. No hay dulce en los cereales ni sal en las lágrimas. Sólo actos mecánicos, parte del engranaje. Cucharada, lágrimas. Está a oscuras y ella no se atreve a entrar. Tiene miedo de pisar la larga cola que ha crecido tanto que es más grande que el propio Tim. Mucho más grande que la cocina e infinitamente más que ella misma.

‘Pobre muchacho’, se le escapa sin querer a Martha y, horrorizada, se tapa la boca, ésa en la que también se ha metido la larga cola de Tim, y se va a llorar a su habitación. Su habitación, medio a oscuras. También parece una maqueta. Toda la casa, de pronto, le parece una maqueta. Toda su vida, ‘pasen y vean, maqueta modelo 410, réplica perfecta de familia abandonada con vida de mierda’. Suelta una carcajada. Oye la tele en el salón. A lo mejor no es para tanto. Si alguien se sienta y pone la tele en el salón, es porque no es para tanto.

Abre el cajón de la mesita, aparta las pastillas y las bragas y coge la botellita.

- No es para tanto – dice en voz alta, por si hay alguien al otro lado, jugando con su maqueta.




 Hand holding shot glass, by Jeremiah J. White




- El whisky es como el río – Will sale de la nada.
- ¡Joder, Dios!! ¡Qué susto, Will! - Marcia da con los puños en la hierba.
- Perdona, Marcia, pensé que me habías visto llegar.
- A ti nunca se te ve llegar, Will, por eso te odiamos.

Will le tiende la botella. Se preocupa siempre mucho de que no se le vea llegar. Sonríe, agradece el cumplido.

- Toma. El whisky es como el río, te hará bien.

Marcia se encoge de hombros, ¿por qué no?

- Vale – da un trago. Quema. Da otro trago. Quema menos - oye, ¿y por qué dices que es como el río?
- Es impredecible. Puede arrastrarte con la violencia de una ola enorme, o darte el baño más relajante de tu vida. Pero sea como sea, te congela el cerebro, se lleva la porquería, y, al final, te deja como nuevo.
- Buena defensa – Marcia da un tercer trago. Éste no quema en absoluto, y no puede negarlo, le gusta ese frío nuevo en el cerebro.

Un viento suave recorre el anochecer. Marcia se encoge en su chaqueta y, por increíble que parezca, no le resulta extraño estar allí sentada, a esas horas, junto al río. Bebiendo whisky junto a Will. 

Ciertamente, le está gustando el whisky, le está gustando ese frío nuevo en el cerebro, y le está gustando estar con Will. 












viernes, 6 de octubre de 2017

La vidriera. (Serie 'El esquí nórdico y los actores secundarios')


Little church on the mountain, by Carol Schiff




- Qué poca imaginación, ¿no crees? – Peter parece observar la vidriera, como si viera a través de ella.
- ¿A qué te refieres? – Marcia no entiende.
- A los nombres de las iglesias –en realidad no pensaba en la vidriera.

Mirada bobalicona de Marcia Ross, como de perro que espera a que suceda el día, siempre a los pies de su amo.

- No te entiendo, Peter – de verdad que Marcia no entiende. Estupidez y estupefacción casi siempre empiezan igual.
- Quiero decir: hemos pasado por ‘Holly Cross’, ‘Sacred Heart’, y ahora ‘White Chapel’. Todo tan evidente, ni una mínima metáfora, ni un elegante acertijo, ni una sutil referencia a ‘algo más’. Nada. Los mismos nombres por todos los puntos del país, miles de ellos, como una constelación de lo anodino, como si fuéramos todos los mismos en todas partes y necesitáramos todos lo mismo, tanto de la vida como de la muerte. Como si no hubiera infinitas dudas y preguntas, y fuera igual toda nuestra desesperación.
- Peter, ¿de qué hablas? – la pregunta de Marcia sí contiene verdadera desesperación- Como saques este tema mañana con mis padres, juro que te doy un puñetazo.
- ¿Ah, sí? ¿Y dónde me lo darás? ¿En mi sagrado corazón? ¿En el centro de mi espíritu? ¿En lo blanco de mi ojo izquierdo? Jajajajaja – hay verdadera ternura en esta broma. En todas sus bromas.

Ríen los dos, y su carcajada surge como fruto de un resorte que los mantiene unidos -¿atados?- a un cariño antiguo. Un resorte que salta y los hace reír siempre que es necesario agarrarse a algo. Es parte del guión. Peter habla, Marcia no entiende, cambio de escena y no hay nada en lo que ahondar.

Su relación, como un río permanentemente a medio caudal. La fuerza exacta para arrastrar la cantidad suficiente de sedimento para que el agua no parezca demasiado turbia, ni se estanque por entre la maleza. Su relación, ese río siempre a medio caudal. Sigue habiendo cierta belleza porque sigue habiendo un río, pero el fondo a la vista de todos los que se paren un instante a observar.

Cesan las risas. Un río. Tan fácil arrojar una piedra y ver las ondas modificar por completo la superficie.

Caminan, se alejan de la capilla. El movimiento acompasado, casi perfecto. Y Peter que tropieza, y ella se ríe, pero esta vez no es el resorte de la unión saltando por encima de su incomprensión del mundo que habita Peter y, sobre todo, del mundo que habita en Peter. Se ríe diferente, con ganas, una risa que le sube como un rugido desde los intestinos. Peter tropezando y cayendo es algo que entiende, y ahí encuentra verdadera gracia.

El mundo no tiene sentido cuando Peter mira una vidriera y habla sobre sus dudas. El mundo tiene sentido cuando Peter tropieza.




 Portrait of Suruchi Chand, by Francis Newton Souza



Peter, todavía en el suelo, la mira desde abajo, y ve sus dientes tan bien colocados castañeteando entre carcajadas, su pelo ondulado que se balancea compacto, tieso por la espuma, el mismo peinado desde que la conoce, el mismo peinado tieso, asqueroso y pegajoso de espuma, desde que la conoce. Esa mirada tan de vidrio, como si no escondiera nada, reflejando sólo el exterior, y de pronto Marcia Ross y su pelo tieso y su mirada plana le parecen una vidriera mal hecha de White Chapel, tan brillante e inerte, tan igual a las miles de White Chapel y Marcia Ross que hay por todo el país, como una epidemia de simpleza. Una vidriera, eso es de pronto Marcia. Brillante e inerte, per secula seculorum.

El corazón de Peter se vuelve incapaz de soportar su propio ritmo. Se incorpora, intenta recomponerse, busca desesperadamente dentro de sí mismo el resorte, la manera de sacar del río esa piedra que le acaban de lanzar entre risotadas. Pero no la encuentra. Ha desaparecido en las profundas aguas de la claridad mental, junto con todo lo demás.

Peter la mira horrorizado. Desde ese nuevo ángulo, a miles de kilómetros de donde quizás algún día existió el mecanismo de un amor extraño, casi una obligación, Marcia es de pronto el animal más horrendo que ha visto en su vida. Y él va a entrar en un sótano muy oscuro de su corazón.

- Dios, no me mires así, ha tenido gracia – dice Marcia todavía entre carcajadas, aunque va parando poco a poco, a medida que se va fijando bien en la cara de Peter. Esa mirada.

Marcia por fin entiende, y por una vez es Peter el que no. Él será incapaz de explicarle a nadie una historia en la que no hay hechos, no se han dicho nada, no ha habido el consuelo de la hostilidad y las peleas constantes, el calor del violento campo de batalla de las relaciones verdaderas cuando estallan. No podrá pronunciar que nunca hubo nada, que por eso no queda nada.


Hiawatha, by Thomas Eakins




- ¿Qué dices? –en ocasiones, estupefacción no se parece en nada a estupidez.
- Lo que oyes, tía Polly – Duckie una vez más cree que sabe algo que merece la pena contar – Marcia Ross ha cancelado la boda sin dar explicaciones a nadie, ni siquiera a sus padres, y le ha pedido a Peter Braggs que no le vuelva a hablar.
- ¿Estás segura? ¿No habrá sido al revés? – incredulidad basada en la observación de años.
- Que no, tía, que lo sé de buena tinta. – retahila de hechos, evidencias irrefutables – Geordine, la prima de Marcia, se lo contó bien bajito a Lilly Ann el otro día en la tienda, cuando fui a comprarte las semillas de tomate, ¿te acuerdas, que fui yo a por ellas? Pues Geordine no me vio al entrar, no sabía que yo estaba allí, y aún así habló bajito, así que es prueba más que evidente de que es verdad. Ja. –mentón que se levanta.
- Si tú lo dices… - la tía Polly no quiere oír más.
- ¡Yo y todo el pueblo! ¡Si salieras de esta maldita casa, también lo sabrías! - ¿quién se cree la vieja para restar valor a su historia?
- Si saliera de esta maldita casa, no tendríais a dónde ir a vomitar, cariño.

Duckie acaba de ser arrollada por el tren del desprecio y la calma, la ha estampado contra el papel pintado de la pared de la sala. Abre la boca, consigue articular el titubeo propio de la perplejidad.

- Lo… lo siento, tía Polly, yo, ya sabes, estoy muy sensible estos días –misma disculpa de los últimos diez años. Ancla a la que amarrar el carguero de su ira.
- Ya sé, ya sé. Mi pequeña Duckie, toda sensibilidad – dice la tía Polly con la voz dulce de la tía Polly. Le roza la cara, sonríe con esa ternura tan bien practicada de la tía Polly.

El nido que le fabrica en un instante es acogedor, el perdón parece de verdad.

Pasan unos minutos en silencio. No hay ofrecimiento de pastel, ni pastas, ni agua, ni café.

La pequeña Duckie coge fuerzas, consigue despegarse del papel pintado de la pared. Sabe que deja su silueta sudorosa allí marcada, bien visible a ojos de la tía Polly, como aquélla pintada en el suelo cuando asesinaron al chino en la calle mayor y llegó la feria y no pudieron acordonar la zona a tiempo y La Gazeta de Marlowe ya tenía las fotos. Ella misma se las enseñó a todo el mundo, y ahora cree saber cómo se sintió la viuda, viendo la forma de su marido allí durante semanas, y a todo el mundo manoseando la imagen y mirándola con descaro.  

Se levanta, besa a su tía y se excusa.

- Perdone tía, le he robado media tarde, y yo con tantos recados por hacer –la vergüenza obliga a tratar de usted al otro – Volveré pasado mañana si le parece.
- O el fin de semana –el tono de la tía Polly deja claro que no es una sugerencia.
- Sí, mejor el fin de semana.




 Elizabeth Crowell and her Dog, by Thomas Eakins


Es lunes. Duckie acaba de entender, después de muchos años, por qué la señora Queen siempre les decía que ‘cinco días es el tiempo mínimo necesario para que el río se lleve la porquería y vuelva a bajar limpio’.

Ahora es ella la que baja por la calle como si fuera una orilla erosionada por un río embravecido, las mejillas azoradas, el corazón hirviendo de vergüenza. Acaba de aprender también que es tonta como una presa solitaria, y que la tía Polly es tan paciente y despiadada como un chacal.

Se cruza con Peter Braggs, que la saluda y no percibe que ella dice ‘buenas tardes’ cuando en realidad le está escupiendo a la cara. Estúpido Peter. Por su culpa la tía Polly cree que es una chismosa y no la quiere ver hasta el fin de semana. Sí, es culpa suya. Estúpido Peter, no Duckie.

El odio repentino hacia Peter hace que Duckie se sienta mejor, y Peter pasa el resto del día con una extraña sensación. Le vienen flashes del encuentro con Duckie, esa mirada, pero piensa ‘qué estupidez’ y vuelve a culpar a Marcia. De todo. Desde los últimos 15 años hasta ahora, todo lo sucedido en el mundo es culpa de Marcia. Y en su cabeza le escupe a la risa de ella cuando él tropezó.






 Dancing Trees in the wind, by Xichang Sun



El sol va bajando y, a pesar del pueblo y sus trampas, la tarde ha sido hermosa. El aire es fresco, un silbido recorre los álamos, un petirrojo vuelve a la ventana de la cocina de Will. 'Sí, la tarde ha sido hermosa', piensa Will. 

En un par de días empezará a nevar.