viernes, 28 de junio de 2019

Últimamente. Pieza en tres breves actos.


by Iemza



1. Últimamente, cuando leo algo, una foto de la poeta acompaña a sus poemas.

Antes uno leía sin saber de sus caras, sus gestos, su risa o su intento de seducción. Solo intuía sus surcos y sus vicios.

Ahora los publican con imagen, como si sin ella no bastara, y quién sabe si aporta o resta, si enseña o cubre, pero ahí están. Y los poemas que más me gustan, por lo general, son de mujeres que fuman.

¿Qué tendrá ese cigarro, ese humo, ese chupar apremiante de la muerte para que escriban mejor? ¿Por qué yo no me siento igual?

Hace siete años en una ambulancia dejé de fumar. Antes, a veces, escribía con furia, casi incluso con valentía. Y asco. Y rencor.

Ahora sin embargo siento que, simplemente, escribo yo. Y que escribo mejor. No sé lo que opinan los demás, pero yo me gusto más.

Aunque he de admitir que sí, que he perdido algo de ese atractivo lejano y triste del sujetar un cigarro, aspirarlo como si en él estuviera la vida, aunque uno sepa que no, que no es la vida sino la muerte. ¿Será que una vez uno se hace fumador es como el que se hace poeta, que ya es para toda la vida? Para toda la vida, aunque uno la recorte cigarrillo a cigarrillo, y con las palabras le meta prisa.





 from the web - La flauta del diablo / El dios Pan tocando la flauta



2. Últimamente se me aparecen flautas por todas partes. A veces es solo el sonido, a veces el instrumento silente, inmóvil en un escaparate o asomando por el hueco de una mochila. En otras ocasiones surge en una conversación, o se menciona en la radio. Habla de ella la pianista que se queja de la poca educación musical que recibimos a lo largo de nuestra vida académica. Cuenta que para ella el piano era aquel juego que comenzó como veinte minutos a la semana. Pero en la escuela, ahí todavía siguen con la flauta. Dice con fastidio y adivino el mohín. También una flauta inició la representación de Carmina Burana el otro día.

Y además de flautas, también esta temporada me asalta Gengis Khan a cada rato. Y leo sobre ambos.

De la flauta busco su simbología, qué me quiere decir la vida con tanta musical insistencia. Y de Gengis Khan también he aprendido cosas y, sobre todo, he desaprendido muchas otras.

Y pienso, ¿será que por fin viene a buscarme el imperio de lo hermoso?






 Fingal's Cave - Scotland



3. También últimamente veo muchas estatuas de mármol. Magníficas, precisas, con unos pliegues que rozan la divinidad. Encuentro también la cueva con las columnas de basalto que inspiró a Verne y a Mendelson. Y también seguramente al pastor que vivía allí cerca lo inspiró, aunque nadie lo sepa. ¿Qué le importa al mundo la inspiración de nosotros, los pequeños?

Leí también del miedo de la artista rusa que en los años 1990, a diario, veía crímenes y crueldades a su alrededor, pero no era eso lo que la aterraba. Eso pasaba siempre ante sus ojos, pero en realidad estaba muy lejos. Su temor, en cambio, era que le cayera un objeto del cielo en la cabeza. Un fragmento de fachada, una maceta, un ventilador. Algo tan robusto y tan real que la dejara KO, tirada en posición imposible sobre la acera o el asfalto, sintiendo los últimos coleteos de la pierna izquierda, un espasmo del brazo o la cabeza, y los ojos completamente abiertos, la mirada sucediendo muy lejos.



Lisboa 2019 - 1


Y algo parecido a ese objeto contundente podrían ser el cigarro y la poesía.

Uno fuma y sabe que puede provocarle un cáncer, un enfisema. La muerte. Lo sabe, y sin embargo es como ese crimen observado de lejos, que sucede sin afectarnos hasta que la puñalada se hunde en el propio costado y uno mete el dedo buscando confirmación, y la encuentra, e incluso entonces sigue uno sin creérselo, desorientado. Y se convierte en una burda versión perpleja de sí mismo. Viendo la propia mortalidad tan a lo lejos.

Así la poesía. Uno intuye en el fondo una sombra, una luz, una niebla. Un aleteo, un párpado, una ruina. Y uno se empeña en su descripción, sin saber muy bien qué es lo que vio. Y lo mete en una  jaula, le busca palabras, le pone los latidos del pecho, el temblor de la sien, y aun así ni siquiera uno sabe qué fue lo que escribió. De dónde venía ese rumor, ese escalofrío o ese calor.




Lisboa 2019 - 2



En la poesía y en el vicio, uno no sabe. O no quiere preguntar. La incertidumbre es a veces la mejor forma de consuelo, una indulgente ignorancia para poder seguir con los días. Pero no aquí.

Aquí las estatuas de mármol y las cuevas llenas de bloques de basalto muestran la verdad. Y como cualquier otra forma de belleza, no necesitan autoindulgencia ni justificación. Simplemente están y son, y su certeza tan palpable consuela, últimamente, a mi corazón.

domingo, 5 de mayo de 2019

Y la magia, ¿cómo será? (Diario de Montana)

Roads in the sea, by Arturo Samaniego



Siempre me he preguntado
cómo será ese instante
en que terminas tu cuadro y descubres que sí, 
que has sido capaz
de pintar el mar.

Porque pintar el mar y que al mirarlo
se pueda sentir que sí,
que es el mar de verdad,
no un cuadro del mar sino el puro mar,
ha de ser
de las mayores magias posibles
y, como con cualquier otra magia,


-saber qué plantar según la temporada
qué hierba cura y cuál mata
qué hora es mirando al sol o
hacia dónde ir para llegar al sur-

siempre me pregunto

y la magia,
¿cómo será?'





jueves, 25 de abril de 2019

El libro rojo de Saffron Walden (Comienzo. Fragmento.)

Reaching Out by Stephan Andreas


0.

Todo en esta vida pasa por las manos. Llegamos al mundo y nos recogen unas de las que no volveremos a saber nada y, cuando llega el fin, son otras las que nos cierran los ojos. Después, vienen otras a vestirnos, acicalarnos por última vez; otras las que quizás se aferren a nosotros suplicando que no nos vayamos, y otras las que, finalmente, nos depositan en el lugar escogido para nuestro reposo. Manos de sepulturero o incinerador, de ritualista, chamán, asesino cavando apresuradamente una zanja. Las nuestras propias, cuando es demasiado el dolor. Sea como sea, unas manos son las que nos acogen al llegar y otras las que nos dejan allá donde vayamos a reposar o simplemente deshacernos al final.




 Juvenescence by Stephan Andreas

1.

Saffron lo hacía todo con las manos desde siempre, y sus recuerdos más vívidos llevaban aparejadas unas, bien fuera porque las miraba, porque lo agarraban o porque, como aquella de la abuela en la estación de B., lo soltaban.

Aquel tres de agosto podría haber sido un día de verano como otro cualquiera, dejándose corroer por el asfixiante calor, exudando vaho sobre el asfalto y sudor sobre los cuerpos, pero no, no fue así como sucedió. El tres de agosto de 1963, muy lejos de aquella estación, el viento sopló con tal fuerza que Barron Morgan dejó constancia de ello en su diario meteorológico con más signos de exclamación de los que, sin duda, utilizaría para ninguna otra cosa en todo el cuaderno –y, muy probablemente, para ninguna otra en toda su vida.

A muchas millas de allí, a pesar del calor, Saffron temblaba como si ya estuviera en su destino, sintiendo el viento que tanto sorprendió a Barron, y se agarraba con fuerza a aquella mano que acabaría por soltarlo antes de empujarlo hacia la boca de aquel futuro que él imaginaba terrible, obligándolo a entrar de un salto en aquel vagón que a él le parecía más bien una jaula rodante.

Después llegaron la mano áspera y severa del revisor exigiendo ver el billete, la de la señora que le acarició el pelo con una extraña mezcla de asco y ternura, la del muchacho que le hizo un gesto obsceno y, por último, antes de quedarse dormido, la suya propia dibujando sobre el cristal húmedo de la ventanilla la palabra adiós.




Always Up by Stephan Andreas












miércoles, 10 de abril de 2019

El árbol cae (Diario de Montana)


from the web
 

El árbol cae, no estamos
a su altura. La intensidad del horizonte
no es menos porque la luz
se vuelva tenue.

Todo llama a su nombre
y se responde
como en un eco circular
que finalmente se diluye
y no dice nada más.

Se recoge los pliegues
de su vestimenta efímera
la tarde. Y se deja ir.

Se envuelve con la cálida manta
de la noche el último rayo del día.

Las estrellas asoman, tímidas
poco a poco abren sus ojos
parpadean y se maravillan
de su propio reflejo. 

Tumbados, aquí,
en este campo estamos y
no hace falta nada más.

Si acaso que tras el sueño llegue
con su luz limpia
con sus pájaros benditos
la mañana.


domingo, 7 de abril de 2019

Esa luz a lo lejos (Diario de Montana)

de S. Castro



Si de pronto ves que me giro
hacia ti y te digo
que soy turco
que tengo la vida resuelta
y una casa a medio hacer,
si te cuento que amo el mar
o que conozco
los secretos del campo, que sé tejer
porque aprendí de niño
con mi abuela Hasnae
allá
en aquella infancia
mediterránea
de panes recién hechos, especias, soles y 
brisa al mediodía.

Si te digo que da igual
desde dónde mire el mundo
porque siempre pienso

'esa luz a lo lejos, que parpadea,
bien podría ser Estambul'.

Créeme, si todo eso te digo,
no estaré más que
inventando historias.

Créeme si te digo que
no nací en Turquía,
y que no sé tejer ni hacer pasar
el hilo por una aguja.
Tampoco conocí a mis abuelas
y mucho menos recuerdo ya
sus dulces nombres.
Te juro que no tengo casa,
ni entera ni a medias,
pero mi vida, ay mi vida, ésa
ésa sí créeme que está revuelta.

Porque no recuerdo dónde
sucedió mi infancia, dónde crecí,
no sé quién soy,
pero cada vez que veo
a otro hombre
siento una punzada en la memoria y
siempre pienso

'Ese hombre a lo lejos, que parpadea,
bien podría ser yo.'