miércoles, 30 de agosto de 2017

La costa de la luz. Granitos de arena pegados al corazón.

Playa de La Barrosa - Cádiz


 (Esta entrada es de Revisora, que vivió cuatro días en el Paraíso, y lo quiso contar. 
No está hilado, no hace falta, son notas del cuaderno de viaje, y como todo viaje, se hace de pasitos, miradas, brillos y reflejos. 
No hace falta la lógica de la mente, sólo la del corazón. 
Y se la dedico a Carmela, que en su casa enseña siempre el paraíso y fue parte del impulso 
para que aceptara la invitación sorpresa. Una pena que la pillara en Berlín,
 pero una alegría también, una excusa más para volver a su casa ;)

Primera vez en Andalucía, la costa –la casa- de la luz. Merecido nombre. Las playas infinitas, la temperatura exacta del lugar donde se apacigua el corazón.


Los paisanos y paisanas recogiendo apio y tomates desde las siete de la mañana, todos cubiertos de cuello para abajo para protegerse del sol y el calor, todos menos Juan Jozé, el joven que trabaja por entre los caños descalzo, con sólo un pantalón corto y una sonrisa pura, sin posos ni filtros. La piel curtida desde bien chico. Y los pájaros por la tarde, a la hora a la que baja el sol bajan ellos también a por los restos de la cosecha, parte de ese acuerdo tácito que tienen con los recolectores, en este mundo en el que ambos saben que el otro está ahí para que se mantenga el equilibrio.


Las vacas delgadas de cuernos largos, los pinos bajos, el amarillo seco y la roja tierra, susurrando a nuestro paso ‘África, somos África…’. Las garzas picoteando a las vacas, perfecta simbiosis de todo y en nuestra cabeza un único pensamiento ‘adaptación al medio’.

El caballo famélico, quieto en ese campo, sobreviviendo sabe dios cómo a esa curvatura en el centro de su espalda que, contra natura, quiere llegar al suelo, y todo a pleno sol.


Los pueblos blancos, trabajando tres o cuatro meses con todas sus fuerzas para el turista y el nostálgico, viviendo de puertas adentro, escondidos en los patios, esperando con infinita paciencia a que llegue septiembre para poder volver a sacar sus sillas todas a la calle, charlar con los vecinos sobre cómo han ido las cosas ese año, de cómo ir recuperando con sus paseos el empedrado, la luz y el aire que por fin son suyos otra vez. Compartir anécdotas, un par de ojos que se le hayan quedado clavados a alguien, llamar al gato esquivo, espantar las moscas, y terminar concluyendo como el filósofo que los turistas son siempre los mismos y sin embargo no son los mismos. Y a quién le importa.


Su pueblo es suyo otra vez y pueden vestirlo de diario, que es como más bonito está, aunque el turista no lo quiera ver y ellos no quieran enseñarlo, no vayamos a robárselo también. Si acaso se lo enseñan al verdadero viajero, el que va a deshoras y no busca más que paz.


Seguimos el camino, las puertas enormes, la fina herrería y la tosca también. El blanco cegador de las casas, la pintura desconchada en alguna esquina, ésa misma que te llama y te invita a doblarla… Las escaleritas medio escondidas, invitando a bajar sólo a los vecinos, a los más curiosos, a los gatos y a los niños, ocultas para todos los demás. Descubrir en los edificios junto al mar otro tipo de erosión, formando agujeritos para que puedan pasar la música y el aliento del mar.


El billete falso de diez euros que me dieron en una tienda de recuerdos en Conil. Y eso será, un recuerdo más, expuesto para tener una historia que contar.


La catedral de Cádiz, relinda, tan distinta a las demás, con la piedra comida y agujereada por la sal. El parque genovés y el jardín botánico, la dama de noche, las flores espléndidas, los colores. La puerta hermosa de entrada a la playa de La Caleta, los soportales, palacios de la sombra, donde no se atreve a entrar el forastero –leyes no escritas, todos sabemos que ese lujo es para los locales, a nosotros nos toca cargar con sombrilla, ellos ya son generosos en exceso al regalarnos su espacio, sus aguas cristalinas, su risa y su luz.


El Mercado Central de Cádiz con sus puestos de comida, cuyos precios y calidad echan por tierra todo atisbo del mito de la pillería. La gente corriendo en sana competición por coger una mesa. El vencedor sonríe ‘esta vez llegué yo’, y el vencido acepta la derrota con sonrisa también. La próxima será mía.



El camarero de Vejer de la Frontera que no tiene sorbete de limón pero sí una gracia infinita y ofrece su cuerpo ‘que tiene regustillo a limón’ y que me lo puedo comer poquito a poquito. Y lo dice tan sonriente y sin ofensa, que hasta apetece…


Y otra vez la tierra roja, restos de cuando este pedazo de mundo se separó ‘una mijilla’ de África. Los espinos, las plantas bajas luchando por sobrevivir y de repente un vergel de buganvillas, como una explosión de color para recordarnos que hay agua bajo tierra, la suficiente como para que la vegetación crezca y florezca, y que lo que más le gusta a la vida, en el fondo, es el sol.


La baja velocidad del circular de la sangre, la vida a media intensidad –al menos en el bombeo- y sin embargo el disfrute pleno e inmenso de la contemplación. Las hormigas trabajando, recogiendo las semillas del césped recién sembrado para el turista, transportándolas con gran disciplina a ese almacén que han hecho junto a la piscina, que encontré la puerta yo.

Y otra vez la playa de La Barrosa. La corriente arrastrando el flotador gigante con forma de flamenco y el héroe de turno que nada y nada hasta que no puede más y hay que ir a buscarlo a él.


El señor que hace el muerto en el agua, se incorpora a nuestro paso con sonrisa plena y tiene que compartir su regocijo con nosotras ‘aaah, qué frezquita’, con una sonrisa en la boca y el mirar, correspondida, y cada uno a lo suyo otra vez. Él hacia fuera, nosotras hacia el profundo mar.


Bajamos a la plaza en Conil y las pescaderas nos explican qué es cada variedad y en qué momentos se encuentran. La corvina es pescado de roca, nos cuentan, la hay todo el año, de todos los tamaños. En Galicia pocas veces la vemos en el mercado, les decimos.


Las frutas hermosas, baratísimas, los tomates más jugosos que haya visto. Esas uvas. Las tortillitas de camarones famosas y el pescaito frito que no pude probar por la harina, y descubrir una vez más que nunca hay nada imprescindible en un viaje más allá del buen espíritu y la capacidad de maravillarse con lo mínimo. Y que cualquier alimento es bueno y sabroso cuando se está de buen humor.


El ingenio por todas partes, las bolsas llenas de arena para que no vuelen las sombrillas, y la bolsa con cuatro agujeros hechos en cada esquina para poder meter cuatro cajas de pizza –‘lo que no inventen aquí’, dice E. con una sonrisa. 


La lotería en Barbate, nos trajimos el 84, ‘el número del cazamiento’, le dice uno de los habituales del lugar a C. El 5 que traía yo en mente y aquí se me aparece por todas partes y sin embargo no lo he cogido por tentar a la suerte pero a la inversa. Y el 16, y después pensar que todos los números me parecen siempre hermosos y mágicos, así que mejor no coger más. El 84 estará bien.


Barbate, donde un día habitó la opulencia, las conserveras, los bares abiertos 24 horas llenos de tragaperras, y donde hoy sólo queda el recuerdo de la fortuna, ahogado desde primera hora en la amargura balbuceante de los borrachos a los que una memoria cargada de oro, demasiado pesada, impidió avanzar. Y esas mujeres que se buscan siempre la vida, por cualquier grieta que deje la ciudad, ‘y en esta mesa nunca farta er pan’. Y a pesar de todo lo vivido y alguna pena gorda en cada despensa, todavía la luz, las risas, la alegría y el ajetreo en el pueblo como si fuera una gran ciudad.


Volvemos a la piscina, a la playa, al porche, al contemplar. ‘Los cielos son diferentes’, dice C. Aquí no hay nubes, se encapota todo entero, uniforme. El clima también funciona diferente, por eso esta luz.


El recuerdo de los chavales de Cádiz, que esos sí eran pillos. Los vimos en una calle principal pidiendo, con cara de tontos, y al dar la vuelta al puerto por la Alameda, los volvimos a encontrar, fumando y charlando espabilados como gacelas, ‘a ver zi viene la parienta’ ‘¿y qué vizte?’ ‘De tó menos de lo que quería’ ‘¿y qué queríaz?’ ‘Diamantez’, y carcajada al unísono, los jodíos.


Y, como no podía ser de otra manera, jardines esplendorosos y refinados bancos, adoquines de azulejos moriscos, y junto a la palmera, para recordarnos que aquí llega también el alma del Mediterráneo, una silla de porte señorial en medio del jardín, convirtiéndose en el centro del mundo en lugar de verse fuera de lugar. Esperando al viajero para regalarle un descanso.







Y el último día, con su último baño redentor en el mar de la Barrosa, para que no olvidemos qué luz reina en el paraíso, cómo huele su mar, y que aquí nos espera, por si queremos volver, para dejarse abrazar. Y después bañarse desnuda en la piscina a última hora de la tarde, cuando todavía hace calor y se siente el cuerpo hermoso y liviano.


Así es esta tierra y sus gentes y su sal: vivas y acogedoras. Aquí, donde uno no tiene calor, sino que ‘se le ha metío dentro la temperatura toda’.

Una noche tonta, una única película vista, ‘Eddie el águila’, sin mayores pretensiones, pero en todo hay siempre algo para el que quiere encontrar, y es una historia de ‘quien la sigue la consigue, y lo volverá a intentar.’



Y de pronto ya es domingo, y toca la vuelta. Los rayos y la lluvia que nos despiertan y acompañan por el camino, para saber que sí, que volvemos a casa. Observar el paisaje, anotar los últimos recuerdos antes de que desaparezcan, pensar en nombres, olores, envolverlos en la luz para que quede brillando dentro.


Mirar por la ventana. Pasar de los olivos a las encinas y los alcornoques, de las vacas de retinto a los cochinos, de las construcciones mozárabes a los castillos medievales, de la Virgen del Carmen a Santa Olalla. Volver otra vez a ver olivos, y saber que el aire no se puede quedar parado.


Respiramos hondo el campo todo, hablamos, callamos, nos guardamos el milagro de la luz en los escondites más sagrados de la mirada.


La música bonita –como ella- que pone siempre Charo, llena de ganas de bailar, incluso en un coche, sentada.


El Cuadrejón, el Arroyo Matasanos, Conil, Barbate, Chiclana, Zahara de los Atunes, Vejer… y casi todo ‘de la Frontera’. El sendero del puerco, el Carril de los Fuguillas o el del Guerrero. Allí son todo carriles lo que en mi casa son ‘carreiros’. Palabras distintas pero parecidas, y tan iguales en significado que, de pronto, por arte de magia, en cualquier parte me siento ya en casa. Como una suerte de Alicia que cruza el espejo y ve el otro lado de la luz, del sonido, de las palabras, pero sabe que sigue en casa y que la vida, en el fondo, significa en todas partes lo mismo. El viaje exterior que sólo tiene sentido si lo acompaña el interior.


‘Si todo es mentira y la mentira soy yo…’ mejor caminar hasta que los pasos tengan rumbo e intención y el horizonte nos convierta en verdad.


La autovía de La Plata. Las raíces de los árboles luchando con el asfalto, sabiendo que ganarán.

Los pies destrozados, y me queda claro que no necesito pies de ‘señorita quieta’ sino piel dura y correosa de caballo, que me sirva de suela para caminar descalza por la tierra. De toda ampolla se aprende siempre algo sobre el propio paso y con cada herida abierta se abren también los ojos, se resucita a ratos, se aprende a hacer las cosas de otra manera. 


Para quienes nunca es suficiente, sólo queda echarse a andar y, de vez en cuando, a nadar o volar. Y tal vez, ojalá, volver a Cádiz, y volverme a reconstruir, a encontrar.   

Cádiz, donde se queda el paraíso, tranquilo, sin prisas ni penas, porque sabe que tarde o temprano volverás, porque el paraíso siempre espera y porque tus acompañantes han sido lo mejor que podrías desear.











jueves, 15 de junio de 2017

Arrancar silencios, plantas, trenes, pero arrancar. (Borrador futuro y puente sobre el mar)



...hace dos días fui capaz de poner el tren en marcha otra vez...

Habían sido muchos -demasiados- los meses de inacción, dejando crecer el musgo por entre las ruedas, sintiendo oxidarse el arenero, notando cómo las palancas estaban cada vez más rígidas, y mi espalda, y mis recuerdos...

Muchacho no daba crédito al percibir tanto movimiento, simplemente no podía creérselo. Supongo que había perdido la fe en mí y en mi movimiento.

Como en toda situación extraordinaria, su cara fue por un minuto la mezcla perfecta entre el habitual desconcierto inicial, el horror posterior y la euforia más extrema que suele llegar al final, pero todo a la vez.

Por supuesto no veo su rostro de un modo convencional, pero puedo oír los increíbles pliegues que se forman en su frente y los crujidos que emiten tanto la apertura de su boca como de sus ojos y fosas nasales. Sus pómulos y mandíbula estallando desencajados. Son muchos años juntos ya, y cada gesto que Muchacho hace es para mí parte de todo un catálogo que va desde un leve roce de una pluma hasta un desplazamiento de placas tectónicas.

Nunca había sido tan exagerado, apenas nada es jamás tan importante, pero creedme si os digo que esta vez su corazón fue una montaña que dejara de latir de pronto, al igual que todo lo que sobre ella habita, y el resto de su cuerpo una nueva disposición de todos los accidentes geográficos existentes a nivel mundial. Tal fue la sacudida.

En las últimas semanas las expediciones de Muchacho habían sido cada vez más largas, tanto en tiempo como en distancia. Pasaban horas y horas sin que llegase ningún rumor de los que asocio a su presencia en el mundo, y al regresar traía pegados aromas de plantas irreconocibles, escalofríos de lugares demasiado lejanos. No traía reproches ni malas maneras, pero venía cargado de algo peor: el hastío de volver. Nunca antes se había aburrido conmigo Muchacho, ni siquiera cuando estuvimos tres meses parados en la estación de Cresck porque el tren se negaba a dejarse deslizar.

Pero en estos últimos días, la situación se me tornó en exceso asfixiante. Se pasaba el día fuera, y la noche entera la empleaba en dar forma con su navaja a unas cañas huecas que recogía, supongo, a orillas de un río del que yo nada podía percibir desde donde estábamos anclados.

Ayer por fin me atreví a preguntarle -curioso cambio, ser yo el temeroso de hablarle a él...- para qué eran las cañas. Tardó un buen rato en contestar, y no porque no encontrara las palabras, de eso estoy seguro, pues trabajaba con el tesón y el esmero de quien tiene una misión. No contestaba… porque no quería compartirlo conmigo. Y por un instante se apoderó de mí el terror. Pero, por suerte, todavía hay afecto entre nosotros, y al final relajó la espalda, como un animal salvaje que acaba por reconocer en ti a un amigo, y respondió: estoy haciendo un atrapasilencios.

Algo punzante recorrió mi espalda, se me cuajó por un instante la sangre toda junto con los demás fluidos y humores corporales, nada circuló por dentro de mí, fui yo mismo nuestro tren parado, y la garganta parecía una profunda fosa de la que era imposible extraer nada más que polvo y sequedad.




Un joven sano no debería padecer esa melancolía, y mucho menos Muchacho. Él no, no por mi culpa.
Le había dejado allí todo aquel tiempo (dios mío, quizás lleváramos más de un año en aquel lugar, atrapados a mi antojo, en medio de la nada…). Había sido tan egoísta.
Cada día había desoído las voces en mi cabeza que me decían ‘Muchacho ya no silba, Maquinista, Muchacho ya no silba. No canturrea, no salta, no recoge plumas de pájaro...no se hace preguntas en voz alta para que puedas responderlas...’. Apartaba todo lo que ocupara espacio de mi malhumor de un manotazo, pensaba ‘bah, es joven, que se aguante, un poco de inacción no lo va a matar, tiene todo el tiempo del mundo’.

Qué estúpido. Yo mejor que nadie sé que el tiempo es sólo uno, y desde luego no es ni suyo ni mío.
El tiempo es de sí mismo, y discurre y salta y serpentea a su gusto, y nosotros no podemos más que correr tras él y, si hay suerte, darle caza, soltarlo, volver a perseguirlo y volver a intentar darle caza. Esto, si no queremos que nos sorprendan sus fauces y nos ataque de pronto un día la vejez por la espalda (no olvidemos que el tiempo no es más que un joven león, jugando con nosotros, despreocupado, entre sus garras).

Le estaba arrebatando a Muchacho la posibilidad infinita de horas de batalla, felices o infelices, pero las que le tocaban a él en el reparto de las cartas. Y de pronto él quería atrapar el silencio, seguramente para hacerlo estallar con tanta fuerza que produjese -y agotase- los sonidos todos. No podía permitirlo. Los sonidos son tan esenciales para nuestra existencia como el deseo de sentirnos acompañados. Son necesarios, junto con los rumores, los ecos todos, cada uno con sus ligeras ataduras a sus correspondencias en este mundo natural: el rumor que evoca la presencia del mar en algún lugar, los trinos de los pájaros ocultando o compartiendo secretas localizaciones de exuberantes cosechas, el roce entre los cabellos y un cuello dentro de un profundo sueño, una araña en cualquier esquina, sigilosa, tejiendo… Todo nos acompaña y da cobijo, y a todo necesitamos.

De igual modo que la música no es nada sin los puentes que le proporcionan las pausas, los sonidos no significan nada sin el silencio, y nosotros abandonamos la cordura si desaparecen estos y con ellos los sentidos.

Sin pensarlo dos veces, abrí las manos de Muchacho, le dije ‘espera’, bajé del tren, busqué la planta más tierna y joven que pude encontrar a tientas en mi frenesí desesperado, la arranqué junto con sus raíces, y volví al tren. La coloqué entre sus manos, a modo de súplica de perdón y también de promesa de desencadenar todos los sonidos de ése su futuro que yo había secuestrado. Fui a la sala de máquinas, llené la caldera de carbón, y partimos otra vez…
Sé que Muchacho lloró largo rato, regando con su llanto de preso liberado aquella plantita minúscula que le había entregado.
Me contuve y esperé a que estuviera dormido para volver junto a él. Sé por cómo corría la brisa y por cómo silbaba el viento alrededor del último vagón que Muchacho sonreía. Y entre sus manos estrechamente entrelazadas, seguía aquella pequeña planta, bebiendo de la liberación de mi joven amigo, alimentándose de sus ansias y esperanzas, creciendo ya aunque nosotros fuéramos incapaces de notarlo.

Esa noche dormí yo también. Allí estaba mi Muchacho, por fin de vuelta.

Y con esas cañas quizás pudiera fabricar su atrapasilencios, pero uno de los buenos, de los que sólo los recoge un instante, para dejarnos descansar sobre sus alas o simplemente desplegar un puente sobre el mar... antes de dejarlo ir, y que todo se torne música otra vez y vuelva a sonar...





miércoles, 7 de junio de 2017

¿En cuántas sombras puede dividirse la luz antes de extinguirse?


from pexels



Últimamente S. mira mucho hacia arriba, hacia adentro y hacia abajo. Últimamente también, S. mira muy poco a su alrededor y nada o casi nada a lo que se encuentra muy cerca. Son demasiados años de observar lo próximo, de centrarse en lo inmediato, de dejar a un lado los paraísos de aquellos sueños ahora lejanos.

Los paisajes nevados, las planicies del desierto, las selvas y los lagos, todos ellos soñados por tantos años. Los paraísos lejanos. Allí donde sólo hay inmensidad de luz, agua, valles y montañas; donde las sombras de los árboles caen y en ocasiones se estrellan contra las rocas. La pequeña s. sabe que cuando eso sucede, las sombras abren microscópicas puertas secretas y las traspasan para formar parte de ellas, se mezclan con su estructura mineral y se filtran por entre sus poros como el agua que las recorre por dentro y las nutre como savia geológica ancestral.

Otras veces, imagina, esos restos de luz apagada, oscurecida por la distancia respecto de la fuente primaria, se mecen suavemente sobre el aire, en un descenso liviano que las posa sobre el manto vegetal que abriga la tierra. Una vez sobre ésta, se despliegan sus átomos como si de una pequeña niebla lumínica en los últimos momentos de su madurez hubiera bajado hasta allí para morir plácidamente entre las tinieblas de donde sólo hay raíces, nutrientes, lombrices. Un ejército de vida avejentado, una última sombra para que nazca una nueva luz.

Sí, últimamente todo se calcula en sombras y luces, destellos al doblar la esquina, alguna que otra intuición, y un continuo discurrir de primeros pasos de un nuevo camino. Todo vuelve a conducir a paraísos dulces y pequeños, a rocas sobre el río, a pequeños insectos construyendo universos en un suspiro, a finos granos de arena escurriéndose entre los dedos como magníficos imperios levantados y caídos.

A olores nuevos sobre el pelo. 

Todo se ha convertido de pronto -de nuevo- en un observar de lejos lo cercano para poder ver lo infinito.



¿En cuántas sombras puede dividirse la luz antes de extinguirse?

domingo, 28 de mayo de 2017

La memoria calcinada y su constelación de hormigas de panza renovada.

Constellation (ecomimetismos), de Paul Rosero C. y Kuai Shen




“…y cubre las páginas con pequeñas frases
como si fueran largas filas de fieles hormigas
que te hubieran seguido desde el bosque…” (Billy Collins)

Todo tiene su cuerpo, su forma y, sin embargo, todo posee también la cualidad de cambiarse o ser cambiado, en parte o por completo, por arriba o por abajo. Todo contiene asimismo su propia limpieza o suciedad, tanto en lo lejano del interior como en lo externo que le es cercano. 

A toda puerta viene a veces un rumor extraño de silbido inquietante, un nudillo de un cuerpo que no reconocemos y que golpetea sin cesar con un ritmo que pareciera el nuestro, y en un momento –que suele ser determinado, aunque tantas veces queramos nombrarlo como ‘azar’- aparece ese animal llamado ‘cambio’, traído hasta nosotros por ese viento al que -acertadamente o no- se suele llamar ‘necesidad’. 

A veces uno empieza por lo que tiene fuera, aquello que requiere de trabajo físico pero reconforta con su recompensa de aire fresco, claridad y belleza. Los músculos se tensan y se destensan, el corazón bombea y el oxígeno corre raudo hasta el cerebro. Es curioso, pues cuanto más ejercicio físico hacemos y más oxígeno recibe nuestro centro neurálgico, menos pensamos. Y el cuerpo lo agradece y nos regala un día en el que lo vemos todo claro.

Se pone uno entonces a recoger el caos desplegado por años, limpia con productos frescos lo ensuciado y vuelve a embellecer con barnices lo que ha sido rasgado y arañado. Aparecen y desaparecen los objetos inútiles, la niebla de nostalgias frías y punzantes, los regalos hermosos, los absurdos y los no necesitados. Y, cómo no, también las viejas cartas y los dardos afilados. Resurgen de entre las cordilleras de lo desordenado los ríos de libros en verdad amados pero por mucho tiempo olvidados, tantos y tantos cachivaches innecesarios alimentando nuestros pequeños y personales vertederos, todas las pequeñeces y objetos diminutos sin valor aparente que creíamos haber tirado y, aún estando a punto de hacerlo otra vez, volvemos a dejar en su sitio, allí donde el invisible y terriblemente fuerte imán –con su polo positivo del ‘por si acaso’ y su polo negativo del ‘porque no puedo evitarlo’- nos obliga a guardarlos. 

En otras ocasiones, esta tarea se da por dentro. Extendemos un mantel dentro del propio estómago para poder deglutir bien el subconsciente, los anhelos, el pasado. Lo hacemos con el mayor de los cuidados, ya que debe quedar bien estirado para poder colocar al alcance de la vista, del olfato y del tacto todo lo que habremos de digerir después de haberlo olisqueado, tocado, observado. Entrará también en juego ese otro sentido, el que se encarga del rumor lejano, lo intuido, lo no-pensado. Será el más importante de todos, ya que trabajará con lo que no queremos ver, ni oler, ni tocar. Todo aquello a lo que no queremos aproximarnos, y que sin embargo será lo más necesario de manipular, reordenar, cambiar e incluso perdonarlo. Porque el perdón será esencial en este festín descaotizador en el que, como un ejército sin compasión, arrasaremos nuestro territorio más íntimo para después reconciliarnos. Con lo que fuimos, con lo que no llegamos a ser, y con lo que los demás pensaron que éramos y, quién sabe, quizás, (no) se equivocaron.

Para comenzar, han de extraerse del fondo uno a uno los recuerdos del más remoto pasado, para poder desplegarlos sobre el mantel intestinal como se organizan en un mapa los elementos de las estrategias militares o se colocan los manjares en una excursión de verano al campo. Se irán poniendo las relaciones tóxicas a un lado, los paseos hermosos al otro, junto a estos pondremos los ojos entrecerrados saboreando la luz junto al mar, y allí donde irían las bebidas pondremos los primeros arañazos por las caídas de la infancia, las heridas más profundas por las caídas ya de adultos, el desamor enquistado… 

O simplemente iremos a la guerra con nuestra entraña y colocaremos cada cosa como un pequeño batallón, con su propia banderita, su identidad, su clasificador. Prepararemos emboscadas tras cada pliegue que se vaya formando para no dejarnos atacar por sorpresa por la emotividad, la lágrima inesperada ante el trauma aún bloqueado, la convulsión tras el recuerdo de ese instante en el que fuimos olvidados y desechados y, lo que es peor, la náusea provocada al revivir ese momento en el que fuimos nosotros los que decidimos olvidar y desechar a un ser hasta entonces amado.

Tras la desnudez fría y humillante de la propia falta,
he ahí siempre la mayor necesidad de perdón.


Después de esa primera fase de tensión y distensión, de dolor, caída, alivio y perdón, se recolocará cada elemento como si fuera un ajuar de boda, un puzle de significado nuevo que habremos de armar para mañana ser. 

Formará todo parte del imprescindible ritual de quema que ha de dejarnos limpios tras habernos calcinado, quedando sólo el borde de esa imagen, desconocida hasta entonces pero resguardada allí también, en la cueva de lo que éramos, para conformar una ofrenda al futuro. Una silueta que simplemente marque los bordes, dejando libertad para llenarlos con la ilusión de lo nuevo, lo todavía por llegar, lo que todavía es posible construir. 

Desharemos tras la quema la memoria en mil cenizas, cada motita una hormiga devota y fiel a nuestra propia esencia, pero también fiel a ese nuevo ejército de lo venidero, lo que poco a poco nos ha de llevar de regreso al bosque, al olor de la tierra, a los osos y los pájaros, a lo verdadero. 

Miles de hormigas corriendo por dentro, alimentadas por ese festín que fuimos y ya no seremos, deglutido todo para no olvidarse pero también para que, una vez haya sido digerido, ya no pese en nuestro costado. Un pasado para dejar a lo lejos, hermosa imagen de lo que nos ha traído hasta aquí pero que ya ha dejado de arrastrarnos. Seremos una constelación de hormigas con panzas renovadas. Ejército de esperanza removiendo el mundo con su extraño rumor, sus pequeñas tareas para mantener la tierra firme y filtrar el agua hasta el fondo, allá donde crecen las raíces y se fragua el calor. 

Una constelación de hormigas con panzas todavía por llenar. Eso se me antoja hoy que es el futuro, y con él el mundo, la vida, el amor. 








sábado, 13 de mayo de 2017

Los primeros pájaros (en mi corazón las historias todas)


Massive Bird Nests in Southern Africa, found in Colossal




Los primeros pájaros

como si estuviera allí su nido
 salen con el sol
a primera hora de la mañana

se posan sobre la mesa

los primeros pájaros
del día hablan
del hambre limpia
la que viene de la luz
de la sangre en sus venas
de sus huesecillos
tan pequeños y sin embargo tan fuertes
capaces de contener toda la esencia
del trino y el vuelo

Los primeros pájaros
van y vienen por el huerto
pero nunca se marchan
algo de sus alas permanece 
en la brisa
en el frescor de la mañana
y uno se rinde y se deja apresar
en esos pequeños picos
como si uno fuera una gota de agua
con la que refrescar sus minúsculas gargantas

Los primeros pájaros
que cuentan en un parpadeo las historias todas
las del frío, las de armaduras y roturas
las de calor y corazas, las de amor
y, cómo no, cuentan también
las de lo hermoso e inevitable que es
simplemente
la vida, la tierra, su olor

Los primeros pájaros
los que salen a primera hora de la mañana
con el impulso del sol
bendita protección contra el desgaste del tiempo
contra la propia autocomplacencia y la soberbia
la desnaturalización
o lo complicado que es luchar contra esa semilla
que llevamos todos
aunque nos neguemos a sembrar
y dar frutos con que poder alimentarse
cada mañana

los primeros pájaros
los que salen de debajo
de las alas del sol


 
 Any Story by Hindi Zahra, from the Album Homeland.