miércoles, 22 de noviembre de 2017

Los mecanismos de defensa (Serie 'El esquí nórdico y los actores secundarios'. 4.)

Many belts, from here



- Que sí, tía, que le digo que es verdad. – Duckie intenta la dulzura antes de perder los nervios.

- ¿Pero por qué habría de lavar esa muchacha en el río? Por Dios Santo, ya no sabéis qué inventar. – la tía Polly pone los ojos en blanco, siente que no queda nada en el cajón de la paciencia.

- Tía, perdone lo que voy a decir –sigue hablando de usted, aún queda la sombra del leve surco de su cuerpo estampado contra la pared- pero le juro por su difunto marido y queridísimo tío mío Edward W. Audit, que la vi con mis propios ojos – alza la voz mientras se los señala, parece que se los va a arrancar. No puede creer que haya sido capaz de jurar por su tío.

-¡¡Polly!! – la tía confusa, ojos disparando en todas direcciones, manos incontrolables que se frotan. Tose, cambia de tema. – Está bien, está bien, te creo. Al grano, ¿me has traído lo que te pedí? – no acaba de creer que su sobrina haya mentado a su marido. Sabe que no tiene permitido mentar a su marido.

- Ay, tía, tendré que volver mañana. Sólo abren los sábados y hoy aún es viernes. – Polly se disculpa con la melosa e insoportable voz de Polly a los cinco años. Sus ojos centellean como sólo brillan los ojos de la irritante y ajada Polly del presente cuando se siente triunfante.

- ¡¿Y si sólo abren los sábados por qué has venido hoy?! – la tía está molesta, y muy a su pesar, no puede ocultarlo.

- Me dijo que volviera el fin de semana. Lo hice por acompañarla –Intenta hacerse la tonta. Las dos saben que sólo quiere contar lo que ha visto. -Bah-estúpida-vieja-es-viernes-y-eso-cuenta-como-fin-de-semana-¿no?-Ja - pensé que se alegraría de verme, tía. –no acaba de creer que sea capaz de pensar de modo tan desafiante sobre la tía Polly, y mucho menos destilarlo con la voz. Y sin embargo ya no sale otra cosa de su boca. 


Algo en su cerebro, un animal pestilente se relame. Y crece, y lo va llenando todo. Polly se siente como si tuviera cinco años otra vez, y está en casa, y su tío está vivo y la columpia, y el animal infantil en que ha transmutado Polly se relame. Y el aire se vuelve viscoso.






Marcia ha empezado a hacer muchas cosas nuevas últimamente. Cuando se abandona la costumbre, se desencadena inevitablemente toda una serie de comienzos sorprendentes. Así sucede ahora en la vida de Marcia. 


La nueva Marcia vive con Will, bebe whisky sola y bebe whisky con Will, se peina una única vez por la mañana -sin espuma, jamás-, tiene las cortinas y las ventanas abiertas todo el día -adora el frío-, hace lo que le da la gana todo el día -adora que la vean-, se pone vaqueros y camisa toda la semana, ve a sus padres una única vez al mes, sólo llama a su hermana ese mismo día antes de salir, saluda a los vecinos simplemente con la cabeza -se acabaron las charlas forzadas-. Guarda la voz para el whisky y para Will.

Y lava la ropa en el río. 

La antigua Marcia solía remolonear todos los días durante horas, no estaba en pie antes de las diez. Ahora se levanta a las seis de la mañana, por el puro placer de la ducha y el café con Will. Él se marcha ‘a ocuparse de sus asuntos’ -algún-día-me-contará-cuáles-son-sus-asuntos-sí-que-lo-hará-sólo-tengo-que-ser-buena-y-paciente-y-esperar-y-me-lo-contará- y ella recoge las toallas y la ropa del día anterior, hace una bola y la mete en la antigua bolsa del gimnasio –qué absurdo y lejano mundo aquel antiguo del gimnasio, sudar, reírse, arreglarse el pelo, tomar un refresco con Geordine después de la ducha... quedar con Peter al salir-. 

Coge la bolsa y la mete en la furgoneta que le vino a ofrecer el viejo Foster en cuanto se mudó. "No son distancias ni carreteras por las que andar una joven sola", le dijo cuando llamó a su puerta, y ella abrió desconcertada al verlo con el sombrero entre las manos y la mirada puesta en la gravilla. Pero le pareció buena idea, y le gustó la Marcia que conduce su propia furgoneta.

Arranca poco después de irse él, y con la ropa que ella considera sucia baja al río, al lugar exacto donde bebió por primera vez con Will, su santuario privado, donde las florecitas blancas y las rocas más lisas. Y con el trozo de jabón, el cepillo y sus manos desnudas, inicia el ritual. Primero se lava la cara para congelarse el cerebro –se está volviendo adicta a esa sensación de colapso, le da vértigo hacerlo pero no puede evitarlo. Después pasa el tiempo que considera necesario ocupándose en lavar la ropa. La restriega, la frota, da tan fuerte con el cepillo que pareciera que quiere hacerla desaparecer. 

No lo reconocerá jamás, pero al retorcer la ropa para escurrirla, no puede evitar pensar en Peter. En ningún otro momento más que en ése piensa en él, pero es suficiente para sentirse molesta. Odia que aparezca justo ahí, cuando está en su lugar especial, el suyo y el de Will. ¿A qué narices viene Peter a molestar y ensuciarlo? Vuelve a empezar, friega todo de nuevo, esta vez con más fuerza si cabe, restriega, retuerce, y Peter que no se va. Respira hondo y cierra los ojos. Coge impulso. Mete la cabeza en el río, se le congela el cerebro, y Marcia ya no es Marcia.  Saca la botellita. Ya no piensa en nadie. No ve nada a su alrededor, ni siquiera los ojos de animal viscoso que la observan. Sólo ve a Will reflejado en el río, sonríe y siente que ya puede recoger. Lo hace con cuidado. Dobla todo meticulosamente, a Will no le gusta la ropa arrugada, ni siquiera las toallas –sobre todo las toallas. 

‘Si algo aprendí de la señora Queen es que es justo donde menos esperas que importe un error donde más importancia tiene. No lo olvides nunca, pequeña.’ 

Marcia recuerda esas palabras todos los días, cada vez que toca un paño de la cocina, una camisa, una toalla. Se estremece. Quiere pensar que es el ligero temblor del amor.








Sunglow, near St. Marguerite’s North River by Maurice Cullen





- Tío, si le ofreces la segunda presa y no quiere, es que está a la defensiva. – Tim adora hablar de ellas, le dan un lugar elevado sobre los demás.

- Eso es lo que no entiendo, joder, estoy seguro de que aún tenía hambre. Además, ya debería estar acostumbrada a mí. – Peter empieza a desesperarse con el tema.

- ¿Acostumbrada? ¡Ja! Eso no va a pasar nunca, tío –sonrisa amplia, sabe que está en la posición de poder – ella siempre va a pensar que para ti es comida y, por eso mismo, cada vez que te ve, al instante, eres tú el que se convierte en comida para ella. ¡Es la mejor parte! El mecanismo de defensa del miedo en estado puro –los ojos de Tim brillan de excitación.

- Joder…

- Sí, joder. Esa es la palabra. 'Joder'. Te lo dije al principio, Pete, estas preciosidades no son para cualquiera – Tim se relame con este momento. No hay otra persona en el pueblo que las tenga, así que Peter es ahora su único súbdito. Habrá que manejar bien la situación para no dejarlo escapar.- Oye, ¿quieres venir mañana a casa y te enseño cómo las cojo yo? –pone su voz más generosa, de veras que parece un enorme favor.

- ¿En serio? Eso sería fantastico, tío, ¡muchísimas gracias! –cuántos Peters no habrá ahora en el mundo, dando gracias por su nueva correa.





The snake charmer, Henri Rousseau






- ¿De qué narices hablaban esos dos? –inmensa intriga en Paul. Minúscula en comparación con el agradecimiento infinito por tener la excusa perfecta para entablar conversación. Nunca sabe cómo empezar.

- De serpientes. Pssst. –ojos en blanco de Tricia. Desprecio absoluto por ellos y por sus mascotas. - ¿Quieres más café, Paul? – cambia su rostro. De nuevo la dulce plana sonrisa de Tricia.

A Paul le gusta su otra cara, la que casi nunca se ve, la que intenta ocultar en el trabajo-necesito-las-propinas-y-son-mejores-cuando-sonríes-y-hablas-como-si-fueras-tonta-las-de-Paul-siempre-son-buenas-diría-que-las-mejores

A él le gustan sus ojos en blanco, ese desprecio por todo que aparece a veces tras la cara amable, como si descorriera una cortina al fondo de una habitación mal iluminada. Esa Tricia le excita más que ninguna otra cosa en el mundo.

- Sí, por favor, necesitaré otra taza –perro fiel, no se irá hasta que lo echen. Y todos los días igual. Al principio se sentía ridículo, ahora ya es rutinario. Ha incorporado ese par de horas a su jornada laboral. Hace que parezca que trabaja, se lleva un cuaderno en el que todos creen aprovecha para ir anotando pedidos, tareas pendientes, cuentas. En realidad ha inventado un código que sólo él entiende, en el que cada 'pedido', 'encargo', 'cliente', son cosas que ella le dice, paseos que dan, momentos que pasan juntos. Imaginación de perro fiel, actividades sencillas.

- Bueno, es hora de irse a casa – Paul pone su mejor sonrisa, intenta hablarle con la mirada.

- Hasta mañana, Paul – Tricia levanta la mano pero no se gira, está atendiendo a otra mesa.

Pasa todo el camino abrazando a Tricia en su cabeza. Así, con ella en brazos, llega a casa, sonrisa fingida. 

-¡Hola familia!’-grita al aire- ‘hola mi amor’ -el autómata Paul entra en la cocina - qué día, nena, cuánto trabajo, cuánto sueño- palmada en el culo, -ojalá-no-fuera-tu-culo-ojalá-fuera-su-culo- Mañana salgo pronto, te lo prometo.

- Dios, Paul, deberías trabajar menos- habla la autómata Laura.

- De eso nada, todo por mi bomboncito, que tenga siempre lo mejor- segunda palmada en el culo –mañana-desayuno-en-el-bar-no-hay-más-que-hablar.

-Tonto- risita fingida, Laura autómata interpreta a Laura todavía esposa -malditas-palmadas-en-el-culo-cualquier-día-te-reviento-yo-la-cara- Recuerda que tienes que llamar a Will, tenemos la fosa séptica casi llena. Mejor que la vacíe estos días. Sabes perfectamente que durante la temporada no vive para otra cosa y no acepta trabajos. -maldito-sea-tener-que-hablar-de-lo-cotidiano-para-no-hablar-de-lo-absurdo-que-se-ha-vuelto-todo-lo-cotidiano.











Qué asco le da todo a la persona Paul. La casa, la fosa, las tareas, el ‘bomboncito’, las palmadas, lo cotidiano. Charlar entre esas paredes –fuera-de-la-cafetería. Incluso sus hijos. Se han convertido en horrendos muñecos de cartón piedra que hablan, extraños seres que sólo gritan, se ríen, rompen cosas. Y molestan. Aunque por encima de todas las cosas, sin saber por qué, qué asco le da Will.

Y qué asco le da a Laura pensar en el otro lado del telón de todo eso mismo -maldito-bomboncito-malditas-palmadas-maldito-Paul-. 

Y qué asco -y-miedo-mucho-miedo- les da a todos el fondo de la fosa séptica, ése donde la amargura empieza a estar a rebosar y va a haber que vaciarla. 

O dejarla reventar.