domingo, 13 de enero de 2013

A menudo los zorros. Pausas estacionales -20º.

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a menudo los zorros árticos
guardan algunas aves bajo tierra

para estar preparados
para las épocas de escasez”



Nos habían dicho que antes de que terminase el invierno
seríamos otra cosa y vendríamos de otra parte
nuestros cuerpos estarían hechos de materia nueva
// diferente de lo que solíamos ser pero no
con tan diferente pelaje que ya no fuésemos nosotros.

Permaneceríamos, dijeron, latentes en un eco de baja frecuencia
// envoltorio permanente de nuestra propia sonoridad
a veces tan hueca y sin embargo
tan alta y clara en la espera, esa cima de la mañana del mundo,
// ése de antes de la existencia del amor
   de la primavera,
que hace que todo simplemente se eleve, sobreviva y permanezca
en la belleza de la fresca y tierna espera.

Respiraríamos entonces bien hondo 
para después entornar los ojos ante el sol de invierno
// ése que huele a infancia y a bicicleta
o para acudir al trabajo nuevo o a preparar la tierra.

Nos cobijaríamos, prometieron, en la cueva de los pájaros
allí donde ellos no comen todavía los frutos
sino que guardan las semillas con toda la sabiduría de la botánica alada,
allí, entre las rocas, nuestros corazones se fortalecerían, sí,
mas también se harían tiernos al calor del fuego interno.

Y nosotros fuimos y permanecimos, creímos 
                    // en la belleza de nuestro invierno y su porvenir
y bajamos a la cueva, donde cuidamos de los pájaros 
bajo nuestras propias alas, dimos alimento a la semilla 
de un solo fruto y dimos calor a su corazón,
y como buenos zorros árticos, nos vestimos con nuestras blancas pieles
e hicimos retumbar las paredes de la cueva al ritmo de los golpes
de nuestros viejos huesos contra las rocas. Nos acurrucamos
y esperamos pacientemente la salida del nuevo sol y la aparición

de la nueva piel de mañana. Del reluciente amor.