lunes, 24 de marzo de 2014

La osamenta de lo frágil. (Memoria. 26)


Marisa Camino



(no) ‘todos llegamos siempre demasiado tarde’ Paul Bowles


Hay quizás en la memoria de
los salmones, remontando la vida a lomos
de su propia historia, la promesa
de una osamenta invisible
que sostenga por siempre el río, como
si de finas alas de ángel se tratase
nacidas por entre las agallas
para que sepa siempre ir y venir, incluso
para volver a nacer a la casa primera

y quizás, de repente, entre salto y salto,
en ese último instante
antes de alcanzar el océano
no hay demonios ya agarrando la noche
por su punta más frágil
ni tampoco niños sedientos
esperando con la boca abierta
para recoger la lluvia. O el río
llegando a puerto.

Y quizás también, llegados  
a este punto,
la luz es una ardilla de cristal,
y sus pequeños dientecitos
vidrieras de minúsculos colores
con que la mañana nos mordisquea el cuerpo

y el sol repite ‘despierta despierta’

sin cesar.Porque, hoy sí,

hemos llegado al mar.




jueves, 20 de marzo de 2014

La Bahía de las Azaleas. (Memorias futuras. Sin numerar... o 3)






 Alain Laboile

LA BAHÍA DE LAS AZALEAS

(Esta entrada es para Vera, AndreaLeo)
(Espero sepan perdonarme los tres la ñoñería de la entrada y se fijen sólo en que les comparo
con cosas tan bonitas como bahías y azaleas, jajaja. Y es que a veces uno está de tan buen
humor, y tan 'de paces' con el mundo, que no puede evitar reírse solo por la calle o contarle
a los amigos los cariños ;))
 

Hay palabras que me han acompañado toda la vida con un significado que va más allá de la belleza del meramente semántico, o incluso del emocional ligado a hechos concretos. No toda palabra que evoca algo en mí lo hace porque ha participado de mis ‘grandes acontecimientos’ o me ha dejado un poso indeleble por la fuerza de su definición.
Hay palabras que se han quedado ahí grabadas de un modo tan único como extraño, naciendo su huella de un algo mínimo, alejado de todo lo que supuestamente definiría mi vida, y que, sin embargo, hace temblar ciertos bosques de mi memoria con más fuerza que algunas ‘verdades’ y ‘hechos objetivos’. En algunos casos, por suerte, ha correspondido a la vida y al tiempo la tarea de hacer que esos significados se concreten y materialicen en algo más real que ternuras o sensaciones indescriptibles. 
Dos de estas palabras son ‘bahía’ y ‘azaleas’. 

‘Bahía’ es la que se quedó ahí prendida con un alfiler de plumas, ondeando al viento, por las razones más ‘explicables’: la primera, porque salía en un cuento de piratas, en el que estos consideraban zona libre de ataques una hermosa y colorida bahía. Era un remanso de paz, un lugar donde la belleza y la armonía imponían su gobierno y sus leyes, y todos aceptaban la tregua por igual, desde el rey hasta los temibles bucaneros, que allí se convertían en afables viajeros dispuestos a disfrutar del mercado, el sol y los tragos de ron; la segunda, porque, como todo lo bueno en el mundo, pertenecía al mar, siendo además hueco, refugio, con la tranquilidad que eso da; y la tercera, porque es el nombre de una ciudad brasileña, que de pequeña me parecía que tenía que ser el lugar más increíble del mundo, donde la gente hablaba cantando y caminaba bailando. Así de simple. ‘Bahía’ significa para mí todo lo que deseo en esta vida: es tranquilidad, refugio, paz, una tarde de brisa y sol junto al mar. El amor.

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         Vídeo by la Revisora. Domingo16 de marzo, Bahía de A Coruña. Disculpen la voz, era la primera de la mañana...jijijiji

La segunda, ‘Azaleas’, se quedó ahí, llenándome de ternura el pecho cada vez que la oigo o la pienso, porque en un texto del libro de lengua, allá por mis ocho o nueve años, un tal don Antonio, o don Felipe –qué más da-, ‘estaba en el jardín cuidando sus azaleas’. No recuerdo nada más del texto, y sigo sin poder explicar muy bien cómo ni por qué ese señor mayor que cuidaba flores en su jardín se me metió dentro. Pero de pronto todos los hombres buenos del mundo hacían eso, cuidaban de sus azaleas, y me gusta pensar que es media tarde para todos ellos, que el sol empieza a estar bajo, es suave, hay brisa y una mesita con té y galletas para cuando termine la dulzura de la tarea. Y hay también una silla en la que sentarse y desde la que mirar cómo respiran en medio del jardín las azaleas, y escuchar a los pájaros –siempre los pájaros- cantar la tarde…

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Hace poco me di cuenta de que, con el tiempo, ‘bahía’ y ‘azaleas’ se han hecho reales, cada una de un modo distinto, y forman parte de mi vida más allá de mi memoria. 
La primera, porque después de muchos años viviendo aquí, fui consciente hace poco de que vivo casi metida en una Bahía, siempre a unos diez-quince minutos andando de distancia, lo que la convierte en una presencia ineludible en mi vida, en una protección inmejorable. Es increíble cómo no había hecho la conexión conscientemente, qué absurdos podemos ser a veces, yo anhelando la paz de una bahía y resulta que vivo en una…
Las azaleas llegaron también hace poco, pero lo hicieron no porque no pudiera tenerlas antes, sino porque nunca pensé en averiguar qué flores eran ni qué aspecto tenían. Las he visto toda la vida, pero no sabía que eran ellas. Creo que en el fondo no quería romper el encanto, me gustaban las azaleas de mi infancia, las del señor que vivía tranquilamente en mi adorado libro de lengua. Pero hace poco comencé a sentir que necesitaba azaleas, o quién sabe si fueron ellas las que me empujaron a sacármelas de la cabeza y hacerlas reales. Da igual, el caso es que tuve que salir a buscarlas y llevármelas a casa.

Y algo parecido pasa con algunas amistades. A veces uno no sabe bien cómo llegaron, ni por qué cuajaron los cariños, e incluso la distancia es tan inmensa como el mar todo o un desierto de cáctus... o como no haberse visto jamás en persona; a veces, por el contrario, uno sabe cómo llegaron, sí, pero no cómo fue que de pronto ya eran parte de ese mar de gentes que nos cuida y mece, ésas que hacen que la vida sea, simplemente, más agradable y mejor. Y en medio de ese mar, cómo no, un faro, el de la amistad, que a veces, también, es una palabra inmensa, un ‘toda una vida’, con lo que eso pesa, y a veces, simplemente, es una luz a lo lejos, un mirarse a los ojos y reconocerse, una sonrisa, unas palabras, un bailar… 

Así Verónica, Andrea o Leo, pájaros y flores prendidos con plumas en un árbol de mi memoria, cada uno con su forma particular y sus diferentes modos de llegar a mi vida. Los tres como parte de ese atrapasueños de colores que me recuerda las cosas fáciles, las bonitas, las alegres, ondeando con suavidad al son de las tardes que quedan por venir, como el buen vino, la risa, o la música junto al mar…



Casa para el viento. Zona de la Torre. (by Revisora and her terrible mobile phone ;))

lunes, 10 de marzo de 2014

...no es un corazón....(O 'los que van a morir' me saludan desde el pasado. -13)

from the web


 (esta entrada la publica hoy Revisora que, haciendo eso mismo, su trabajo, encontró un antiguo texto, de cuando ella era otra y el mundo era otro y los hombres eran otros, y con el que los Morituri de Ferrol le concedieron el grandísimo honor de su lectura, publicación y aprecio. Un saludo a todos ellos y, sobre todo, a todas ellas.)


                         (…no es un corazón...)



("...descubrí a Dios parcial y limitado. Siempre compartiendo su soberanía con un adversario que opta por la vida. Fuerzas de atracción y repulsión, los polos de la Tierra con sus corrientes, el ritmo de las estaciones, el día y la noche, el negro y el blanco... todo es una lucha.
El infierno: contradictoria polaridad perpetuada en nosotros.
El amor: un centro de gravedad oscilando entre cloacas y hemorragias..."
                                                                  La otra parte, Alfred Kubin )



(...sé que lo que tengo entre las piernas no es un corazón, pero a veces late tan fuerte como si fuera el único que tengo... y ya no sé con cuál de los dos amar... ni a quién...)

...lo miro a mi lado y sé que me acompaña sincero, que le gusta estar ahí, que su sonrisa no es automática ni autoimpuesta y que, por más vueltas que le doy, no encuentro pliegue ni doblez alguna en su caricia; sé que cuando llega y estoy en la cocina, sacudiendo la sartén a ritmo de Rubén Blades -... se ven las caras, se ven las caras, vaya, pero nunca el corasón... -, y me agarra por detrás, tan suave y violento, y me descarga todo su aliento en el cuello, no desea más que estar allí donde está, haciendo lo que hace, agarrando a quien agarra, y respirando contra el cuello sobre el que respira; y sé que cuando se va a duchar y le digo "¿por qué mejor no te doy yo un baño?" de repente me quiere más que a su madre - esa otra mujer que lo bañó hace siglos -, y se le pone cara de burrito y se deja hacer...

...pero después de la lucha y de la cena, del baño y la caricia, cuando nos tiramos en el sofá, yo me subo al techo y suspendida me miro a su lado, que deseo estar allí, me gusta... pero no me encuentro más que dobleces y recovecos y cloacas...

...y me veo subida a lo más alto y lejos de mis ojos, contemplando mi Reino, mis Tierras de Adentro, y me descubro allá abajo, desnuda en el Valle del Vientre, multiplicada por mil hombres en la selva y dividida en cada una de las hogueras con que respondo a una sonrisa cómplice de un extraño cruzando la calle, a una mirada de esas que se clavan dardo en las tripas, a un roce de una pierna hirviendo en el autobús...
...y me acuerdo de la amnesia total que me provocó la mano de aquel chico - por no hablar de sus ojos... - que se extendió al compás de la mía sobre aquella joya... (ahí sí que fui una puta, que le sonreí como si acabara de aprender a hacerlo y le dejé llevarse el libro... los dos conscientes de que aquella maravilla desterrada de catálogos no la volvería yo a ver... a menos que me fuese con él... y juro que habría dado lo que fuese por irme con él...)

...y viéndome desde allí arriba me doy cuenta también de que a veces lo trato como si fuera el grifo de la cocina, puesto ahí utensilio para que yo beba... y me acerco a él, y me agacho sobre el fregadero, abro y dejo que salga el líquido elemento, y bebo, sí, pero después cierro el grifo y me olvido al instante de que él se queda ahí, en su sitio, cerrado, mientras yo me voy descalza a otro cuarto... o me quedo también allí, en la cocina, canturreando y cocinando, sin ni siquiera darme cuenta de que las cebollas peladas las recojo del huerto de su mano...

...y enseguida a mi garganta se le olvida que acaba de beber, y se me retuerce de sed, como todo el aire de un tornado encerrado en un puño, y me ahoga fuerte el pecho, y descubro que con él estoy tan a gusto que me entran náuseas y que me quiero morir... o desaparecer...

...y contra el mareo cruzo un túnel, uno donde soñar aquella fuente en Guatemala, otrora cristalino centro del mundo... y pienso en la salvaje boca del flautista, comiéndome los pechos, lamiéndome la mano, silbándome en el pelo... y sus dedos, insectos revoltosos inventando melodías en mi cuello, agarrándome siempre como si me fuera a besar...

(... ¡Vivan los hombres que la agarran siempre a una como si la fueran a besar!...)

...y me imagino en la cima de ese muchacho, convertida en brisa que se mece suave sobre las copas de los árboles, en violento río que alimenta la raíz...

...y pienso también en las increíbles estelas mayas, recuerdo pétreo de ya imperceptibles manos, y en las casas de Antigua, cada una de un color, y en las que cada esquina, ventana o puerta se convierte en excusa para el más refinado adorno, y en sus iglesias y sus santos estrambóticos, y en el Cristo que feliz vestía falda rosa y collares de colores, y una corona no de espinas sino de flores, bendito sea... y en los hombres de Livingston, Caribe negro puro y duro, sensuales bamboleos descalzos sobre las alas de sus bicis, el tambor a cuestas, el fuego en la mirada y la vida entera en la sonrisa...

(...y aquí los unidimensionales siguen creyendo que son pobres...)

...y pienso en la Ceiba, el árbol símbolo nacional, que se agarra al suelo como si fuera una enorme mano retorcida que un dios pájaro hubiera hundido en la arena para sujetar la selva; una mano aferrándose a esa tierra como si fuera la espalda de una madre, para después crecer y elevarse hasta 30 metros por encima de ella... y que se muestra orgullosa de estar ahí, como si en verdad amara con toda su savia esa tierra en concreto, no la tierra en general ni cualquier otra tierra, sino, repito, ESA TIERRA...

...la veo y no puedo evitar pensar que "Ceibe" en gallego significa "libre", y que quizás fue un gallego el que llegó hasta allí y, al ver la determinación con que ese árbol se aferraba a ese suelo, la llamó Ceiba, porque quizás se dio cuenta al verla - no cabe duda de que es una mujer... - de que estaba allí no porque una semilla arrastrada por voluntad de vientos la creció sin pretensiones, inevitable, sino que lo estaba por amor, porque quería y deseaba estar allí, porque ella misma, dirigiendo vientos y corrientes y estaciones, recorrió el mundo en busca de un lugar, el suyo, hasta que descubrió la tierra más hermosa de todas y allí enterró su mano, su raíz...

...completamente libre en la elección...

...y me miro a mí, congelada Ceiba flotando sobre el triste lago del amanecer, con el ancla al lado y esta imposible losa encima, que oprime porque sólo se le talla un nombre a cada estela, y soy yo entonces el tornado encerrado en siete letras, retorcida incluso la sangre...

...y cojo rumbo hacia tiempos no por no vividos olvidados, y sé que no es justo que le diga que le quiero cuando sé que es porque no he querido a otros, lejanos y soñables... porque no he visto a los hombres recoger sus barcas en el Ganges, ni al gaucho afilar su cuchillo en la piedra de la luna, ni me ha cogido al vuelo jinete Mongol alguno, ni he ayudado en Ushuaia al hombre que pone nombres a las cosas, ni he bailado descalza sobre la tierra roja de África en el centro de un círculo de dioses de negra piel y duro hueso...

...no os he conocido a todos para saber dónde debo enterrar la raíz...

...porque sé que no puedo en esencia dejar de desear, que soy incapaz de querer por necesidad... que aunque acepto la reclusión a simple vida, y yo misma incluso aprieto fuerte la cadena del cuello y dibujo mi cara con el maquillaje de la novia, en cuanto me rascas la espalda, amor, o me doblas una esquina, puedes ver el tenebroso manto de punzante escama que protege a los diminutos bichos que con su posibilidad infinita de movimiento me corren por debajo de la piel, los que no me dejan dormir por las noches, los que me caen gota a gota con cada gota de saliva y se me vuelan partícula infinitesimal en cada rayo de sol, los que me atacan desde dentro del pulmón... los que me aterran...

(...y sé que lo que tengo en el pecho es un corazón, pero a veces se me des-late tan hueco, que ya no sé si algún día me servirá para amar... a quién...)


domingo, 2 de marzo de 2014

Tú no eres tu lenguaje. (Límites y enredaderas. 132.)



Sarah Schoenfeld - Speed



Tú no eres tu lenguaje. Eres el límite de todas las otras cosas.

Eres lo que se multiplica y lo que no. Eres el bosque.
Eres el agua, las raíces, la luz. Pero también
eres lo estático de cada uno, ese momento exacto de la noche
en que quisiéramos echar a correr y sin embargo
permanecemos inmóviles, observando con angustia
la terquedad de nuestra condición. Nuestra falta de voluntad
para cambiar. La enredadera del discurso, la autojustificación. 
Incluso eres la prisión de la autoindulgencia y la intemperie de la necesidad. 
Un rayo que cae, y los mil átomos reventados por la furia de la electricidad.
Aunque por suerte también eres lo suave.
Un guiño, una caricia, un Sí. El río, la mañana, 
o el silbido a lo lejos que nos dice, una vez más, que Sí, que Sí.

Porque tiene cada nombre su propia forma, y aún así es la suya
una arquitectura efímera, imperfecta. Un corazón,
la palabra. Un frágil sueño, una sombra recortada
sobre el falso horizonte de cualquier explicación. La niebla
que se expande y multiplica
como la lluvia en tu cabeza,
sin cristalizar. Tu cabeza,
que no deja de preguntarse y romperse
y volar. Todo por conseguir establecer un vínculo
entre el origen y el final. Un sentido, una verdad, ¿verdad?

Pasamos la vida en el trabajo de desenmarañar lo incierto del nudo,
convertirlo en línea monocroma que poder leer claramente con los dedos,
desde el principio hasta el final, deshaciendo en polvo
el terrible maleficio de la subjetividad. Confiamos en el tacto
revelando su poder, mientras lo oculto de las razones intermedias
oscurece aún más la historia personal, ese continuo recrear
el nacimiento de la palabra. Y la Nada.
Nada.
Aunque lo repitas mil veces,
Nada será jamás Nada.
Y tu nombre seguirá siendo el corazón, la enredadera.

Pero también su infinita multiplicidad…