martes, 15 de abril de 2014

El corazón es un oso cavernario (primera parte)





'Costilla', de Omaira Vaquero


El corazón de los osos cambia mientras hibernan’, rezaba el titular.

Él lo sabía desde hacía mucho tiempo, pero también es verdad que últimamente no pensaba en ello, por eso leer la línea fue como una sacudida. De hecho, se le había olvidado casi por completo desde la última vez que cambió la venda. ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Tres semanas? ¿Un mes? No estaba seguro y, aunque todavía no le dolía el pecho, ni la notaba floja, empezó a ponerse nervioso. Además, durante la semana anterior había observado cómo la capa de hielo del río empezaba a perder cuerpo, y había encontrado lo que parecía ser un minúsculo brote de Amarilis junto a la cabaña. Para tranquilizarse, se dijo a sí mismo que no podía ser, que todavía era pronto, e intentó apartar la imagen de su memoria, pero no podía negar lo obvio: estaba llegando el calor, y él tendría que cambiar la venda …

La lectura del periódico le había incomodado tanto que no quiso estar ni un minuto más allí. Pagó la cerveza y pidió que no le sirvieran la comida que había pedido. El dueño del restaurante estaba acostumbrado a sus repentinos cambios de humor, pero esta vez pareció no gustarle que anulara el pedido que, por otra parte, estaba a punto de servirle. En cualquier caso, hizo lo de siempre, inclinó la cabeza, dijo ‘está bien, como quieras, Thomas’, y se metió en la cocina. A Tom le gustaba bastante aquel hombre, siempre hablaba poco y claro, y tenía el mejor pescado de la zona. Cuando quería recomendárselo a alguien, le decía que era tan fresco que él mismo ‘podía olerlo desde su casa, a unos 10 kilómetros de allí’. La gente siempre se reía con este comentario, pero él permanecía serio, con la rectitud que imprime la verdad.

Cuando salió a la calle comprobó con sorpresa que el sol estaba muy bajo ya, y la línea anaranjada del horizonte se mezclaba ahora con el dibujo de los tejados y sus esponjosas humaredas, una por hogar. Las noches eran cada vez más agradables, pero la gente del pueblo se resistía todavía a abandonar las fogatas nocturnas, las charlas, ese calor familiar que sólo el fuego puede proporcionar. Caminó durante un buen rato, y decidió descansar unos minutos en la colina de la Seda, como la llamaban los lugareños. Era por la apariencia de manto sedoso y colorido que el musgo y las flores le proporcionaban en mayo, cuando se contemplaba desde el pueblo. Le gustaba ese lugar, siempre le hacía pensar en cuántas maneras posibles habría de describir la luz en primavera.

Encendió el último cigarro del día y se sentó sobre la roca que había junto al árbol que marcaba la bifurcación del camino entre el pueblo y su casa. Era un arce seco que, curiosamente, se mantenía cubierto de verdísima hiedra durante todo el año, fueran cuales fuesen las condiciones meteorológicas. Desde allí, podía ver un enorme bosque de árboles retoños. Medirían no más de un metro y medio y ya empezaban a estar frondosos. Era una visión extraña, como una maqueta en miniatura que pretendiese representar una realidad que todavía no le era dada. O como la promesa del futuro bosque materializándose día a día, rama a rama.

Acabó el cigarro, lo deshizo entre los dedos y esparció los restos, que después terminó de machacar con su bota derecha. Ese gesto era uno de los pocos placeres sin sentido que se permitía a lo largo del día. En cierto modo, le daba seguridad, lo conectaba con los demás. Era como si con eso formase parte de esa corriente de gente con la que se cruzaba una vez o dos por semana y que, aunque rozándole, se encontraba tan alejada de él y su tarea. Se golpeó los muslos, respiró hondo y se levantó. Todavía quedaban unos cuantos kilómetros antes de llegar a casa.

La tarde había muerto ya cuando cruzó el umbral de la puerta. Corrió el enorme cerrojo de hierro oxidado y como cada noche se dirigió a la cocina. Había dejado todo dispuesto antes de bajar al pueblo, así que no tardó más de diez minutos en preparar el caldo que, noche tras noche, había sido su cena los últimos trece años. Tan nutritivo como insípido, la costumbre había conseguido transformar el mero alimento en su mejor compañía. Sin duda, junto con el amanecer, era el mejor momento del día…aunque le siguiese el peor.

Cuando hubo limpiado el cuenco, de muy mala gana se fue al cuarto oscuro, encendió una vela y esperó a que la luz se fuese abriendo paso. Aquel cuarto lo había construido él, sí, igual que toda la casa, con sus propias manos, pero no lo sentía suyo. Cada vez que entraba en él tenía la necesidad de revisarlo por completo, y se sorprendía con las extrañas formas que él mismo había tallado sobre la piedra de la pared sin saber cómo… Lo había construido, pero no lo había creado. Y le asustaba. Detestaba no poder hacer aquello en ningún otro lugar del mundo, pero sabía que protestar y rebelarse no era una opción. Simplemente, tenía que ser allí.

Comenzó a desabotonarse la camisa y apartó la vista unos segundos, como siempre. Dolía ver el propio pecho abierto, pero era lo que había. Apartó la carne con el índice y el pulgar y poco a poco introdujo el puño con cuidado de no romper ninguna vena ni desgarrar demasiado la piel. Sacó el pequeño músculo y observó que la venda seguía bien apretada y con sólo unas gotitas de sangre. Lo tuvo unos segundos más en su mano, mientras sentía el cálido pulso en contacto con sus dedos, hasta que despertó del éxtasis que le producía su propio latido. Por un instante sintió pánico ante la idea de haberlo dejado fuera demasiado tiempo, pero no, siempre era lo mismo. Su corazón no permitiría que así fuera. Volvió a separar la carne y lo devolvió a su lugar. Eso sí, anotó como siempre en su diario la hora y el día, las pulsaciones por minuto, la temperatura del músculo y los milímetros de venda consumida. También, a regañadientes, dejó marcada la fecha del siguiente cambio. Sería pronto. Muy pronto.

Esta vez no tenía ganas de irse en primavera, pero sabía también que no se lo podía permitir. No era como los demás. Tenía que cuidar del frío, y si se quedaba despierto hasta el otoño lo más probable es que muriese, y entonces no habría nadie para hacerlo. ‘No es agradable ser el único responsable, pero alguien tiene que hacerlo’ se dijo una vez más.


Alguien tiene que cuidar del frío. Alguien…

6 comentarios:

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    1. Muchas gracias, Jose! Por leer, por dejarte encantar y por decirlo ;))

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  2. El más bonito de todo lo que he leído tuyo, una pasada!!

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    1. Gracias, Jesús!! Si es que me lees con unos buenos ojos que... jajaja
      bicos!

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  3. me encanta! y me encanta que mi ilustración vaya con este texto!

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    1. Gracias, Omaira!! Si es que la ilustración no podría ser más perfecta para él ;))

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viajeros que han cogido el tren.......