viernes, 18 de abril de 2014

El corazón es un oso cavernario (segunda parte)




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Thomas había pasado todo el invierno apilando madera, ésa había sido su principal tarea por las mañanas. Se levantaba cada día a las cinco y media, en ese momento exacto en el que el frío es un olor y no una sensación térmica, y parece que el mundo esté recién inventado. Antes de nada, se lavaba la cara, las manos y los pies, y acto seguido, todavía en ropa interior, desayunaba. Su dieta matutina consistía a estas alturas del año en un par de manzanas, un puñado de castañas y avellanas, y un pedazo de las últimas truchas secas que todavía tenía en la despensa. Acompañaba todo esto con una infusión de frutos rojos y sándalo que él mismo preparaba triturando arándanos, moras y frambuesas. Ya con el estómago lleno, hacía la cama, con cuidado de estirar perfectamente las sábanas y las mantas, se vestía y se calzaba sus duras botas. Lo cierto es que se tomaba su tiempo con los cordones: todas las noches los sacaba, los lavaba, y por la mañana los volvía a poner muy lentamente, con mucho cuidado. Entonces, justo en cuanto hacía el último nudo, sentía que estaba listo para comenzar el día.

Salía por la puerta pasadas las seis. A partir de ese momento y hasta las doce y cuarto, Tom recorría los bosques cercanos con su pequeña carretilla motorizada, que él mismo había inventado para tal fin, ya que no encontraba tractor ni camioneta lo suficientemente pequeños como para poder sortear las hileras de árboles y arbustos, ni carretilla lo suficientemente ligera como para poder cargar con ella y los troncos del día sin que su espalda se resintiese sobremanera.

Las maderas que recogía eran principalmente de dos tipos: los pinos jóvenes, aún verdes, eran los que necesitaba para uno de sus propósitos, y los abedules adultos, ya secos y con los troncos agrietados y descascarillados, eran los necesarios para el otro. Los primeros los encontraba en aquel bosquecito de retoños que tanto le gustaba contemplar desde lo alto de la colina de la Seda, y que él mismo iba repoblando año tras año con nuevos ejemplares. Estaban en una especie de tierra de nadie, y por ese mismo motivo –sumado al hecho del considerable tamaño de Tom-, nadie en el pueblo se atrevía a reprochárselo. Simplemente, habían aceptado que ese bosque era suyo. Los segundos, los abedules viejos, los iba talando a lo largo de la ribera del río. Los cortaba salteados, dejando tres sí, uno no, para que su falta se notara menos y no tuviera que sufrir especialmente las quejas de los pueblerinos.


Esa montaña de madera, que día a día se hacía más grande, estaba perfectamente dispuesta y orientada hacia la salida del sol, y serviría en primavera tanto de combustible como de material de construcción. Thomas había pagado, igual que el año anterior y el anterior y el otro más, a un joven de un pueblo apartado, del otro lado de la montaña, para que se ocupase de mantener el lugar en condiciones. Este joven, que no hacía preguntas y, a la vista de que Thomas seguía aquí, hacía muy bien su trabajo, le gustaba especialmente. Yakusk, que así se llamaba, estaba obligado moralmente a permanecer en la cabaña los cuatro meses que Tom estaría, digamos, ausente, sin poder acercarse al pueblo ni salir más allá de un radio de tres kilómetros alrededor de la cabaña, y tendría prohibido hablar a nadie de su trabajo allí. Sus ocupaciones serían, principalmente, hacer una especie de fortín con las maderas más jóvenes y verdes, rodeando por completo la casa, con una altura de un metro y medio por encima del tejado de ésta, y hacer una fogata que debería mantener encendida sin interrupción los 123 días que pasaría allí. Si le contaba a alguien lo que hacía, o si se apagaba el fuego, Aurora, que era quien actuaba en nombre de Tom durante este tiempo, daría por finalizado el contrato y tendría potestad para matarlo allí mismo y echarlo al río. Para esto, el joven Yakusk firmaba cada año un documento en el que juraba estar en plena posesión de sus facultades mentales y su familia autorizaba el castigo mortal en caso de fallar éste en sus obligaciones contractuales.


6 comentarios:

  1. Leía el otro día Muchacho cuidando de la noche, cantando junto al océano y desperté en una llanura brumosa e inundada de sueños, con hambre de comer un trozo de pan y queso sentado en la hierba con la nariz al viento. Pero aquí, la llovizna borronea el bronce de las taigas y el alba se enreda en los tules de la niebla. Al fin el cielo ha decidido enviar a tierra algo distinto de los copos de nieve. Si la naturaleza piensa, los paisajes son la expresión de sus ideas. Cada ecosistema se corresponde con un sentimiento, y es quizás por eso que tras mi última entrada en mi blog necesitaba un cambio de paisaje, y por eso marché una temporada junto al mar. Pero no ese océano grande que custodia Muchacho sino el mar chiquito junto al que crecí. Cualquiera de sus orillas me vale, vaya donde vaya siempre me he sentido como en casa. El mismo salobre, los mismos pinares, las hierbas aromáticas, las chicharras en los troncos, mismos ingredientes en la cocina, lo mismo pero tan distinto al mismo tiempo. Así que me perdí unas semanas por las tierras turcas de la antigua Licia, para soñar entre ruinas otros tiempos, los de la Ilíada, otras vidas, una manera más pausada de vivir. Y volví con la cabeza llena de historias y borradores, de encuentros con diferentes Muchacho y Maquinista, todos ellos con relatos y sueños que domesticar. Pero mal se me da apaciguar los sueños con las palabras y aquí siguen los apuntes, u orbitando los pensamientos. Especialmente, cuando uno sube al tren de Revisora y se deja llevar plácidamente por sus railes. ¡Qué delicia de viaje! Hacía tanto tanto tiempo que no vibraba al traqueteo de sus textos que descubrirlos ahora de nuevo ha vuelto a despertar al pequeño oso relata cuentos que hiberna en mi interior. Muchas gracias por la entrada, por el sueño de Muchacho que me mandaste –ya hace algún tiempo–, y que no descubrí hasta el otro día. Ahora que llega la primavera al norte, el tren de Maquinista y toda su tripulación resultan un estremecimiento que da cuerda a la nueva estación, y quizás todo empiece a funcionar de nuevo: el tecleteo de la maquina y el hilvanar los sueños fragmentados por la luz del día al son de una música inexistente pero presente. Qué regalo me trajo Muchacho y cuánto he tardado en descubrirlo. Cuanta alegría que beber a pequeños sorbos. Muchas gracias Revisora, y gracias también Vera por su comentario. También yo me acuerdo de vosotras y espero desprenderme del manto helado del invierno perecedero para aportar alguna flor en la primavera.
    Abrazo enorme.

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    1. ¡Aka!!! Volviste!!!! No te imaginas la alegría que me has dado, y aunque he pasado todo el día de aquí para allí sin poder contestar hasta ahora, se me han quedado los tules de esa niebla, las hierbas aromáticas, tu mar chiquito y tus viajes enredados en el pelo, igual que todo este hermoso texto. Si alguna vez merece la pena tener abierto el blog es cuando se reciben ‘cartas’ como ésta, tan hermosa. Gracias de corazón por contarme tus viajes, tu viento y tus paisajes, de veras es como recibir noticias de un mundo lejano que uno no puede dejar de soñar. Me alegra que el oso relata cuentos que llevas dentro tenga ahora mismo la cabeza llena de historias y paisajes únicos, y es que estoy segura de que pronto no podrá hacer otra cosa que compartirlos con nosotros, lo cual será fabuloso, sin duda.
      Por mi parte, yo solo he visto tu mar un par de veces, y aunque me gustó mucho se me hizo extraño, acostumbrada como estoy al inmenso y frío Atlántico. Tengo ganas de poder ver ese mar del otro lado, donde los mercados de flores y de especias lo llenan todo, junto con el jaleo sonriente de los que allí habitan. Y volver a esa vida más tranquila y lenta…al barro y las fuentes, a las charlas, a la sombra…
      Y ¿qué más puedo decir? Se me ha quedado la sonrisota en la cara, que no hay quien me la quite, y no puedo dejar de pensar en esa imagen ‘desprendiéndose del manto helado del invierno para dejar nacer alguna flor’ como el comienzo de una hermosa historia…quién sabe, a lo mejor te animas ;))
      Será fantástico poder bajar pronto a la bodega, seguro ese vino turco será exquisito, con el sabor delicado que destila quien ‘hilvana sueños al son de una música inexistente’…
      Gracias una vez más por hacer que funcione otra vez el tren correo entre tu taiga de bronce y estos acantilados a mar abierto, y por ese abrazo, que recogemos entusiasmados y devolvemos gustosamente a tu casa.

      (PD: en las entradas de marzo hay una llamada ‘La bahía de las Azaleas’. En el primer vídeo puedes ver mi océano, e incluso escuchar mi voz a la mitad ;))

      Abrazazo de oso :O)

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  2. Genial! tu sigue sembrando suspense que acabarán comprándote los derechos de guión los de la HBO. Cuando leo los detalles con que narras la vida de Thomas, se me mete el frío en el cuerpo y me imagino en Laponia (aunque en una sauna calentita eso sí:)

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    1. Jajajaja, cómo se nota que me quieres, María!! No estaba mal conseguir venderles algo a esos, ya te digo ;)) Aunque por ahora me conformo con meterte el frío en el cuerpo (habrá que quitártelo con unos licores café esta semanita, no? Eso sí, después de la sauna, cómo no!)
      Gracias como siempre, por todísssimo! Linda!!!
      Remuás!!

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  3. Genial, Susana, menudo suspense, quedo con hambre de la siguiente entrega, no tardes!

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    1. Gracias, Jesús ;)) A ver si en unos días os doy otro pedacito de Tom...
      Bicos!

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viajeros que han cogido el tren.......