jueves, 24 de abril de 2014

El corazón es un oso cavernario (tercera parte)





Serra do Courel cubierta de brezo - from the web




Yakusk no era un chico como los demás. Desde pequeño, nunca mostró demasiado interés en los otros niños ni tampoco en los pocos adultos del pueblo. Incluso cuando pasaba largas temporadas solo, mientras sus padres iban a trabajar en la recolección anual al otro lado de la montaña, él se las arreglaba sin tener que pedir ayuda a nadie, ni buscar su compañía.

Casi siempre estaba correteando junto al río, o por entre los campos de maíz, y sólo se detenía para observar una planta aquí y otra allá, o para hacer lo que más le gustaba en el mundo: escuchar a los pájaros. Cerraba los ojos, inspiraba hondo, e imaginaba que esos cantos eran el aire danzando en su interior, al tiempo que intentaba escapar. Aguantaba la respiración hasta que estaba al borde del mareo, y entonces soltaba de golpe todo el aire, y se dejaba caer hacia delante, con los brazos colgando sin fuerza sobre las rodillas y la espalda arqueada como un gato. Había practicado tanto que podía contener la respiración durante varios minutos seguidos. No tenía claro para qué, pero estaba seguro de que algún día esa habilidad le serviría para algo.

Así, tranquilo y solitario junto al río o en los campos, pasó Yakusk la mayor parte de su vida. Esos eran sus lugares favoritos. Esos, y la montaña cubierta de brezo que cruzaba el valle. Los tonos púrpura y rojizos de las flores le daban la apariencia de una herida todavía demasiado abierta, inflamada y abultada, entre las dos laderas. El chico tenía prohibido cruzar al otro lado, y él era obediente,  pero cuando cumplió 16 años fue su propia madre quien le dijo

-Yaku, hijo mío, tienes que ir al otro lado. Alguien te espera.

- Madre, ¿de qué habla?

-No importa, Yaku. Tienes que ir, y cualquier explicación que yo pueda darte, que no puedo, no significaría nada. No intentes comprenderlo a través de mis palabras, ya que sólo entenderás tu deber una vez cruces y te encuentres con él. Recuerda sólo que antes que tú lo hizo tu padre, y antes su padre, y antes el suyo. Así ha sido desde que la historia de nuestro pueblo guarda su memoria, y así debe seguir siendo si no queremos caer en el oscuro pozo del olvido. Recuerda también que algunos han nacido para las grandes tareas, y otros han nacido para custodiar a los primeros. Pero no olvides jamás que ninguna estructura se sostiene sin su base, por muy grandiosa que sea. Incluso el corazón, el órgano más importante para la vida, es un músculo hueco y piramidal. No olvides jamás tu gran responsabilidad. Allí donde te esperan, tú eres la clave, y sin ti, no hay nada.

Yakusk no dijo nada. Bajó la cabeza y permaneció en silencio largo tiempo. Su madre se quedó allí, de pie frente a él, observándole, y tampoco dijo nada. Ella sabía que los efectos de aquella soledad temprana estaban profundamente grabados en el espíritu de su hijo, y que en cierto sentido era aquella la que había dado el significado último a éste: la honestidad. Ese tipo de honestidad que sólo proporcionan la continua observación, el silencio del ego alejado de los otros, la calma. Pasada una hora, quizás dos, Yakusk miró a su madre, se acercó a ella y la besó en la mejilla. No podía hacer otra cosa que obedecer. Y se marchó.

Desde que su madre había hablado con él, una voz le vagaba por dentro. En realidad no era una voz, era una palabra. Una única palabra. Ésta se había perdido entre su oreja y su pecho, y ahora se le repetía dentro sin cesar. Había pasado por el tímpano, sí, pero justo cuando debería haber terminado su eco en los pulmones y cobrado significado en la mente, sucedió que esa palabra desvió su camino. No sabía si lo había hecho a propósito y tenía una finalidad, o si simplemente había sido un mero extravío. El caso es que allí estaba, retumbando a todas horas por entre sus costillas, recorriéndole las piernas, llenándole las tripas como el hambre más feroz. La tenía tan adentro que la desconocía por completo; no podía repetirla mentalmente ni pronunciarla en alto, y eso significaba que no podría librarse de ella jamás. Tampoco sería capaz de sentirla o recordarla hasta que pudiera dejarla salir. Aquella palabra era como un río encerrado en una montaña…era como él, tan solo en aquel camino, tan lejos de casa…


Yakusk había recordado todo esto mientras cruzaba al otro lado. No podía evitarlo, era la tercera vez que iba, y siempre le venían a la mente las palabras primeras de su madre. Tenía que admitirse a sí mismo que, aunque ya lo había hecho otras dos veces, seguía sin entender por completo cuál era su papel en todo aquello. En cualquier caso, sí entendía que era imprescindible, y que le causaba una excitación que no podía compararse a nada…



Yaku estaba ya a pocos kilómetros de la cabaña, sobre el último alto antes de comenzar el descenso. Podía ver el pueblo, convertido a esa hora en colonia de luciérnagas habitando el valle, dando vida a la noche, y a lo lejos, el río de humo que desde la casa de Tom seguía su camino hacia el cielo…

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