viernes, 9 de mayo de 2014

El corazón es un oso cavernario (cuarta parte)




 Colin Bury



Hacía largo rato que había anochecido, pero Thomas seguía allí fuera, observando la madera que, durante meses, había estado recogiendo y llevando hasta la cabaña. Allí, toda junta, perfectamente colocada, daba la impresión de ser una obra de arte, concebida y ejecutada para ser admirada, pero nada más lejos de la realidad. Nadie en el pueblo sabía ni debía saber de su tarea, mucho menos de su finalidad. Por eso, tampoco eran conocedores de que aquella mañana Tom había puesto el último tronco sobre la montaña, y que no quedaba apenas nada por hacer. En cuanto a la leña, su trabajo había terminado, ya no tenía excusa para seguir retrasando el cambio. Ahora sería el turno de Yakusk, quien tendría que encender y mantener el fuego con el calor viejo de los abedules, además de construir el muro de pinos jóvenes alrededor de la cabaña. Está de más decir que la elección de esos dos árboles no era fortuita, como casi nada de lo que concernía a Thomas, y que cada uno de ellos había sido elegido con la maestría del que conoce su poder y su significado. 


‘Hay una tristeza extraña en las tareas acabadas’, pensó Tom, ‘sobre todo en aquellas en las que uno pone todo su empeño porque no cabe otra opción, pero lo hace con la esperanza de que se retrasen indefinidamente, pues lo que viene después no es precisamente lo que más se desea, sino todo lo contrario.’


Así, con la desagradable sensación de estar haciendo algo en contra de sí mismo, Thomas estuvo todo el invierno seleccionando, talando, recogiendo y transportando los troncos que habían de facilitar su resistencia al frío y renovación posterior, mientras pasaba cada noche deseando que no estuvieran allí por la mañana. Era un deseo que él mismo consideraba indigno, pero no podía evitarlo. Su corazón no quería volver a dormir. Cada vez le resultaba más difícil dejarse llevar al otro lado, y cada vez se le hacía más difícil regresar después.  Aunque todavía podía considerársele joven, al menos medianamente joven, la edad comenzaba a ser un problema en todo aquello, y él lo sabía. Se estaba haciendo viejo, y con él, el músculo vital. El pecho no le resistiría mucho más, pero no podía abandonar ahora, aún no. Al menos, le quedaba un cambio más, ese año. Porque todavía no había utilizado la salvia, y porque quizás, esta vez sí, al despertar estuviera todo en su sitio, encajando perfectamente...

En cuanto al tiempo, es curioso cómo había evolucionado su percepción de éste en esos trece años, cómo su existencia se había ensanchado por dentro mientras por fuera todo se iba haciendo cada vez más pequeño. Pocas cosas eran imprescindibles ya en el pequeño mundo de Thomas y lo más gracioso, por llamarlo de algún modo, era que, entre todas, la más importante había acabado siendo quizás una que a él siempre le había dado igual, al menos antes de vivir en la cabaña: el calendario. Ahora, sabiendo que no podía disponer de su tiempo como le viniese en gana, apreciaba más que nadie cada momento de vigilia, y cada día se le antojaba especial, digno de mención. Por eso, todas las noches hacía, en el calendario de madera que él mismo tallaba cada invierno, una muesca en relieve, como si de una minúscula escultura se tratase, o ponía una palabra que definiese el día. A veces, incluso pegaba alguna hoja, ramita o pluma que hubiese encontrado particularmente hermosas, por el puro placer de poder contemplarlas más tarde.


Aquel día, finalizado el trabajo, clavó en él una pequeña pero muy afilada astilla. Podía haber sido una cualquiera, arrancada para tal fin de un tronco al azar, pero no. Era una que se le había clavado hacía semanas y que no hubo manera de sacar hasta esa misma noche, momento en el cual, de pronto, salió sin ningún esfuerzo, no sin antes dejarle una pequeña cicatriz en la piel.


Y ahí estaba él, frotándose la palma de la mano en medio de la oscuridad, observando aquella extraña marca en forma de ojo, cuando vio la pequeña silueta que caminaba decidida hacia él...




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