viernes, 16 de mayo de 2014

El corazón es un oso cavernario (V)




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La oscuridad reinaba en su hora de máximo poder y traía consigo una brisa imantada que hacía que, en lugar de ser ella la que provocase la ondulación de las ramas de los árboles, fueran éstas las que se acercaran a ese extraño aliento de la noche. Esto al menos era lo que sentía Yakusk, quien avanzaba hacia la cabaña con el corazón palpitante, suspendido en el pecho como si flotara, como si se hubiera desprendido de cualquier conexión con el resto del cuerpo y estuviese realizando un viaje interno con un ritmo distinto al del habitual latido. Al mismo tiempo, sentía su propia mente como si fuera un lago, calmo y profundo, donde los líquenes de la memoria acariciaban suavemente todo lo que hasta entonces había tenido significado alguno, para que ahora, aquí, a punto de participar en el que para él sería el tercer cambio, se durmiera. Sentía que el Yaku antiguo dejaba de existir, o al menos, por el momento, importar, y un vacío inmenso pero carente de dolor comenzaba a llenarlo. Así era cada vez su llegada al pequeño mundo de Tom…

El primer día, Yaku siempre tenía fiebre. Así había sido los tres años anteriores, y así estaba siendo éste. No podía recordar cómo habían sido los últimos pasos hasta la cabaña, ni si había saludado a Thomas o si había hablado con Aurora. Sólo sabía que algo en él se retorcía bajo su piel, con un calor abrasador y una sed insaciable. Por suerte, la mujer estaba a su lado, una vez más, colocando su fresca mano en la frente del muchacho, que al contacto con ella sentía un alivio inimaginable en tan pequeño gesto.

- Tranquilo, hijo, falta poco para que acabe. Ya estás llegando –intentaba calmarlo ella.

- Pero el fuego…y el río…y…

- Shhhh…descansa, mañana nos ocuparemos de todo. Como siempre. No temas. Esta vez es, simplemente, como las demás. Tú sólo cálmate, y ven hasta aquí.

Por suerte para Yaku, desconocía que en esas fiebres andaba perdido por las más peligrosas zonas de aquel pequeño mundo de Thomas y Aurora. Si hubiese sido consciente de dónde se encontraba, jamás habría podido llegar, y su cuerpo habría dejado de pertenecerle. Su madre se lo había advertido la primera vez que le ordenó cruzar al otro lado de la montaña:

- Yaku, quizás nunca sepas dónde estás, pero no dejes de saber quién eres, y que el camino se traza en el interior. Lo de fuera no son más que piedras, polvo y enredaderas. Llegar al otro lado depende de ti, no del sendero. Y has de llegar, si quieres conservar tu cuerpo.

En aquel momento no había entendido nada, pero calló y obedeció. Ahora, seguía sin saber dónde estaba pero, perdido en aquellas fiebres, el lago de su mente se arremolinaba con furia en torno al centro, donde sólo aparecía su reflejo. Y eso era lo único que importaba. No podía perder su propio significado, por mucho que la oscuridad que le había acompañado hasta la cabaña peleara por llevarlo consigo. Debía permanecer en el centro del lago.

En medio de aquella agitación febril, Aurora mantenía la calma. Siempre lo hacía. Eran muchos años ya, y sabía que ‘lo que tenga que ser será’. Además, jugaba con ventaja. La mujer guardaba en su despensa más de cien tarros repletos de hierbas medicinales que ella misma cultivaba o recogía a orillas del río o en lo profundo del bosque. Había también semillas, raíces, helechos, flores secas, y con todos ellos preparaba los remedios con que curaba, entre otras muchas cosas, los cortes de Tom o las fiebres de Yaku. Muy de vez en cuando aceptaba incluso visitar a algún enfermo en el pueblo, pero sólo en invierno y sólo si todo lo demás había fallado. Habría ido más a menudo y ayudado a más gente, pero es el problema de tratar con ésta: siempre quieren saber. Saber qué hay en el ungüento, saber quién le dijo que funcionaría, saber por qué no utilizaba otra cosa, saber qué hacía Thomas de mayo a septiembre… Demasiado querían saber, y ella demasiado poco quería contar.

Aurora cogió la mano de Yaku, la untó con la pomada de efedra y romero que llevaba días macerando en el rincón más húmedo y sombrío de la despensa, y se la ató al cuerpo, sobre el lugar donde estaría el hígado. El joven intentó soltarse pero aquella mujer tenía una fuerza increíble, que uno jamás imaginaría al verla, no al menos hasta mirarle a los ojos. Después, frotó su pecho y su frente con el ‘suero de arisema’ que había preparado durante todo el invierno para tal fin, y por último le cubrió los pies con una venda mojada en alcohol y se los ató a una enorme piedra que dejó suspendida por fuera de la cama. ‘Para que no te lleve la corriente, muchacho’.

Y así pasó la noche Yaku, ungido su cuerpo con los remedios de Aurora, y atados sus pies a una piedra más pesada que él mismo. Con las primeras luces del amanecer, abrió los ojos y, antes de que pudiera articular su desconcierto en palabras, ya estaba allí Aurora, desatándole los pies y dándole la bienvenida a aquella su cuarta primavera en el pequeño mundo de Tom… 

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