lunes, 9 de junio de 2014

El corazón es un oso cavernario (VI)

Masao Yamamoto



Aurora iba de aquí para allá, haciendo y deshaciendo a su antojo por toda la cabaña. Parecía que incluso el aire se apartaba para dejarla pasar, y que todo obedecía a las órdenes de su ritmo de trabajo. Era como si en lugar de ir colocando las cosas, éstas fueran saltando por sí mismas hacia donde ella quería. La tetera al fuego, las sábanas sobre la cómoda, los rábanos desplegados en formación sobre la tabla de cortar… Todo estaba donde tenía que estar, esperando su turno en la interminable lista de tareas de Aurora.

Mientras, Yaku seguía tumbado en la cama, intentando que sus estiramientos sirvieran a su, admitámoslo, no muy firme propósito de levantarse. El sol entraba por la ventana y le golpeaba de pleno en la cara, así que al final todos sus movimientos se reducían a intentar huir de la inminente mañana y la afilada luz. Aunque era inútil, puesto que las contraventanas estaban abiertas y la mujer no tenía ninguna intención de volver a cerrarlas, no era menos cierto que Yakusk necesitaba descansar y ninguno de sus dos compañeros se lo iba a impedir. Ambos tenían mucho trabajo por hacer, y un joven exhausto y abotargado no sería sino una molestia difícil de manejar con amabilidad y paciencia.

-Ni lo intentes, hijo. Déjate estar, que mañana será otro día, y bien largo.- le dijo Aurora de pasada mientras salía a toda prisa con la humeante taza llena de infusión de romero.

Yaku iba a abrir la boca cuando se lo pensó mejor. No merecía la pena. Sabía que si hubiese creído necesario que hiciese algo, aquella mujer lo habría levantado de un soplido y lo habría puesto en movimiento antes de que pudiera siquiera protestar. Lo mejor en ese caso era dejarse llevar y descansar, porque, como siempre, Aurora tenía razón, y al día siguiente desearía sin duda seguir metido en aquella cama.

-Gracias –dijo Thomas al coger la taza.

Él y Aurora permanecieron en silencio observando el viejo cobertizo.

-Todos los años igual –dijo ella al cabo de un rato con una media sonrisa- Mira que me lo propongo, pero nada, no hay manera.

- No te preocupes, ya me encargo yo.

- Tendría que haberlo hecho hace dos semanas, pero la hiedra estaba lista y sin abundante salvia fresca no podremos hacer nada este año. Además, las vendas…

-Sssshh. Déjalo, Aurora –le sonrió Tom. Los dos sabíamos que, una vez más, llegaría el día y estaría todo por hacer. No te preocupes, antes de que caiga la noche el muchacho tendrá su cobertizo preparado. 

El que sería el refugio de Yaku durante los próximos meses estaba orientado hacia la salida del sol, en dirección opuesta a la cabaña de Thomas. Tendría unos cinco metros cuadrados, y una altura de poco más de metro ochenta. Un tamaño perfecto para el chico. Visto de lejos tenía una apariencia extraña, ciertamente, pero no más singular que si uno lo observara de cerca. Estaba hecho con los restos de los abedules que sobraban cada año de la hoguera, unidos por una especie de adobe que Aurora fabricaba con barro, ramas y hojas secas. El tejado, por su parte, se renovaba año tras año con la paja de una zona diferente del valle. Esta vez, Thomas había ido a recogerla más lejos de lo habitual, y había tenido algún que otro problema con los campesinos de Moretra, pero finalmente le habían dejado llevarse la hierba. En la pequeña construcción, todo cumplía una función estructural e incluso espiritual, como decía Aurora, más ninguna estética, al menos no en apariencia. A la luz del día, parecía que estuviera a punto de caerse, como si acabara de sobrevivir a un incendio, pero si uno se sentaba fuera y esperaba pacientemente, los destellos de la noche envolvían el sitio con una luz especial, que dibujaba sobre sus paredes las formas más hermosas…aunque éstas proyectaran las sombras más inquietantes. Thomas sabía bien que estas luces y sombras tenían su propio papel en todo aquello, y que era importante elegir bien el lugar exacto donde Yaku se vería expuesto a ellas mientras hacía guardia por las noches. Por esta razón, se tomó su tiempo antes de depositar la piedra que Aurora había desatado esa mañana de los pies del joven, aquella que habría de servirle de asiento hasta el otoño.

Había anochecido ya cuando Thomas terminó de vaciar y limpiar el cobertizo. Se acercó a la cabaña y llamó enérgicamente a la puerta de Yakusk.

-Muchacho, arriba, cambio de habitación.

Yaku se despertó sobresaltado y, a pesar de que todavía le costaba bastante moverse, se levantó todo lo rápido que pudo. Salió al pasillo y vio las velas encendidas en la cocina. Se acercó hasta allí y se disculpó por haber dormido todo el día.

-Tranquilo, era necesario para todos que descansaras. Ven, hijo, esta noche la pasarás ya en el cobertizo.

Al chico siempre le inquietaba profundamente esa primera noche, era el momento en que de veras tomaba conciencia de dónde estaba y de que, a partir de entonces, una gran responsabilidad quedaba depositada en sus manos. Y de que no había vuelta atrás.

Cogió sus cosas y siguió a Thomas. En cuanto abrió la puerta del cobertizo, un aire frío salió hacia el exterior y Yaku sintió que la estancia se vaciaba del todo para él. Respiró hondo y entró. Tom se despidió desde la puerta y, cuando parecía que iba a cerrarla, se volvió hacia el muchacho y le dijo con lo que a Yakusk le pareció una mezcla de ternura y solemnidad:

- Yaku, recuerda que en todas partes hay grandes y pequeñas cosas sucediendo. Que no nos demos cuenta de ello no les resta importancia. Simplemente, existen a pesar de nuestra ignorancia. Igual que nosotros existimos y cumplimos nuestra función aquí aunque nadie más lo sepa. No lo olvides nunca, y por las noches menos. Que descanses...

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