miércoles, 25 de junio de 2014

El corazón es un oso cavernario VII





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Yakusk encendió la vela amarillenta, medio gastada, que le había entregado Aurora antes de salir de la cabaña. Poco a poco, la oscuridad fue dejando paso a la débil luz que habría de ser su más fiel compañera las próximas noches, y ésta fue dando vida a las sombras a las que debería acostumbrarse si no quería vivir en un sobresalto continuo. No es que Yaku fuera especialmente asustadizo, pero aquellas figuras no eran precisamente las que se dibujarían por entre los muebles y objetos de un hogar cualquiera. Había algo extraño en la madera quemada con que estaba construido el cobertizo, llena de grietas y pliegues que, al contacto con la luz de la vela, parecía desdoblarse en un mundo paralelo de siluetas punzantes que, si se miraban fijamente durante un rato, contaban terribles historias traídas de lo más profundo del fuego.
Pronto los ojos de Yaku estuvieron acostumbrados a aquella penumbra y pudo deshacer su pequeño hatillo. En la estancia no había más que un jergón de esparto sobre el que incidía directamente la luz de la luna en cuanto se apagaba la vela, una vieja silla con el correoso entramado de mimbre desvencijado por el uso de años, y un pequeño mueble de madera de acacia con tres cajones. Sobre este último, dejó Yaku lo más valioso que había traído esta vez. Era un pequeño objeto que le había entregado su madre, y que él resguardaba del aire y la luz con un trozo de saco que había encontrado en uno de sus muchos paseos por el monte de Brezo. Lo acarició con los ojos cerrados, como si fuera el cabello de su madre el que rozaban sus dedos, y lo metió en lo más hondo del tercer cajón. Puso encima sus dos camisas y cerró con cuidado. En los otros dos no metió más que un par de mudas, unas latas de conservas y una hoja de bacalao seco que le había comprado a un comerciante por el camino. Las botas de repuesto las colocó debajo de la silla, sobre la que dejó el segundo pantalón, aquel que desde la siguiente mañana vestiría durante muchos días, puesto que era el de trabajo.  Hecho esto, estiró la manta que le había dado Aurora, conocedora como era de que Yaku no era precisamente alguien que pasara calor por las noches, y se tumbó, dispuesto a pasar su primer sueño en el cobertizo lo más confortablemente posible.

A aquellas horas de la noche, uno no sabría decir si la montaña se tragaba el río o si era éste el que escondía bajo la fina línea de su superficie el cuerpo duro y oscuro de la montaña. Tal era la conexión entre ambos, río y montaña, cuando el sol no venía a dibujar sus límites y contornos con la claridad con que se exhibían a lo largo del día. Y a aquellas horas de la noche era también cuando todo lo que no osaba mostrarse a la luz del amanecer, campaba a sus anchas por entre los árboles, dejando rastros que quizás, sólo quizás, Thomas recogería a la mañana siguiente. En cualquier caso, ahora, ni él ni nadie estaban allí para observar ni detener lo que fuera que se movía sigilosamente por la montaña.

En cuanto amaneció, un rayo de sol afilado como una aguja se fue a clavar directamente en el ojo izquierdo de Yakusk, quien frunció el rostro con dolor, girándose hacia el otro lado para poder entrar con la vista sana y salva en la mañana. Se frotó los ojos, se estiró como un felino, y finalmente se incorporó. Serían las cinco de la mañana, pero el día estaba ya allí para quedarse. Cogió su ropa y salió a por agua para llenar la palangana que tenía sobre un pequeño tronco en un lateral del cobertizo, y que sería lo más parecido a su lavabo los próximos meses. En cuanto hubo refrescado su cara y brazos, salió Aurora de la cabaña y le hizo un ademán para que entrase.

-‘Dios mío, ¿es que esta mujer no duerme ni descansa jamás?’, pensó el joven para sí, con una mezcla de asombro y fastidio. El asombro iba acompañado de admiración, por supuesto, pero el fastidio también estaba ahí, y es que recién levantado no le gustaba nada la idea de tener que trabajar al ritmo de aquélla. Sea como fuere, la pequeña molestia se unió a las filas de la admiración en cuanto vio el desayuno sobre la mesa de la cocina. Los huevos de paloma cocidos, las tiras de trucha seca sobre el pan caliente con mantequilla todavía humeante, y el té con romero y raíz de ruibarbo. ¡Cómo quería a esa mujer!

Terminado el desayuno, Yakusk se puso en pie, tomó aire y le dijo sonriente a Aurora:
- Allá vamos. ¡Sea este año en el peor de los casos como el anterior, y no permita la vida que nuestro trabajo se quede en un mero intento! –y alzó su té a modo de brindis.

Ella sabía que, en el fondo, Yaku tenía más miedo que convicción, igual que ella y quizás también igual que Thomas, aunque a éste no se le notase jamás. Pero con miedo y todo, había que trabajar como si el éxito de la tarea estuviera asegurado, y no sería ella la que compartiese sus temores con el muchacho. Así pues, le sonrió de oreja a oreja, le dio, sorprendentemente para él, un abrazo, y, después de girarlo, lo empujó hacia la puerta con cariño.
-Ánimo, hijo. Tú sabes lo que tienes que hacer mejor que nadie, ten fe y nada será un obstáculo.

Lo difícil, como en todo, es siempre poner la primera pieza. El primer año, Yakusk había tardado tres días y medio en decidirse por el tronco con que había de iniciar la empalizada. Uno podría pensar que Thomas o Aurora se lo reprocharían, pero nada más lejos de la realidad. Ambos entendían que el muro era labor de Yaku, y eran muy respetuosos al respecto. Hay que saber cuál es el lugar de cada uno para poder pertenecer a un conjunto.
Allí donde pones el primer tronco, es donde empieza el muro, y allí donde empieza el muro se decide el futuro del corazón de Thomas. Así pues, no, nadie esperaba que Yaku hiciera su trabajo con rapidez, sino que lo hiciera bien.



Yaku escogía cada madera con sumo cuidado, y a veces tardaba incluso horas en poner una nueva. No las colocaba al azar, ni siquiera lo hacía por tamaño. Lo hacía guiado por una intuición natural de la que él mismo desconocía su lógica y por tanto era incapaz de razonarla o controlarla. Thomas adoraba tumbarse allí fuera a verlo trabajar. Se alimentaba con la imagen de las formas que, sin saber cómo, iba dibujando la disposición de los pinos. Hay quien diría que eran pequeños ríos y afluentes, y también hay quien podría decir que eran más bien venas y arterias y finísimos capilares. Y hay quien diría, quizás con toda razón, que ambas cosas son la misma, y que eso mismo eran, juntas, las dos…

2 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Graciñas ;)) (eso sí, como te habrás dado cuenta, viene de atrás, jeje)
      Bico grande, Dani.

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viajeros que han cogido el tren.......