miércoles, 6 de agosto de 2014

El corazón es un oso cavernario VIII


by Pejac


A menudo los hombres pierden la memoria de la infancia. Cierran de pronto un día el ojo primero que todo lo ve, y dan la espalda a ese sexto sentido que amplifica todos los demás. Pero Thomas no. Puede que la hubiese perdido por un tiempo, antes de llegar a la cabaña, pero desde que estaba allí la había recuperado, y cada día se hacía más nítida en él, cada amanecer podía ver un poco más. Poco a poco era capaz de recordar con más fuerza aquellas mañanas de invierno cuando de pequeño jugaba en los campos de Ermot. Aquéllas en que cerraba los ojos y respiraba muy hondo ‘para oler el frío lejano y sentir la luz de otro sol’, decía… Y podía también escuchar todo lo que sucedía a una distancia que jamás creeríais. Esos eran los mayores poderes de Thomas: sus sentidos. Y su respiración.

Uno de estos sentidos era, por supuesto, el tacto. A primera vista, las manos de Thomas podían parecer rudas, e incluso sus uñas, siempre un poco largas, les daban una apariencia de garra que nada tenía que ver con la finura de su increíble sensibilidad táctil, perfilada a lo largo de años y amplificada con cada nueva textura que probaba. Al menos hasta que le había salido aquella extraña marca en el lugar donde se le había clavado la astilla. Desde entonces, poco a poco, se había ido formando un cerco alrededor de aquélla que le provocaba molestos picores por la noche y un hormigueo constante durante el día que le impedía sentirlo todo con la nitidez de antes. Esa mañana se había levantado además con la desagradable sensación de que había un nervio que iba directamente de aquel ojo al núcleo de su corazón y tiraba de él con fuerza hacia su centro. Duró sólo unos segundos, mientras desayunaba su caldo y los frutos secos, pero fue más que suficiente para que se diera cuenta de que aquello no era un calambre sin importancia, sino algo más. Y que no debía perderlo de vista.

Terminado el caldo, dejó su cuenco en el fregadero, cogió el pequeño saco que le había dejado Aurora junto al banco de la cocina y se dirigió hacia la puerta. Al salir, respiró hondo con tranquilidad pero pronto frunció el ceño. Había algo en el aire. No acababa de adivinar qué era, pero su aroma era potente y se aposentaba en lo más alto de su nariz. Sabía que, fuera lo que fuera, no debería estar allí. Es más, fuera lo que fuera, se afanaba en disfrazar su olor. Thomas se sintió inquieto, porque sólo quien no juega limpio quiere mantenerse oculto. No le gustaba nada aquella sensación a medias, aquel desconocimiento de lo que sucedía en el bosque. No necesitaba más preocupaciones ni trabajos de los que ya tenía, ese día no. Pero, junto con lo de la mano, sumaban dos cosas fuera de lugar, dos sucesos que no deberían estar pasando, así que dejó la cabaña con ese malestar recorriéndole la espina dorsal, y enfiló el sendero que partía de la puerta de casa.

Justo al doblar la esquina que daba al cobertizo de Yaku, la vio de nuevo. Allí estaba, todavía, la pequeña Amarilis roja que se resistía a morir. Hacía ya varias semanas que debería haberse secado, pero no. Permanecía intacta, tan hermosa como el primer día. Y tan inquietante como cualquier elemento de la naturaleza que se niega a seguir su ciclo de vida y muerte y permanece en pie bastante más de lo que le corresponde por justicia. Thomas de pronto recordó cuando, hacía muchísimos años, había trabajado para unos granjeros al norte del país. La mujer, una señora de unos 60 ó 70 años, sabía muchas historias sobre las flores. De la Amarilis le había contado una particularmente hermosa, aunque también trágica, sobre una mujer que padecía por un amor no correspondido. Ella entregaba su corazón una y otra vez, y una y otra vez era rechazada con flechas de oro. Hasta que un día, en la puerta de su amado, sin saber cómo, con la flecha del día atravesándole el corazón que ella sujetaba entre sus manos, su sangre se cristalizó y se convirtió en una radiante Amarilis. Sus brazos fueron entonces sus raíces y todo su cuerpo servía de sostén a la majestuosa flor. Desde entonces, decía la buena mujer, ‘esta flor es el símbolo del orgullo y la tenacidad’, no lo olvides, Témut –así le llamaba ella, nunca supo él por qué. Al recordar a la afectuosa granjera y su historia sobre el Amarilis y el orgullo, Thomas no pudo evitar sonreírse y pensar que era bien cierto que era una flor orgullosa, puesto que ahí estaba, tiesa ante los sofocantes rayos de la primavera, elegante y firme entre el calor que, supuestamente, habría de acabar con ella más pronto que tarde.

Sacudió la cabeza y con ella los antiguos recuerdos, y tomó el camino en dirección al pueblo. Le había prometido a Aurora que bajaría a comprarle más vendas, media onza de alcohol, un par de agujas grandes y un sedal más fuerte que el de la última vez. Y cuando subiera de vuelta, tenía todavía que recoger junto al río al menos otro medio saco de salvia y un par de raíces de las que, aunque conocía su apariencia y dónde encontrarlas, no conseguía recordar el nombre. Esto le pasaba siempre que se acercaba el último cambio. El pensamiento de Thomas se ralentizaba en cuanto comenzaba a llegar el calor. Su mente se convertía en ese vapor polvoriento que desprenden los caminos a punto de arder a 40º bajo el sol, y se le olvidaba el nombre de las cosas, la dirección a tomar en los cruces o cosas muy simples, como dónde había dejado el hacha. Era una de las partes que más odiaba de su tarea, especialmente porque no podía hacer nada para evitar que sucediese. Y se enfadaba, vaya si se enfadaba…









No hay comentarios:

Publicar un comentario

viajeros que han cogido el tren.......