domingo, 9 de noviembre de 2014

El corazón es un oso cavernario (IX)







Serían cerca de las nueve de la mañana cuando Yakusk comenzó a desperezarse. En cuanto fue consciente de la cantidad de luz que entraba por la ventana y, por tanto, de la hora que era, se incorporó de un salto.

-¡No puede ser! ¡Otra vez no! ¡Me va a matar!! ¡¿Cómo puedo ser tan estúpido?!

Era la tercera vez que se quedaba dormido esa misma semana, justo la que tenían más trabajo que nunca. Y Aurora había hecho lo peor que podía hacerle: no decir nada al respecto. Se limitaba a mirarle de reojo con desaprobación, bajar la cabeza y resoplar, y ese gesto era infinitamente más humillante que los gritos. Yaku estaba seguro de que, aunque se moría de ganas de decirle unas cuantas cosas, aquella mujer se las tragaba todas sólo por el puro placer de torturarlo.

El caso es que, aunque el muchacho intentaba con todas sus fuerzas levantarse al amanecer, no podía evitar quedarse dormido. Desde hacía seis días tenía aquellos extraños sueños que, lejos de dejarle descansar, lo atormentaban toda la noche y lo dejaban exhausto hasta tal punto que, en cuanto salían los primeros rayos de sol, caía rendido, casi en estado de coma, y no era capaz de despertarse hasta pasadas varias horas.

Desde el principio sabía que, con los años, las pesadillas, si se les podía llamar así, serían cada vez más vívidas, eso se lo había contado Thomas el primer día que le vio, cuando estuvo sentado a su lado durante diez horas explicándole con todo detalle lo que tendría que hacer y, sobre todo, lo que no podría hacer bajo ningún concepto, si decidía encargarse de la complicada tarea de cuidar del fuego mientras él dormía. Aún así, por mucho que estuviese medianamente preparado, aquellas explicaciones de Tom no eran nada comparadas con las visiones que le proporcionaban sus últimos sueños. De hecho, llamarlas ‘visiones’ era simplificar demasiado las circunstancias y hechos a los que se veía expuesto Yaku en aquel estado que casi podría denominarse de narcosis.

Aquellas últimas noches, Yakusk había estado habitando submundos como poco extraños e inquietantes, y como mucho, peligrosos y aterradores. Lo único que parecía protegerle y conseguir traerle de vuelta cada mañana era el alfiler que le había regalado su madre, ahora empezaba a entender por qué. La pequeña lanceta estaba hecha de acero, tenía una cabeza de pez azul tallada en madera en un extremo, y todo él estaba lacado con un extraño barniz nacarado que, dependiendo del estado emocional de Yaku y de las energías que se moviesen a su alrededor, brillaba en un tono u otro. Aquel alfiler aparecía en todos y cada uno de sus sueños, y siempre jugaba un importante papel, sobre todo a la hora de despertarse, ya que sólo conseguía regresar a la vigilia en el momento en que el alfiler se clavaba en su piel. Sin saber muy bien cómo, Yaku era capaz de llevar en sueños un diario de aquellas experiencias, y lo más increíble de todo es que era capaz de recordar lo que escribía en él. En realidad, se pasaba el día rememorando los pasajes, pensando una y otra vez en lo relatado en sueños, en lo vivido en el otro lado. Allí, el Yaku que era en aquel mundo se sentaba durante horas en lo que parecía un cuarto idéntico al suyo, y mientras lo escribía todo, le relataba al Yaku de la vigilia lo que había hecho con él…


Noche Primera.
Me acosté convencido de que aquella noche sí, aquélla dormiría. Cerré los ojos y respiré hondo, como si soñar fuera todavía posible en la guarida, allí donde antes descansaba de las alas pesadas de la luz del día. Decidí que, como si de una mina de oro se tratase, bajaría esa noche de inspección al centro de los músculos y, poco a poco, uno a uno, los relajaría por completo. Primero pensé en elegir uno al azar, para ir probando el método, pero después me di cuenta de lo absurdo de la idea. No, no podía dejar una tarea tan delicada en manos de la suerte, tenía que trazar un plan basado en la observación, el conocimiento y la objetividad. Así pues, me levanté, encendí otra vez la vela y fui a buscar el mapa corporal que Berserek había guardado en el baúl hacía ya unos cuantos años, poco antes de que todo sucediese y acabara por desaparecer. Sabía que lo había puesto allí porque siempre decía que aquel pequeño arcón de madera era el centro de la casa, y yo pensaba en ello todos los días…como si aún fuese posible que tuviésemos un ‘centro de la casa’. Recuerdo su rostro ensimismado mientras lo doblaba con gran mimo y cuidado, y recuerdo también su cara cuando se giró hacia mí sin verme, traspasando con sus ojos mi cuerpo, como si yo fuera el pasado, y salió de la habitación después de decir al aire ‘vengo ahora, voy a guardarlo’. Creo que únicamente era un aviso para que no le siguiera, por si acaso yo seguía allí, aunque él no pudiera verme, a su lado.
Bajé esta noche de inspección al centro de los músculos. Me dije ‘estaré ahí siete noches exactas a partir de hoy’. Parece largo tiempo, pero no, el lento discurrir exterior nada tiene que ver con el ritmo vertiginoso de lo interno. Todo estaba aparentemente en calma, nadie sospechaba nada.

Y en estas ensoñaciones andaba perdido Yaku, cuando Aurora le trajo de vuelta a la realidad.

-¡Pero bueno!!! ¿No le llega al señor dormir hasta las 9 que también tiene que soñar despierto?

Aquella sacudida casi lo deja sin respiración. Aturdido y sin saber muy bien dónde estaba, poco a poco el chico fue recuperando el habla y volvió a ser consciente de la realidad.

- Lo…lo siento…Aurora, yo…los sueños…Déjalo…

-Yaku, sé muy bien que estás pasando por ciertas cosas estas noches, cosas que jamás podrían nacer de tu imaginación serena, sucesos que ni siquiera puedes explicar con palabras a la luz del día. Pero tienes que ser fuerte, y una vez despiertas tienes que estar aquí, alerta en cuerpo y alma, porque también en este lado están pasando cosas, y muchas más que van a suceder.

- ¿A qué te refieres? –preguntó Yaku contrariado, pues el tono de Aurora dejaba claro que no hablaba por hablar. No era una regañina, ni tampoco una frase hecha al azar para que espabilase. Había algo de verdad…

- Ahora no tengo tiempo, muchacho. Hablaremos esta noche, pero aprovechemos que aún hay luz, así que cada uno a sus tareas. –dijo Aurora suavizando el tono, esbozando incluso una sonrisa- Recoge por favor las manzanas y llévalas al sótano. Ponlas sobre la sal y cúbrelas con el papel de estraza. Cuando termines, te daré más trabajo. – Y le acarició el cabello con ternura antes de alejarse hacia la ropa que, ya seca, se mecía en la cuerda al son de la brisa.

Era increíble cómo conseguía Aurora mudar su humor de tal modo casi instantáneamente y, sobre todo, era sorprendente que lo hiciera con naturalidad. Yaku se sentía ahora aliviado, y de veras le pareció que no tenía que preocuparse de nada hasta la cena. De hecho, incluso Aurora se había relajado y canturreaba una antigua balada gortiana mientras recogía la ropa. ‘No temas si nos olvida la lluvia, hijo; yo te abrazo, porque no somos como los muertos…’


 - Thomas, ¿por qué no está llena tu bolsa? No me digas más, has empezado a olvidar las cosas y no sabes dónde encontrar la celidonia –dijo Aurora con una mezcla de ironía y satisfacción al verlo aparecer por el camino.

- Olvídate de las hierbas, Aurora. Huele a pisadas sobre tierra mojada.

-¿Cómo dices? – preguntó distraída Aurora, mientras recogía las sábanas del tendal.

-Huele a pisadas sobre tierra mojada, y no son de hace mucho- repitió Thomas lentamente, inquieto, mirando a lo lejos y levantando la nariz.

-¿Estás seguro? No ha llovido y… –comenzó a preocuparse ella también.

-Ojalá no fuera así, pero sí, estoy seguro. Voy a por el hacha.

- ¿Crees que son…? –tembló la voz de Aurora.

-Sí. Mete a Yakusk en casa y haz lo de la última vez.

-Pero…

-¡AHORA! –dijo Thomas con un tono de voz que la mujer sólo había escuchado en otras dos ocasiones. Y ninguna fue buena.


Aurora tiró el cesto con la ropa y salió corriendo a buscar a Yaku, que estaba sentado en la entrada de su cobertizo, jugando despreocupado con una brizna de hierba y un minúsculo insecto que parecía luchar con una fuerza sin duda descomunal si la midiésemos en base a su escala. Nada más verlo, gritó su nombre con un tono y un volumen tales que el chico pegó un salto y salió corriendo hacia ella. Sabía que algo iba muy mal...