lunes, 9 de marzo de 2015

El alzavuelos. Mapa primero.

Yasuhiro Ishimoto
 
 
El alzavuelos

El alzavuelos se acercó a mi cuello, rodeó mis hombros y susurró en mi oído:

‘allí, vámonos allí,

allí

donde todo desaparece, en el envés, en el alavueltadelaesquina, en el minúsculo e imperceptible pliegue del cristal, allí

donde parece que no llega la luz y aun así
se pueden oler desde aquí las cenizas del quizás,
porque acaso allí esté la raíz, el microcosmos primero
o el color primario, allí,
allí, mi niña, allí,
donde todo lo que inicia la chispa se desvela,
descubre su secreto y se revela, allí,
donde está permitida la escalada a la otra cara
de cada montaña, el desmembramiento
del motor y quién sabe si también del yo, allí,
allí,  donde quizás todos –quizás tú-
anduviesen buscando lo mínimo, allí,
donde al iluminarse el camino nos sale al paso 
la fragilidad última de todo lo que ya
desapareció’

Y se queda el alzavuelos quieto, y yo sin aliento, y le digo que no, que no,
que no me muevo. Y siento el latido de su cuello
junto a mi cuello, y siento
cómo apoya sobre mí todo su peso y descansa
de las propias alas, y se aleja
de la luz. Y vuelve a la carga, ahora en silencio, y cada latido
 un lejano eco, un vértigo, que suplica cayendo 
‘allí, allí, vámonos, allí,
tú y yo, niña y alzavuelos, allí’. Y entonces sí,
entonces parece que otra vez respira, pero su cuello,
al acecho de mi cuello, la sangre cruzando las venas
y sus ojos, luminarias boquiabiertas, en continua procesión ante mí.

 
 Eikoh Hosoe


Y yo, tan quieta como en mi propia muerte, lo miro al pobre alzavuelos
y no alcanzo más que a resucitar mi pequeña cancioncita de las tardes de invierno:

No, allí no, alzavuelos,
mejor vámonos allá…

allá, donde siempre es enero,
donde todos los olores del mundo se mezclan 
y al final no son
ninguno de los buenos,
sólo ése, tan extraño, inexplicable y sin embargo
tan a mano de la propia soledad. Allá, sí, allá,

vámonos a morir los dos
a nuestra soledad de enero.

Kikuji Kawada