domingo, 13 de noviembre de 2016

El fuego y la nieve (o sobre Leonard y el infinito amor)





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Tanto que decir y tan poca inspiración para empezar. Todo se amalgama y se hace un nudo, el mismo que tengo en el corazón y la garganta desde que ayer por la mañana mi adorada amiga y hermana Charo tuvo a bien mandarme un mensaje (‘prefiero que te enteres por mí y no de cualquier manera’). 


Quien me quiere y/o me conoce medianamente bien sabe de mi admiración y, sobre todas las cosas, de mi amor y adoración por Leonard. Recuerdo perfectamente la primera vez que lo vi de pequeña: era con su First we take Manhattan y había algo hipnótico llamando con su susurro más fuerte que cualquier grito a mi inconsciente, a mi pulso, a lo más oculto de mi ser. Todavía mi infancia entera tiembla cada vez que lo oigo, porque creo que fue uno de los puntos de inflexión en esa carrera contrarreloj que me empujaba a abandonarla para entrar en mi propia madurez. Una todavía por construir, informe, pero ya como esa luz que se cuela por entre las grietas. Con la fuerza de lo diminuto, la persistencia de lo que ha de ser. 



Después vino un disco de grandes éxitos y un verano entero escuchándolo sin cesar. Y ya no había nada que hacer. Ese verano, aquella semillita de hombres y mujeres tomando Manhattan y después Berlín hizo raíz en mí. Una de las más profundas, fuertes y duraderas de las que puedan albergar mi psique, mi (in)consciencia, mi piel y mi corazón. Y después, poco a poco, cada canción fue un momento decisivo, un instante delicioso o terrible, un bálsamo, o un recuerdo por siempre ligado a alguien. The partisan copiado a mano en la enorme caja pintada por mí para guardar mi mayor tesoro, mis cintas de cassette.


Hablaba ‘mi abuelo’ en su discurso de aceptación del Príncipe de Asturias que fue gracias a Lorca que él encontró ‘su voz poética’. En mi caso, y sin menospreciar en absoluto todo lo que he leído o escuchado en mi vida (que no ha sido poco, ni en cantidad ni en importancia para mí), fue en Leonard y en su obra donde yo vi esa lucecita brillar por entre las grietas de mí misma que aún no era capaz de comprender. Es gracias a él que, sea como sea ésta, mi voz salió a la luz y sentí que la soledad inevitable que pudiera sentir a ese nivel era menor y menos terrible gracias a él. De hecho, le dio la vuelta, y convirtió todo ese mundo interior en un refugio maravilloso y conmovedor. Se convirtió en mi consuelo, en ‘mi cabaña junto al lago Tahoe, con la pasarela de madera desde la puerta de casa hasta el agua’. Fue todos los lugares a los que siempre he querido ir, los amores que esperaba tener, las penas que sabía que habría de sufrir. Fue mi abuelo, porque yo lo adopté y él, en su generosidad infinita, lo aceptó. Y puedo decir de su generosidad infinita, porque la vi. Fue cuando María y Sergio me hicieron uno de los mayores regalos de toda mi vida: me regalaron el recuerdo de ir a verle en concierto. Nunca, jamás de los jamases, habré visto ni veré a nadie tan generoso sobre un escenario. No porque durase tres horas, ni porque cantase todas las canciones que nos sabíamos todos. Lo fue porque lo hizo dándonos las gracias en cada mirada, movimiento, sonrisa, sílaba cantada. En cada danza con la que recorrió una y otra vez aquel escenario que durante el tiempo que lo habitó él se convirtió en el centro mismo del universo.






Este año, aunque parece que va acabando mejor, ha sido muy difícil en lo personal. Pero es increíble cómo las piezas de los puzles encajan, cómo lo que nos va sucediendo, cómo las imágenes que aparecen de soslayo en los rincones más apartados de nuestra imaginación, cómo nuestras intuiciones (este año dije demasiadas veces ‘siento que se me va a ir, lo veo muy viejito y frágil’), las ‘casualidades’ furtivas, los encuentros fortuitos con los símbolos,…, al final, se convierten en un prisma único a través del que mirarlo todo y encontrarle sentido al fin a tanta intuición y tanta señal. 


Empecé el año con un forzado parón vital y nació en mí la necesidad de escribir ‘El trabajo de esperar la nieve’. Levantarme por la mañana, hacer el café, escuchar a los pájaros, y escribir un poco, fue el ritual que me mantuvo a flote y lo que me permitió no dejarme abandonar. No sabía muy bien de dónde venía aquella necesidad de buscar el descanso, de esperar la perfección diluible de la nieve, lo efímero de su geometría, su blancura y su tan hermosa como melancólica paz. Dejé el trabajo en suspenso, sabiendo que no era el momento de acabarlo, y fue pasando el año, y escribía un verso aquí y un verso allá. Corregí poemas, me metí los copos de nieve en la boca y los saboreé con lo más profundo de mi olfato y mi paladar. Lo tomé como lo que era, un trabajo noble y necesario, y esperé.


Hace dos semanas comencé por fin mis clases de canto, algo que siempre había querido hacer pero pocas veces me había atrevido a acariciar. Sólo he dado dos, pero la segunda fue el otro día, el jueves. A cinco minutos de terminar, me preguntó el profesor qué música suelo escuchar. Le conté lo que tengo justo ahora en el coche, pero quise remarcar que por encima de todas las cosas ‘mi cantante favorito es Leonard Cohen.’ Así que terminamos la clase con un intento de Hallelujah, y acordamos que fueran mis deberes para la siguiente clase. Cuando volvía a casa en el coche, iba pensando en eso, y en que sería genial hacerlo bien por él, por Leonard, como una manera de empezar a devolver lo que tanto me dio. Una especie de homenaje íntimo y personal. Llegué a casa y al bajarme del coche oí que los perros de la zona estaban ladrando nerviosos. ‘Mañana alguien habrá muerto’, pensé, porque eso es lo que sucede siempre. Nunca ladran, y cuando lo hacen, tenemos muerto. Al levantarme, sucedió la segunda señal inequívoca de que la muerte ronda, y es que los pájaros cantan diferente, como nerviosos y atropellados en sus trinos. Y cantaban frente a mi ventana. Poco a poco fui despertando y vi el mensaje de Charo. Ya está. Este muerto era mío, y lo increíble es que, por muy lejos que estuviera –Los Ángeles, nada menos-, los perros y los pájaros tuvieron a bien sentirlo y venírmelo a contar y cantar. 


Poco queda por hacer este año más que recoger los pedacitos y hacer otra vez coraza para el nuevo año, que sin duda, esta vez, en mi vida incluirá como siempre a la familia, a los buenos amigos y amigas, a todo lo que me ha dado Leonard, a ensayar Hallelujah con mi también adorado Pepe Piña (maravilloso artista, y profesor de guitarra inasequible al desaliento que debería provocarle mi vagancia), y cómo no, a acabar ‘El trabajo de esperar la nieve’, que por fin ya sé de qué grieta brotó y hacia dónde he de llevar esa minúscula luz. Porque…


“Sólo en la fragilidad y la rotura se demuestran la fuerza y la dureza.

Lo entero no es más que el compromiso de cien mil pedazos en busca de lo incierto.”



...y podría subir mil y una canciones y tener una historia para todas, 
pero fue el desconcierto ante el inmenso poder de Who by fire 
lo que abrió la cerradura y dejó entrar la luz en mi subconsciente... 

(...................................Who shall I say is calling?..............................)

Gracias, Leonard.