jueves, 15 de junio de 2017

Arrancar silencios, plantas, trenes, pero arrancar. (Borrador futuro y puente sobre el mar)



...hace dos días fui capaz de poner el tren en marcha otra vez...

Habían sido muchos -demasiados- los meses de inacción, dejando crecer el musgo por entre las ruedas, sintiendo oxidarse el arenero, notando cómo las palancas estaban cada vez más rígidas, y mi espalda, y mis recuerdos...

Muchacho no daba crédito al percibir tanto movimiento, simplemente no podía creérselo. Supongo que había perdido la fe en mí y en mi movimiento.

Como en toda situación extraordinaria, su cara fue por un minuto la mezcla perfecta entre el habitual desconcierto inicial, el horror posterior y la euforia más extrema que suele llegar al final, pero todo a la vez.

Por supuesto no veo su rostro de un modo convencional, pero puedo oír los increíbles pliegues que se forman en su frente y los crujidos que emiten tanto la apertura de su boca como de sus ojos y fosas nasales. Sus pómulos y mandíbula estallando desencajados. Son muchos años juntos ya, y cada gesto que Muchacho hace es para mí parte de todo un catálogo que va desde un leve roce de una pluma hasta un desplazamiento de placas tectónicas.

Nunca había sido tan exagerado, apenas nada es jamás tan importante, pero creedme si os digo que esta vez su corazón fue una montaña que dejara de latir de pronto, al igual que todo lo que sobre ella habita, y el resto de su cuerpo una nueva disposición de todos los accidentes geográficos existentes a nivel mundial. Tal fue la sacudida.

En las últimas semanas las expediciones de Muchacho habían sido cada vez más largas, tanto en tiempo como en distancia. Pasaban horas y horas sin que llegase ningún rumor de los que asocio a su presencia en el mundo, y al regresar traía pegados aromas de plantas irreconocibles, escalofríos de lugares demasiado lejanos. No traía reproches ni malas maneras, pero venía cargado de algo peor: el hastío de volver. Nunca antes se había aburrido conmigo Muchacho, ni siquiera cuando estuvimos tres meses parados en la estación de Cresck porque el tren se negaba a dejarse deslizar.

Pero en estos últimos días, la situación se me tornó en exceso asfixiante. Se pasaba el día fuera, y la noche entera la empleaba en dar forma con su navaja a unas cañas huecas que recogía, supongo, a orillas de un río del que yo nada podía percibir desde donde estábamos anclados.

Ayer por fin me atreví a preguntarle -curioso cambio, ser yo el temeroso de hablarle a él...- para qué eran las cañas. Tardó un buen rato en contestar, y no porque no encontrara las palabras, de eso estoy seguro, pues trabajaba con el tesón y el esmero de quien tiene una misión. No contestaba… porque no quería compartirlo conmigo. Y por un instante se apoderó de mí el terror. Pero, por suerte, todavía hay afecto entre nosotros, y al final relajó la espalda, como un animal salvaje que acaba por reconocer en ti a un amigo, y respondió: estoy haciendo un atrapasilencios.

Algo punzante recorrió mi espalda, se me cuajó por un instante la sangre toda junto con los demás fluidos y humores corporales, nada circuló por dentro de mí, fui yo mismo nuestro tren parado, y la garganta parecía una profunda fosa de la que era imposible extraer nada más que polvo y sequedad.




Un joven sano no debería padecer esa melancolía, y mucho menos Muchacho. Él no, no por mi culpa.
Le había dejado allí todo aquel tiempo (dios mío, quizás lleváramos más de un año en aquel lugar, atrapados a mi antojo, en medio de la nada…). Había sido tan egoísta.
Cada día había desoído las voces en mi cabeza que me decían ‘Muchacho ya no silba, Maquinista, Muchacho ya no silba. No canturrea, no salta, no recoge plumas de pájaro...no se hace preguntas en voz alta para que puedas responderlas...’. Apartaba todo lo que ocupara espacio de mi malhumor de un manotazo, pensaba ‘bah, es joven, que se aguante, un poco de inacción no lo va a matar, tiene todo el tiempo del mundo’.

Qué estúpido. Yo mejor que nadie sé que el tiempo es sólo uno, y desde luego no es ni suyo ni mío.
El tiempo es de sí mismo, y discurre y salta y serpentea a su gusto, y nosotros no podemos más que correr tras él y, si hay suerte, darle caza, soltarlo, volver a perseguirlo y volver a intentar darle caza. Esto, si no queremos que nos sorprendan sus fauces y nos ataque de pronto un día la vejez por la espalda (no olvidemos que el tiempo no es más que un joven león, jugando con nosotros, despreocupado, entre sus garras).

Le estaba arrebatando a Muchacho la posibilidad infinita de horas de batalla, felices o infelices, pero las que le tocaban a él en el reparto de las cartas. Y de pronto él quería atrapar el silencio, seguramente para hacerlo estallar con tanta fuerza que produjese -y agotase- los sonidos todos. No podía permitirlo. Los sonidos son tan esenciales para nuestra existencia como el deseo de sentirnos acompañados. Son necesarios, junto con los rumores, los ecos todos, cada uno con sus ligeras ataduras a sus correspondencias en este mundo natural: el rumor que evoca la presencia del mar en algún lugar, los trinos de los pájaros ocultando o compartiendo secretas localizaciones de exuberantes cosechas, el roce entre los cabellos y un cuello dentro de un profundo sueño, una araña en cualquier esquina, sigilosa, tejiendo… Todo nos acompaña y da cobijo, y a todo necesitamos.

De igual modo que la música no es nada sin los puentes que le proporcionan las pausas, los sonidos no significan nada sin el silencio, y nosotros abandonamos la cordura si desaparecen estos y con ellos los sentidos.

Sin pensarlo dos veces, abrí las manos de Muchacho, le dije ‘espera’, bajé del tren, busqué la planta más tierna y joven que pude encontrar a tientas en mi frenesí desesperado, la arranqué junto con sus raíces, y volví al tren. La coloqué entre sus manos, a modo de súplica de perdón y también de promesa de desencadenar todos los sonidos de ése su futuro que yo había secuestrado. Fui a la sala de máquinas, llené la caldera de carbón, y partimos otra vez…
Sé que Muchacho lloró largo rato, regando con su llanto de preso liberado aquella plantita minúscula que le había entregado.
Me contuve y esperé a que estuviera dormido para volver junto a él. Sé por cómo corría la brisa y por cómo silbaba el viento alrededor del último vagón que Muchacho sonreía. Y entre sus manos estrechamente entrelazadas, seguía aquella pequeña planta, bebiendo de la liberación de mi joven amigo, alimentándose de sus ansias y esperanzas, creciendo ya aunque nosotros fuéramos incapaces de notarlo.

Esa noche dormí yo también. Allí estaba mi Muchacho, por fin de vuelta.

Y con esas cañas quizás pudiera fabricar su atrapasilencios, pero uno de los buenos, de los que sólo los recoge un instante, para dejarnos descansar sobre sus alas o simplemente desplegar un puente sobre el mar... antes de dejarlo ir, y que todo se torne música otra vez y vuelva a sonar...





miércoles, 7 de junio de 2017

¿En cuántas sombras puede dividirse la luz antes de extinguirse?


from pexels



Últimamente S. mira mucho hacia arriba, hacia adentro y hacia abajo. Últimamente también, S. mira muy poco a su alrededor y nada o casi nada a lo que se encuentra muy cerca. Son demasiados años de observar lo próximo, de centrarse en lo inmediato, de dejar a un lado los paraísos de aquellos sueños ahora lejanos.

Los paisajes nevados, las planicies del desierto, las selvas y los lagos, todos ellos soñados por tantos años. Los paraísos lejanos. Allí donde sólo hay inmensidad de luz, agua, valles y montañas; donde las sombras de los árboles caen y en ocasiones se estrellan contra las rocas. La pequeña s. sabe que cuando eso sucede, las sombras abren microscópicas puertas secretas y las traspasan para formar parte de ellas, se mezclan con su estructura mineral y se filtran por entre sus poros como el agua que las recorre por dentro y las nutre como savia geológica ancestral.

Otras veces, imagina, esos restos de luz apagada, oscurecida por la distancia respecto de la fuente primaria, se mecen suavemente sobre el aire, en un descenso liviano que las posa sobre el manto vegetal que abriga la tierra. Una vez sobre ésta, se despliegan sus átomos como si de una pequeña niebla lumínica en los últimos momentos de su madurez hubiera bajado hasta allí para morir plácidamente entre las tinieblas de donde sólo hay raíces, nutrientes, lombrices. Un ejército de vida avejentado, una última sombra para que nazca una nueva luz.

Sí, últimamente todo se calcula en sombras y luces, destellos al doblar la esquina, alguna que otra intuición, y un continuo discurrir de primeros pasos de un nuevo camino. Todo vuelve a conducir a paraísos dulces y pequeños, a rocas sobre el río, a pequeños insectos construyendo universos en un suspiro, a finos granos de arena escurriéndose entre los dedos como magníficos imperios levantados y caídos.

A olores nuevos sobre el pelo. 

Todo se ha convertido de pronto -de nuevo- en un observar de lejos lo cercano para poder ver lo infinito.



¿En cuántas sombras puede dividirse la luz antes de extinguirse?

domingo, 28 de mayo de 2017

La memoria calcinada y su constelación de hormigas de panza renovada.

Constellation (ecomimetismos), de Paul Rosero C. y Kuai Shen




“…y cubre las páginas con pequeñas frases
como si fueran largas filas de fieles hormigas
que te hubieran seguido desde el bosque…” (Billy Collins)

Todo tiene su cuerpo, su forma y, sin embargo, todo posee también la cualidad de cambiarse o ser cambiado, en parte o por completo, por arriba o por abajo. Todo contiene asimismo su propia limpieza o suciedad, tanto en lo lejano del interior como en lo externo que le es cercano. 

A toda puerta viene a veces un rumor extraño de silbido inquietante, un nudillo de un cuerpo que no reconocemos y que golpetea sin cesar con un ritmo que pareciera el nuestro, y en un momento –que suele ser determinado, aunque tantas veces queramos nombrarlo como ‘azar’- aparece ese animal llamado ‘cambio’, traído hasta nosotros por ese viento al que -acertadamente o no- se suele llamar ‘necesidad’. 

A veces uno empieza por lo que tiene fuera, aquello que requiere de trabajo físico pero reconforta con su recompensa de aire fresco, claridad y belleza. Los músculos se tensan y se destensan, el corazón bombea y el oxígeno corre raudo hasta el cerebro. Es curioso, pues cuanto más ejercicio físico hacemos y más oxígeno recibe nuestro centro neurálgico, menos pensamos. Y el cuerpo lo agradece y nos regala un día en el que lo vemos todo claro.

Se pone uno entonces a recoger el caos desplegado por años, limpia con productos frescos lo ensuciado y vuelve a embellecer con barnices lo que ha sido rasgado y arañado. Aparecen y desaparecen los objetos inútiles, la niebla de nostalgias frías y punzantes, los regalos hermosos, los absurdos y los no necesitados. Y, cómo no, también las viejas cartas y los dardos afilados. Resurgen de entre las cordilleras de lo desordenado los ríos de libros en verdad amados pero por mucho tiempo olvidados, tantos y tantos cachivaches innecesarios alimentando nuestros pequeños y personales vertederos, todas las pequeñeces y objetos diminutos sin valor aparente que creíamos haber tirado y, aún estando a punto de hacerlo otra vez, volvemos a dejar en su sitio, allí donde el invisible y terriblemente fuerte imán –con su polo positivo del ‘por si acaso’ y su polo negativo del ‘porque no puedo evitarlo’- nos obliga a guardarlos. 

En otras ocasiones, esta tarea se da por dentro. Extendemos un mantel dentro del propio estómago para poder deglutir bien el subconsciente, los anhelos, el pasado. Lo hacemos con el mayor de los cuidados, ya que debe quedar bien estirado para poder colocar al alcance de la vista, del olfato y del tacto todo lo que habremos de digerir después de haberlo olisqueado, tocado, observado. Entrará también en juego ese otro sentido, el que se encarga del rumor lejano, lo intuido, lo no-pensado. Será el más importante de todos, ya que trabajará con lo que no queremos ver, ni oler, ni tocar. Todo aquello a lo que no queremos aproximarnos, y que sin embargo será lo más necesario de manipular, reordenar, cambiar e incluso perdonarlo. Porque el perdón será esencial en este festín descaotizador en el que, como un ejército sin compasión, arrasaremos nuestro territorio más íntimo para después reconciliarnos. Con lo que fuimos, con lo que no llegamos a ser, y con lo que los demás pensaron que éramos y, quién sabe, quizás, (no) se equivocaron.

Para comenzar, han de extraerse del fondo uno a uno los recuerdos del más remoto pasado, para poder desplegarlos sobre el mantel intestinal como se organizan en un mapa los elementos de las estrategias militares o se colocan los manjares en una excursión de verano al campo. Se irán poniendo las relaciones tóxicas a un lado, los paseos hermosos al otro, junto a estos pondremos los ojos entrecerrados saboreando la luz junto al mar, y allí donde irían las bebidas pondremos los primeros arañazos por las caídas de la infancia, las heridas más profundas por las caídas ya de adultos, el desamor enquistado… 

O simplemente iremos a la guerra con nuestra entraña y colocaremos cada cosa como un pequeño batallón, con su propia banderita, su identidad, su clasificador. Prepararemos emboscadas tras cada pliegue que se vaya formando para no dejarnos atacar por sorpresa por la emotividad, la lágrima inesperada ante el trauma aún bloqueado, la convulsión tras el recuerdo de ese instante en el que fuimos olvidados y desechados y, lo que es peor, la náusea provocada al revivir ese momento en el que fuimos nosotros los que decidimos olvidar y desechar a un ser hasta entonces amado.

Tras la desnudez fría y humillante de la propia falta,
he ahí siempre la mayor necesidad de perdón.


Después de esa primera fase de tensión y distensión, de dolor, caída, alivio y perdón, se recolocará cada elemento como si fuera un ajuar de boda, un puzle de significado nuevo que habremos de armar para mañana ser. 

Formará todo parte del imprescindible ritual de quema que ha de dejarnos limpios tras habernos calcinado, quedando sólo el borde de esa imagen, desconocida hasta entonces pero resguardada allí también, en la cueva de lo que éramos, para conformar una ofrenda al futuro. Una silueta que simplemente marque los bordes, dejando libertad para llenarlos con la ilusión de lo nuevo, lo todavía por llegar, lo que todavía es posible construir. 

Desharemos tras la quema la memoria en mil cenizas, cada motita una hormiga devota y fiel a nuestra propia esencia, pero también fiel a ese nuevo ejército de lo venidero, lo que poco a poco nos ha de llevar de regreso al bosque, al olor de la tierra, a los osos y los pájaros, a lo verdadero. 

Miles de hormigas corriendo por dentro, alimentadas por ese festín que fuimos y ya no seremos, deglutido todo para no olvidarse pero también para que, una vez haya sido digerido, ya no pese en nuestro costado. Un pasado para dejar a lo lejos, hermosa imagen de lo que nos ha traído hasta aquí pero que ya ha dejado de arrastrarnos. Seremos una constelación de hormigas con panzas renovadas. Ejército de esperanza removiendo el mundo con su extraño rumor, sus pequeñas tareas para mantener la tierra firme y filtrar el agua hasta el fondo, allá donde crecen las raíces y se fragua el calor. 

Una constelación de hormigas con panzas todavía por llenar. Eso se me antoja hoy que es el futuro, y con él el mundo, la vida, el amor. 








sábado, 13 de mayo de 2017

Los primeros pájaros (en mi corazón las historias todas)


Massive Bird Nests in Southern Africa, found in Colossal




Los primeros pájaros

como si estuviera allí su nido
 salen con el sol
a primera hora de la mañana

se posan sobre la mesa

los primeros pájaros
del día hablan
del hambre limpia
la que viene de la luz
de la sangre en sus venas
de sus huesecillos
tan pequeños y sin embargo tan fuertes
capaces de contener toda la esencia
del trino y el vuelo

Los primeros pájaros
van y vienen por el huerto
pero nunca se marchan
algo de sus alas permanece 
en la brisa
en el frescor de la mañana
y uno se rinde y se deja apresar
en esos pequeños picos
como si uno fuera una gota de agua
con la que refrescar sus minúsculas gargantas

Los primeros pájaros
que cuentan en un parpadeo las historias todas
las del frío, las de armaduras y roturas
las de calor y corazas, las de amor
y, cómo no, cuentan también
las de lo hermoso e inevitable que es
simplemente
la vida, la tierra, su olor

Los primeros pájaros
los que salen a primera hora de la mañana
con el impulso del sol
bendita protección contra el desgaste del tiempo
contra la propia autocomplacencia y la soberbia
la desnaturalización
o lo complicado que es luchar contra esa semilla
que llevamos todos
aunque nos neguemos a sembrar
y dar frutos con que poder alimentarse
cada mañana

los primeros pájaros
los que salen de debajo
de las alas del sol


 
 Any Story by Hindi Zahra, from the Album Homeland.

miércoles, 26 de abril de 2017

Sinfonía para volcanes extintos (.)

Symphony by Elicia Edijanto


"En algún lugar algo arde y aquí caen sus cenizas columpiándose de lado a lado." Aka




El que camina sobre huesos viajeros
ríe siempre como si la historia aún permitiera 
algún tipo de esperanza, una escalera
una manera de rodear los cráteres 
de los volcanes extintos
al son de la música que sucede
allá donde una vez existieron 
hermosos
los fuegos todos.

Los fuegos extintos, esos que eran y son 
frágiles aunque no olvidan 
cómo saltar por encima o colarse por debajo
de las puertas intactas del pasado
con sus claves y llamados
en forma de pañuelos marcados con viejos bordados,
leyendas sobre rutas de la seda, cancioncillas de verano,
cartas, risas, juegos, manos,
fresca brizna de hierba entre los dientes
soplar y mágicamente la música
de pronto creciendo 
desde dentro y hacia lo lejos, 
así los cráteres 
de todos los volcanes de antaño.

Los volcanes, donde hasta las caídas son hermosas.

Y es que se nos caerá una noche el cielo todo 
nos cubrirá enteros con su manto de volcán alado
pero no por derroche infantil de dioses,
no para dañarnos. Será una lluvia 
arrojada para conmovernos, agitarnos
pues allá donde los volcanes parecen inertes,
incluso allí
hasta las caídas son hermosas...

Y la vida nos ofrecerá un guía, una cantinela, un silbido
que nos traerá de vuelta

y será todo comienzo
aunque lo llamemos regreso... 



 
 * ...Y reirás como si nunca hubieras estado solo...*