domingo, 31 de diciembre de 2017

La geología familiar. (El esquí nórdico y los actores secundarios. 5.)

Fragmento de La tarde poética, de Joanna Domanska


Son las seis y media de la mañana pero en su mundo se ha hecho tarde. Demasiado tarde. Martha se mete en la ducha a toda prisa. No sabe lo que durará el agua caliente, últimamente va y viene. No le hace ninguna gracia, pero tendrá que pedirle a Will que venga a revisar la caldera. 


Sus pies están dentro, el agua está más que tibia, pero la bañera sigue fría, tarda un buen rato en notar el calor. Piensa en su madre. Esa mujer, como una bañera hecha de un material siempre frío. Piensa también en su padre. Un algo etéreo, como una niebla, una especie de calor lejano que, para cuando se hace sentir ya es tarde, ha acabado todo y hay que secarse, sacudírselo de encima, irse a otro lado. Su madre, un cuerpo incapaz del calor; su padre, un grifo que cuando por fin es capaz de calentar el agua que surge de él es demasiado tarde y hay que cerrarlo.


Todo esto piensa mientras se ducha. 


La ducha, ese momento siempre tan ajeno a ella, tan extraño. Está desnuda y quizás podría pensar en cosas íntimas, sólo suyas, o quizás no pensar en nada. Dejar el agua caer, sentir el ligero golpe, el alivio, la mente en blanco. Sin embargo acaba llena de pensamientos totalmente banales o lo que es peor, analizando las oscuras aguas del pasado. Hoy no hay lista de la compra ni recuerda alguna conversación tonta. Hoy toca familia, sección padres. Tres minutos en la ducha, tema tratado, monólogo interior recitado en el tono correcto del conflicto no resuelto. Termina la escena, sale toalla en mano, treinta segundos, cuerpo secado. Ahora toca salir del escenario, cambio de vestuario, ir a por el siguiente acto.




 Cold feet, de Stephanie Handy



- Tim, ¡por favor! ¡Voy a llegar tarde! ¡Y es el primer día, joder! – la desesperación de Martha es como una duna en el desierto. El viento la empuja hacia la puerta, se desplaza, sí, pero la enormidad de esa masa que la contiene hace que parezca estática. - ¡¡¡Timothy J. Pranks!!! ¡¡Baja inmediatamente!! ¡AHORA!!!– Martha no recordaba que todavía fuera capaz de sacar esa voz. Mezcla de miedo de sí misma y autosatisfacción.


-Ya voy, ya voy, lo siento, perdón – Tim aparece como un remolino surgido de la nada, revolviéndose sobre sí mismo a toda velocidad. No sabe qué significa que su madre de pronto no suene como su madre, pero está seguro de que no significa que pueda remolonear más. 


Esa voz antigua de Martha, ésa sí mueve un desierto entero. Incluso una montaña. Y aunque parezca una estupidez, Martha está orgullosa de sí misma por primera vez en mucho tiempo.
 


 Pliegues geológicos, de aquí



- ¡No me jodas! ¡Consigo que el inútil de mi hijo mueva el culo y ahora el coche no arranca! ¡Mierda!

- ¡Ey! No te pases, mamá, no es culpa mía – voz quejicosa, Tim a punto de llorar. Él también se ha convertido en un fenómeno natural, pero no está hecho de arena. Tim se ha vuelto de agua y sal. Y llora. Llora por todo, todo el rato. Se da mucho asco por ello, pero no lo puede evitar.

- Perdona cariño – Martha le acaricia el pelo, vuelve a hablar como Martha, sabe que lo está haciendo mal. – Perdóname, Timmy, ya sabes cómo me pongo cuando empieza el jaleo en el Hotel. Y justo este año se les da por innovar, cambian el programa y ponen a primera hora las conferencias en lugar del discurso de inauguración al que nadie va y nos deja margen de acción. ¡Joder, joder! ¡venga, vaaaa! –sigue su ridícula lucha a vida o muerte con la llave y el contacto. Al fin gana Martha, y Martha siente que, con ella, gana el Bien. - ¡Vamos allá! –estridencia, intento de animarse y animar a Tim. Ridículo, pero qué más da. El coche ha encendido y van bajando la carretera hacia el pueblo.

La verdad es que está todo especialmente hermoso. Los cristalitos de la lluvia del día anterior brillan sobre el asfalto con cada latigazo del sol. El frío despeja la cabeza y el pecho, el organismo trabaja duro en mejorar el bombeo y la circulación. Un pájaro al borde del camino decide demostrar quién sabe si su propio poder o la invisibilidad de ellos dos, y alza el vuelo a ras del suelo, cruzando justo unos segundos antes de que pase el coche. Por un instante madre e hijo comparten el mismo pensamiento: en cualquier momento echa a volar un pájaro, y cualquier coche lo puede matar y triturar. O peor: puede dejarlo malherido, tirado en la carretera, agonizando.

Tim cambia de imagen mental, se va a su cabaña a orillas del lago, su refugio íntimo, a donde no lleva a nadie –y-quién-iba-a-querer-venir-con-el-jodido-pobrecito-Timothy-pobre-muchacho-Pranks-que-se-jodan-todos-nunca-verán-mi-lago-mierda-no-llores-joder-no-llores

Pero Martha no le presta atención, su cerebro se queda ahí en ese punto de la carretera un rato más. Siempre dice que le encantan los animales. A veces nombra dos o tres, cuenta alguna curiosidad que acaba de leer y siente que ha cumplido. Ha ejecutado la escena, el ejercicio de gimnasia, interpretado el papel. Pero en este preciso momento, ahora que va a llegar –con suerte- por los pelos, está segura –por mucho que le pese y le cueste reconocerlo- de que aplastaría al pájaro y seguiría. Ni por un segundo se plantearía parar y bajar. Ni siquiera al verlo por el retrovisor, herido tras el impacto sobre un charco, aleteando. En su mundo ahora sólo existe el Hotel, los manteles, las sillas y los cordoncitos con los que atar los cojines a las sillas, los botellines de agua, los juegos de café, las montañas de azucarillos perfectamente colocadas, las cucharillas a medio centímetro de los platos, las cestas de fruta, los gritos desquiciados del encargado antes de su empalagosa cortesía al llegar el público y los invitados. Dios-cómo-odio-al-puto-encargado-cómo-lo-odio-tan-estirado-sabiendo-que-es-mejor-que-nosotros-y-dios-cómo-me-gustaría-que-me-encerrara-con-él-en-uno-de-esos-cuartuchos-donde-no-nos-deja-entrar-dice-que-para-que-nadie-ensucie-o-robe-la-ropa-de-cama-buena-y-una-mierda-sabemos-todos-que-es-por-los-puros-y-el-whisky-estoy-como-una-cabra-pero-quiero-meterme-ahí-con-él-y-beber-whisky-y-hacer-de-todo-sobre-ropa-de-cama-buena-joder-qué-asco-de-tío-pero-quiero-ropa-de-cama-buena-y-quiero-que-esté-él-no-lo-puedo-evitar.



Femme au repassage, Picasso



- ¿Sabes, Tim? Me ha dicho Marcia Ross que este año viene una entomóloga –ni-puñetera-idea-de-qué-es-ni-qué-hace-pero-suena-importante-al-menos-no-es-camarera-ya-tendría-coña-que-trajeran-una-camarera-para-la-conferencia-inaugural-ja- y unos artistas que van a ‘intervenir la montaña, metérsela dentro, dejar que se nutra de ellos y después expulsarla renovada, llena de sus entrañas’. – Leyó esa parte del folleto unas veinte veces, hasta que se la aprendió de memoria, sólo para poder decírselo a Tim, pero que la maten si sabe qué demonios quiere decir eso. A ella sólo le parecen una panda de niños pijos gilipollas. – También me ha dicho que el plato fuerte es un geólogo extranjero que trabaja en la Universidad –le guiña un ojo y sonríe. Es la Universidad a la que quiere –pero-todo-el-pueblo-sabe-que-no-podrá- ir Tim. Por eso lo lleva con ella. 

Al principio le parece una buena idea, pero entonces Marcia se ríe de ella con su nueva risa de reptil, y algo cruje y una falla inmensa se abre en su interior.

-O sea, que le vas a enseñar a tu hijo, al pobrecito Tim, lo que no va a tener jamás. Pues menudo regalazo, sí señora. Por si no has recibido ya la carta, te comunico yo misma que eres una más que firme candidata al premio ‘Madre del año’ jajajajajaja – la viscosa carcajada de Marcia Ross retumba en todo el bar del Hotel. Va más allá de sus paredes. Rompe el continuo espacio-tiempo, regresa a la risa que deja en shock a Peter y sigue hacia atrás, llegando incluso al momento en que la propia Martha descubre que él no volverá, que se acuesta con Lilly Ann y que no, no volverá, y ella está a punto de agarrarse a la petaca para intentar dejar de sentirse la mujer más estúpida del planeta. Así de fuerte es la nueva y asquerosa carcajada de Marcia Ross. Y lo que más asco le da es que no le falta razón.



 Fold Mountain in Agios-Pavlos (Crete)


Pero la maldita risa de Marcia Ross hace algo más. Penetra algún extraño lugar del cerebro de Martha, llega al fondo de la madriguera de alguna alimaña escondida tras su córtex cerebral, un ser repulsivo que tiembla y rechina los dientes, y hace que Martha vuelva a pensar en pedirle a Will que sí, que venga a revisar la ducha y le explique por qué el agua caliente va y viene últimamente. Pero piensa utilizar una voz de esas que tiene guardadas desde hace tanto tiempo y que no suenan a Martha. De pronto quiere saber por qué Marcia Ross ya no es la chica educada y obediente de siempre. La dócil Marcia. Va a averiguar por qué se ríe de esa asquerosa manera.

Martha no puede controlar la ira que va creciendo y avanza como un río a punto de desbordarse por su espina dorsal. De pronto hay algo en su cara, una minúscula mueca como la típica grieta en un vaso o un frutero de cristal que nadie sabe en qué momento se hizo, a quién se le cayó, pero con la diferencia de que Martha no es un objeto de cristal, y ella sí sabe quién le acaba de dar el golpe. Desde fuera sólo se ve su sonrisa, su ay-Marcia-cómo-eres-ja-ja-ja-ja-ja-venga-chicas-aprovechemos-este-buen-humor-para-acabar-de-limpiar-las-cucharillas. Pero por dentro siente cómo cruje toda su estructura molecular y cómo justo a la altura del esternón aparece una fisura que va a ser imposible reparar.
Y desde la otra punta del salón, qué bien se llevan las camareras, cuántas bromas para deleite del encargado, que las observa como un maestro condescendiente. Sonríe él también, el mérito de ese buen ambiente es suyo, cómo no. Sí, el día va a ir rodado, y él se merece una visita al cuartucho.



Silvel Spoon, from the web

Martha no puede dejar de pensar en lo que ha contado el geólogo. Le ha gustado de verdad la conferencia, tanto, que no puede evitar que la culpa por no poder mandar a Tim a la Universidad crezca y esté a punto de desbordarse como un volcán. Se agarra con fuerza al volante, eso le da seguridad. Piensa en placas, y en capas y más capas acumuladas. 'El Gran Cañón es como una representación visual de la historia geológica de todo el planeta'. Martha piensa en eso, en la historia de la Tierra como si fuera su historia familiar. Capas y capas que apenas se relacionan. Se apoyan unas en otras porque no queda más remedio, porque es lo que hay que hacer, las que están primero soportan el peso de las que vienen después, y así sucesivamente, pero sin llegar a mezclarse ni conectar. Martha está enredada en su mente y ni por un instante se le pasa por la cabeza que Tim está a su lado, que también ha visto las conferencias y que la mezcla de emoción y decepción es insoportable para él. Siente que le va a estallar la cabeza. Quizás su idea de una casa junto al lago tenga que dejar de ser un escondite mental y tenga que empezar a planear cómo encontrar una de verdad. 

El coche pega un ligero resbalón, Martha endereza el volante, agarra la pierna de Tim, 'perdón', y de pronto recuerda el pájaro de esta mañana, y entonces la duda: ¿le dio o no? ¿Y si le dio? ¿y si lo dejó malherido, aleteando allí en medio, y ni por un instante pensó en bajarse a mirar si estaba, socorrerlo? La angustia creciéndole en el pecho. Siente que ese pájaro podría ser el Tim de alguien, indefenso, desvalido, luchando cada día por salir del nido y enfrentarse al mundo. Un mundo que lo golpea y lo deja tirado y malherido sin mirar atrás, sin preocuparse por comprobar si está bien, si todavía puede volar. Angustia, mucha angustia. Martha empieza a mirar en cada curva, en cada charco, busca el pájaro. A cada giro de las ruedas cree haber llegado al punto exacto donde lo vio. No-aquí-no-es-estaba-más-adelante-sí-ahí-delante-es-no-espera-todavía-no-está-al-girar-en-esa-casa-sí-ahí-en-ese-cambio-de-rasante-o-espera-no-creo-que-todavía-no-dios-qué-angustia-cómo-estará-y-ahora-cómo-sé-yo-si-sigue-vivo-o-no-joder-por-qué-no-paré-¡¿por-qué-narices-no-paré?!


Little bird sing no songs, by Liffey Joy

Después de dieciséis horas Martha no ha encontrado el pájaro, ha llegado a casa y ha entrado derecha en su habitación. Y se vuelve a duchar. Le pica otra vez la pierna, cada vez más. Sigue con la pequeña herida en la espinilla izquierda y entonces recuerda que su padre empezó así. Esa costra es su propia montaña, su intervención artística, su geología personal. Eso es su familia: un montón de capas y capas de costra acumuladas generación tras generación, una sobre otra, tocándose lo justo para que no se desmorone todo, pero no lo suficiente como para darse calor, ni sentir un contacto más profundo que el meramente inevitable. Piensa esto y automáticamente se acuerda de las poco ortodoxas clases de ciencias de la señora Queen 'cada uno es como un grano de arena que existe por sí mismo, e incluso cree dirigir su vida, pero no va a ningún lado sin los demás. Los otros son en nuestra existencia algo así como fuerzas que nos frenan o nos ponen en movimiento, nos empujan en una u otra dirección, y la presión que ejercen contra nuestros cuerpos nos moldea'.



Lost face, by Anastasiya Georgievskaya



Sale de la ducha. Desempaña el espejo. No encuentra su rostro. Sólo ve al pájaro, que chilla con la lejana risa de Marcia Ross. Otra vez se le ha hecho tarde. Mañana temprano tendrá que llamar a Will.




 

miércoles, 22 de noviembre de 2017

Los mecanismos de defensa (Serie 'El esquí nórdico y los actores secundarios'. 4.)

Many belts, from here



- Que sí, tía, que le digo que es verdad. – Duckie intenta la dulzura antes de perder los nervios.

- ¿Pero por qué habría de lavar esa muchacha en el río? Por Dios Santo, ya no sabéis qué inventar. – la tía Polly pone los ojos en blanco, siente que no queda nada en el cajón de la paciencia.

- Tía, perdone lo que voy a decir –sigue hablando de usted, aún queda la sombra del leve surco de su cuerpo estampado contra la pared- pero le juro por su difunto marido y queridísimo tío mío Edward W. Audit, que la vi con mis propios ojos – alza la voz mientras se los señala, parece que se los va a arrancar. No puede creer que haya sido capaz de jurar por su tío.

-¡¡Duckie!! – la tía confusa, ojos disparando en todas direcciones, manos incontrolables que se frotan. Tose, cambia de tema. – Está bien, está bien, te creo. Al grano, ¿me has traído lo que te pedí? – no acaba de creer que su sobrina haya mentado a su marido. Sabe que no tiene permitido mentar a su marido.

- Ay, tía, tendré que volver mañana. Sólo abren los sábados y hoy aún es viernes. – Duckie se disculpa con la melosa e insoportable voz de Duckie a los cinco años. Sus ojos centellean como sólo brillan los ojos de la irritante y ajada Duckie del presente cuando se siente triunfante.

- ¡¿Y si sólo abren los sábados por qué has venido hoy?! – la tía está molesta, y muy a su pesar, no puede ocultarlo.

- Me dijo que volviera el fin de semana. Lo hice por acompañarla –Intenta hacerse la tonta. Las dos saben que sólo quiere contar lo que ha visto. -Bah-estúpida-vieja-es-viernes-y-eso-cuenta-como-fin-de-semana-¿no?-Ja - pensé que se alegraría de verme, tía. –no acaba de creer que sea capaz de pensar de modo tan desafiante sobre la tía Polly, y mucho menos destilarlo con la voz. Y sin embargo ya no sale otra cosa de su boca. 


Algo en su cerebro, un animal pestilente se relame. Y crece, y lo va llenando todo. Duckie se siente como si tuviera cinco años otra vez, y está en casa, y su tío está vivo y la columpia, y el animal infantil en que ha transmutado Duckie se relame. Y el aire se vuelve viscoso.






Marcia ha empezado a hacer muchas cosas nuevas últimamente. Cuando se abandona la costumbre, se desencadena inevitablemente toda una serie de comienzos sorprendentes. Así sucede ahora en la vida de Marcia. 



La nueva Marcia vive con Will, bebe whisky sola y bebe whisky con Will, se peina una única vez por la mañana -sin espuma, jamás-, tiene las cortinas y las ventanas abiertas todo el día -adora el frío-, hace lo que le da la gana todo el día -adora que la vean-, se pone vaqueros y camisa toda la semana, ve a sus padres una única vez al mes, sólo llama a su hermana ese mismo día antes de salir, saluda a los vecinos simplemente con la cabeza -se acabaron las charlas forzadas-. Guarda la voz para el whisky y para Will.


Y lava la ropa en el río. 

La antigua Marcia solía remolonear todos los días durante horas, no estaba en pie antes de las diez. Ahora se levanta a las seis de la mañana, por el puro placer de la ducha y el café con Will. Él se marcha ‘a ocuparse de sus asuntos’ -algún-día-me-contará-cuáles-son-sus-asuntos-sí-que-lo-hará-sólo-tengo-que-ser-buena-y-paciente-y-esperar-y-me-lo-contará- y ella recoge las toallas y la ropa del día anterior, hace una bola y la mete en la antigua bolsa del gimnasio –qué absurdo y lejano mundo aquel antiguo del gimnasio, sudar, reírse, arreglarse el pelo, tomar un refresco con Geordine después de la ducha... quedar con Peter al salir-. 

Coge la bolsa y la mete en la furgoneta que le vino a ofrecer el viejo Foster en cuanto se mudó. "No son distancias ni carreteras por las que andar una joven sola", le dijo cuando llamó a su puerta, y ella abrió desconcertada al verlo con el sombrero entre las manos y la mirada puesta en la gravilla. Pero le pareció buena idea, y le gustó la Marcia que conduce su propia furgoneta.

Arranca poco después de irse él, y con la ropa que ella considera sucia baja al río, al lugar exacto donde bebió por primera vez con Will, su santuario privado, donde las florecitas blancas y las rocas más lisas. Y con el trozo de jabón, el cepillo y sus manos desnudas, inicia el ritual. Primero se lava la cara para congelarse el cerebro –se está volviendo adicta a esa sensación de colapso, le da vértigo hacerlo pero no puede evitarlo. Después pasa el tiempo que considera necesario ocupándose en lavar la ropa. La restriega, la frota, da tan fuerte con el cepillo que pareciera que quiere hacerla desaparecer. 

No lo reconocerá jamás, pero al retorcer la ropa para escurrirla, no puede evitar pensar en Peter. En ningún otro momento más que en ése piensa en él, pero es suficiente para sentirse molesta. Odia que aparezca justo ahí, cuando está en su lugar especial, el suyo y el de Will. ¿A qué narices viene Peter a molestar y ensuciarlo? Vuelve a empezar, friega todo de nuevo, esta vez con más fuerza si cabe, restriega, retuerce, y Peter que no se va. Respira hondo y cierra los ojos. Coge impulso. Mete la cabeza en el río, se le congela el cerebro, y Marcia ya no es Marcia. Saca la botellita. Ya no piensa en nadie. No ve nada a su alrededor, ni siquiera los ojos de animal viscoso que la observan. Sólo ve a Will reflejado en el río, sonríe y siente que ya puede recoger. Lo hace con cuidado. Dobla todo meticulosamente, a Will no le gusta la ropa arrugada, ni siquiera las toallas –sobre todo las toallas. 

‘Si algo aprendí de la señora Queen es que es justo donde menos esperas que importe un error donde más importancia tiene. No lo olvides nunca, pequeña.’ 

Marcia recuerda esas palabras todos los días, cada vez que toca un paño de la cocina, una camisa, una toalla. Se estremece. Quiere pensar que es el ligero temblor del amor.








Sunglow, near St. Marguerite’s North River by Maurice Cullen





- Tío, si le ofreces la segunda presa y no quiere, es que está a la defensiva. – Tim adora hablar de ellas, le dan un lugar elevado sobre los demás.

- Eso es lo que no entiendo, joder, estoy seguro de que aún tenía hambre. Además, ya debería estar acostumbrada a mí. – Peter empieza a desesperarse con el tema.

- ¿Acostumbrada? ¡Ja! Eso no va a pasar nunca, tío –sonrisa amplia, sabe que está en la posición de poder – ella siempre va a pensar que para ti es comida y, por eso mismo, cada vez que te ve, al instante, eres tú el que se convierte en comida para ella. ¡Es la mejor parte! El mecanismo de defensa del miedo en estado puro –los ojos de Tim brillan de excitación.

- Joder…

- Sí, joder. Esa es la palabra. 'Joder'. Te lo dije al principio, Pete, estas preciosidades no son para cualquiera – Tim se relame con este momento. No hay otra persona en el pueblo que las tenga, así que Peter es ahora su único súbdito. Habrá que manejar bien la situación para no dejarlo escapar.- Oye, ¿quieres venir mañana a casa y te enseño cómo las cojo yo? –pone su voz más generosa, de veras que parece un enorme favor.

- ¿En serio? Eso sería fantastico, tío, ¡muchísimas gracias! –cuántos Peters no habrá ahora en el mundo, dando gracias por su nueva correa.





The snake charmer, Henri Rousseau






- ¿De qué narices hablaban esos dos? –inmensa intriga en Paul. Minúscula en comparación con el agradecimiento infinito por tener la excusa perfecta para entablar conversación. Nunca sabe cómo empezar.

- De serpientes. Tsss. –ojos en blanco de Tricia. Desprecio absoluto por ellos y por sus mascotas. - ¿Quieres más café, Paul? – cambia su rostro. De nuevo la dulce plana sonrisa de Tricia.

A Paul le gusta su otra cara, la que casi nunca se ve, la que intenta ocultar en el trabajo-necesito-las-propinas-y-son-mejores-cuando-sonríes-y-hablas-como-si-fueras-tonta-las-de-Paul-siempre-son-buenas-diría-que-las-mejores

A él le gustan sus ojos en blanco, ese desprecio por todo que aparece a veces tras la cara amable, como si descorriera una cortina al fondo de una habitación mal iluminada. Esa Tricia le excita más que ninguna otra cosa en el mundo.

- Sí, por favor, necesitaré otra taza –perro fiel, no se irá hasta que lo echen. Y todos los días igual. Al principio se sentía ridículo, ahora ya es rutinario. Ha incorporado ese par de horas a su jornada laboral. Hace que parezca que trabaja, se lleva un cuaderno en el que todos creen aprovecha para ir anotando pedidos, tareas pendientes, cuentas. En realidad ha inventado un código que sólo él entiende, en el que cada 'pedido', 'encargo', 'cliente', son cosas que ella le dice, paseos que dan, momentos que pasan juntos. Imaginación de perro fiel, actividades sencillas.

- Bueno, es hora de irse a casa – Paul pone su mejor sonrisa, intenta hablarle con la mirada.

- Hasta mañana, Paul – Tricia levanta la mano pero no se gira, está atendiendo a otra mesa.

Pasa todo el camino abrazando a Tricia en su cabeza. Así, con ella en brazos, llega a casa, sonrisa fingida. 

-¡Hola familia!’-grita al aire- ‘hola mi amor’ -el autómata Paul entra en la cocina - qué día, nena, cuánto trabajo, cuánto sueño- palmada en el culo, -ojalá-no-fuera-tu-culo-ojalá-fuera-su-culo- Mañana salgo pronto, te lo prometo.

- Dios, Paul, deberías trabajar menos- habla la autómata Laura.

- De eso nada, todo por mi bomboncito, que tenga siempre lo mejor- segunda palmada en el culo –mañana-desayuno-en-el-bar-no-hay-más-que-hablar.

-Tonto- risita fingida, Laura autómata interpreta a Laura todavía esposa -malditas-palmadas-en-el-culo-cualquier-día-te-reviento-yo-la-cara- Recuerda que tienes que llamar a Will, tenemos la fosa séptica casi llena. Mejor que la vacíe estos días. Sabes perfectamente que durante la temporada no vive para otra cosa y no acepta trabajos. -maldito-sea-tener-que-hablar-de-lo-cotidiano-para-no-hablar-de-lo-absurdo-que-se-ha-vuelto-todo-lo-cotidiano.











Qué asco le da todo a la persona Paul. La casa, la fosa, las tareas, el ‘bomboncito’, las palmadas, lo cotidiano. Charlar entre esas paredes –fuera-de-la-cafetería. Incluso sus hijos. Se han convertido en horrendos muñecos de cartón piedra que hablan, extraños seres que sólo gritan, se ríen, rompen cosas. Y molestan. Aunque por encima de todas las cosas, sin saber por qué, qué asco le da Will.

Y qué asco le da a Laura pensar en el otro lado del telón de todo eso mismo -maldito-bomboncito-malditas-palmadas-maldito-Paul-. 

Y qué asco -y-miedo-mucho-miedo- les da a todos el fondo de la fosa séptica, ése donde la amargura empieza a estar a rebosar y va a haber que vaciarla. 

O dejarla reventar.