domingo, 28 de mayo de 2017

La memoria calcinada y su constelación de hormigas de panza renovada.

Constellation (ecomimetismos), de Paul Rosero C. y Kuai Shen




“…y cubre las páginas con pequeñas frases
como si fueran largas filas de fieles hormigas
que te hubieran seguido desde el bosque…” (Billy Collins)

Todo tiene su cuerpo, su forma y, sin embargo, todo posee también la cualidad de cambiarse o ser cambiado, en parte o por completo, por arriba o por abajo. Todo contiene asimismo su propia limpieza o suciedad, tanto en lo lejano del interior como en lo externo que le es cercano. 

A toda puerta viene a veces un rumor extraño de silbido inquietante, un nudillo de un cuerpo que no reconocemos y que golpetea sin cesar con un ritmo que pareciera el nuestro, y en un momento –que suele ser determinado, aunque tantas veces queramos nombrarlo como ‘azar’- aparece ese animal llamado ‘cambio’, traído hasta nosotros por ese viento al que -acertadamente o no- se suele llamar ‘necesidad’. 

A veces uno empieza por lo que tiene fuera, aquello que requiere de trabajo físico pero reconforta con su recompensa de aire fresco, claridad y belleza. Los músculos se tensan y se destensan, el corazón bombea y el oxígeno corre raudo hasta el cerebro. Es curioso, pues cuanto más ejercicio físico hacemos y más oxígeno recibe nuestro centro neurálgico, menos pensamos. Y el cuerpo lo agradece y nos regala un día en el que lo vemos todo claro.

Se pone uno entonces a recoger el caos desplegado por años, limpia con productos frescos lo ensuciado y vuelve a embellecer con barnices lo que ha sido rasgado y arañado. Aparecen y desaparecen los objetos inútiles, la niebla de nostalgias frías y punzantes, los regalos hermosos, los absurdos y los no necesitados. Y, cómo no, también las viejas cartas y los dardos afilados. Resurgen de entre las cordilleras de lo desordenado los ríos de libros en verdad amados pero por mucho tiempo olvidados, tantos y tantos cachivaches innecesarios alimentando nuestros pequeños y personales vertederos, todas las pequeñeces y objetos diminutos sin valor aparente que creíamos haber tirado y, aún estando a punto de hacerlo otra vez, volvemos a dejar en su sitio, allí donde el invisible y terriblemente fuerte imán –con su polo positivo del ‘por si acaso’ y su polo negativo del ‘porque no puedo evitarlo’- nos obliga a guardarlos. 

En otras ocasiones, esta tarea se da por dentro. Extendemos un mantel dentro del propio estómago para poder deglutir bien el subconsciente, los anhelos, el pasado. Lo hacemos con el mayor de los cuidados, ya que debe quedar bien estirado para poder colocar al alcance de la vista, del olfato y del tacto todo lo que habremos de digerir después de haberlo olisqueado, tocado, observado. Entrará también en juego ese otro sentido, el que se encarga del rumor lejano, lo intuido, lo no-pensado. Será el más importante de todos, ya que trabajará con lo que no queremos ver, ni oler, ni tocar. Todo aquello a lo que no queremos aproximarnos, y que sin embargo será lo más necesario de manipular, reordenar, cambiar e incluso perdonarlo. Porque el perdón será esencial en este festín descaotizador en el que, como un ejército sin compasión, arrasaremos nuestro territorio más íntimo para después reconciliarnos. Con lo que fuimos, con lo que no llegamos a ser, y con lo que los demás pensaron que éramos y, quién sabe, quizás, (no) se equivocaron.

Para comenzar, han de extraerse del fondo uno a uno los recuerdos del más remoto pasado, para poder desplegarlos sobre el mantel intestinal como se organizan en un mapa los elementos de las estrategias militares o se colocan los manjares en una excursión de verano al campo. Se irán poniendo las relaciones tóxicas a un lado, los paseos hermosos al otro, junto a estos pondremos los ojos entrecerrados saboreando la luz junto al mar, y allí donde irían las bebidas pondremos los primeros arañazos por las caídas de la infancia, las heridas más profundas por las caídas ya de adultos, el desamor enquistado… 

O simplemente iremos a la guerra con nuestra entraña y colocaremos cada cosa como un pequeño batallón, con su propia banderita, su identidad, su clasificador. Prepararemos emboscadas tras cada pliegue que se vaya formando para no dejarnos atacar por sorpresa por la emotividad, la lágrima inesperada ante el trauma aún bloqueado, la convulsión tras el recuerdo de ese instante en el que fuimos olvidados y desechados y, lo que es peor, la náusea provocada al revivir ese momento en el que fuimos nosotros los que decidimos olvidar y desechar a un ser hasta entonces amado.

Tras la desnudez fría y humillante de la propia falta,
he ahí siempre la mayor necesidad de perdón.


Después de esa primera fase de tensión y distensión, de dolor, caída, alivio y perdón, se recolocará cada elemento como si fuera un ajuar de boda, un puzle de significado nuevo que habremos de armar para mañana ser. 

Formará todo parte del imprescindible ritual de quema que ha de dejarnos limpios tras habernos calcinado, quedando sólo el borde de esa imagen, desconocida hasta entonces pero resguardada allí también, en la cueva de lo que éramos, para conformar una ofrenda al futuro. Una silueta que simplemente marque los bordes, dejando libertad para llenarlos con la ilusión de lo nuevo, lo todavía por llegar, lo que todavía es posible construir. 

Desharemos tras la quema la memoria en mil cenizas, cada motita una hormiga devota y fiel a nuestra propia esencia, pero también fiel a ese nuevo ejército de lo venidero, lo que poco a poco nos ha de llevar de regreso al bosque, al olor de la tierra, a los osos y los pájaros, a lo verdadero. 

Miles de hormigas corriendo por dentro, alimentadas por ese festín que fuimos y ya no seremos, deglutido todo para no olvidarse pero también para que, una vez haya sido digerido, ya no pese en nuestro costado. Un pasado para dejar a lo lejos, hermosa imagen de lo que nos ha traído hasta aquí pero que ya ha dejado de arrastrarnos. Seremos una constelación de hormigas con panzas renovadas. Ejército de esperanza removiendo el mundo con su extraño rumor, sus pequeñas tareas para mantener la tierra firme y filtrar el agua hasta el fondo, allá donde crecen las raíces y se fragua el calor. 

Una constelación de hormigas con panzas todavía por llenar. Eso se me antoja hoy que es el futuro, y con él el mundo, la vida, el amor. 








sábado, 13 de mayo de 2017

Los primeros pájaros (en mi corazón las historias todas)


Massive Bird Nests in Southern Africa, found in Colossal




Los primeros pájaros

como si estuviera allí su nido
 salen con el sol
a primera hora de la mañana

se posan sobre la mesa

los primeros pájaros
del día hablan
del hambre limpia
la que viene de la luz
de la sangre en sus venas
de sus huesecillos
tan pequeños y sin embargo tan fuertes
capaces de contener toda la esencia
del trino y el vuelo

Los primeros pájaros
van y vienen por el huerto
pero nunca se marchan
algo de sus alas permanece 
en la brisa
en el frescor de la mañana
y uno se rinde y se deja apresar
en esos pequeños picos
como si uno fuera una gota de agua
con la que refrescar sus minúsculas gargantas

Los primeros pájaros
que cuentan en un parpadeo las historias todas
las del frío, las de armaduras y roturas
las de calor y corazas, las de amor
y, cómo no, cuentan también
las de lo hermoso e inevitable que es
simplemente
la vida, la tierra, su olor

Los primeros pájaros
los que salen a primera hora de la mañana
con el impulso del sol
bendita protección contra el desgaste del tiempo
contra la propia autocomplacencia y la soberbia
la desnaturalización
o lo complicado que es luchar contra esa semilla
que llevamos todos
aunque nos neguemos a sembrar
y dar frutos con que poder alimentarse
cada mañana

los primeros pájaros
los que salen de debajo
de las alas del sol


 
 Any Story by Hindi Zahra, from the Album Homeland.