miércoles, 30 de agosto de 2017

La costa de la luz. Granitos de arena pegados al corazón.

Playa de La Barrosa - Cádiz


 (Esta entrada es de Revisora, que vivió cuatro días en el Paraíso, y lo quiso contar. 
No está hilado, no hace falta, son notas del cuaderno de viaje, y como todo viaje, se hace de pasitos, miradas, brillos y reflejos. 
No hace falta la lógica de la mente, sólo la del corazón. 
Y se la dedico a Carmela, que en su casa enseña siempre el paraíso y fue parte del impulso 
para que aceptara la invitación sorpresa. Una pena que la pillara en Berlín,
 pero una alegría también, una excusa más para volver a su casa ;)

Primera vez en Andalucía, la costa –la casa- de la luz. Merecido nombre. Las playas infinitas, la temperatura exacta del lugar donde se apacigua el corazón.


Los paisanos y paisanas recogiendo apio y tomates desde las siete de la mañana, todos cubiertos de cuello para abajo para protegerse del sol y el calor, todos menos Juan Jozé, el joven que trabaja por entre los caños descalzo, con sólo un pantalón corto y una sonrisa pura, sin posos ni filtros. La piel curtida desde bien chico. Y los pájaros por la tarde, a la hora a la que baja el sol bajan ellos también a por los restos de la cosecha, parte de ese acuerdo tácito que tienen con los recolectores, en este mundo en el que ambos saben que el otro está ahí para que se mantenga el equilibrio.


Las vacas delgadas de cuernos largos, los pinos bajos, el amarillo seco y la roja tierra, susurrando a nuestro paso ‘África, somos África…’. Las garzas picoteando a las vacas, perfecta simbiosis de todo y en nuestra cabeza un único pensamiento ‘adaptación al medio’.

El caballo famélico, quieto en ese campo, sobreviviendo sabe dios cómo a esa curvatura en el centro de su espalda que, contra natura, quiere llegar al suelo, y todo a pleno sol.


Los pueblos blancos, trabajando tres o cuatro meses con todas sus fuerzas para el turista y el nostálgico, viviendo de puertas adentro, escondidos en los patios, esperando con infinita paciencia a que llegue septiembre para poder volver a sacar sus sillas todas a la calle, charlar con los vecinos sobre cómo han ido las cosas ese año, de cómo ir recuperando con sus paseos el empedrado, la luz y el aire que por fin son suyos otra vez. Compartir anécdotas, un par de ojos que se le hayan quedado clavados a alguien, llamar al gato esquivo, espantar las moscas, y terminar concluyendo como el filósofo que los turistas son siempre los mismos y sin embargo no son los mismos. Y a quién le importa.


Su pueblo es suyo otra vez y pueden vestirlo de diario, que es como más bonito está, aunque el turista no lo quiera ver y ellos no quieran enseñarlo, no vayamos a robárselo también. Si acaso se lo enseñan al verdadero viajero, el que va a deshoras y no busca más que paz.


Seguimos el camino, las puertas enormes, la fina herrería y la tosca también. El blanco cegador de las casas, la pintura desconchada en alguna esquina, ésa misma que te llama y te invita a doblarla… Las escaleritas medio escondidas, invitando a bajar sólo a los vecinos, a los más curiosos, a los gatos y a los niños, ocultas para todos los demás. Descubrir en los edificios junto al mar otro tipo de erosión, formando agujeritos para que puedan pasar la música y el aliento del mar.


El billete falso de diez euros que me dieron en una tienda de recuerdos en Conil. Y eso será, un recuerdo más, expuesto para tener una historia que contar.


La catedral de Cádiz, relinda, tan distinta a las demás, con la piedra comida y agujereada por la sal. El parque genovés y el jardín botánico, la dama de noche, las flores espléndidas, los colores. La puerta hermosa de entrada a la playa de La Caleta, los soportales, palacios de la sombra, donde no se atreve a entrar el forastero –leyes no escritas, todos sabemos que ese lujo es para los locales, a nosotros nos toca cargar con sombrilla, ellos ya son generosos en exceso al regalarnos su espacio, sus aguas cristalinas, su risa y su luz.


El Mercado Central de Cádiz con sus puestos de comida, cuyos precios y calidad echan por tierra todo atisbo del mito de la pillería. La gente corriendo en sana competición por coger una mesa. El vencedor sonríe ‘esta vez llegué yo’, y el vencido acepta la derrota con sonrisa también. La próxima será mía.



El camarero de Vejer de la Frontera que no tiene sorbete de limón pero sí una gracia infinita y ofrece su cuerpo ‘que tiene regustillo a limón’ y que me lo puedo comer poquito a poquito. Y lo dice tan sonriente y sin ofensa, que hasta apetece…


Y otra vez la tierra roja, restos de cuando este pedazo de mundo se separó ‘una mijilla’ de África. Los espinos, las plantas bajas luchando por sobrevivir y de repente un vergel de buganvillas, como una explosión de color para recordarnos que hay agua bajo tierra, la suficiente como para que la vegetación crezca y florezca, y que lo que más le gusta a la vida, en el fondo, es el sol.


La baja velocidad del circular de la sangre, la vida a media intensidad –al menos en el bombeo- y sin embargo el disfrute pleno e inmenso de la contemplación. Las hormigas trabajando, recogiendo las semillas del césped recién sembrado para el turista, transportándolas con gran disciplina a ese almacén que han hecho junto a la piscina, que encontré la puerta yo.

Y otra vez la playa de La Barrosa. La corriente arrastrando el flotador gigante con forma de flamenco y el héroe de turno que nada y nada hasta que no puede más y hay que ir a buscarlo a él.


El señor que hace el muerto en el agua, se incorpora a nuestro paso con sonrisa plena y tiene que compartir su regocijo con nosotras ‘aaah, qué frezquita’, con una sonrisa en la boca y el mirar, correspondida, y cada uno a lo suyo otra vez. Él hacia fuera, nosotras hacia el profundo mar.


Bajamos a la plaza en Conil y las pescaderas nos explican qué es cada variedad y en qué momentos se encuentran. La corvina es pescado de roca, nos cuentan, la hay todo el año, de todos los tamaños. En Galicia pocas veces la vemos en el mercado, les decimos.


Las frutas hermosas, baratísimas, los tomates más jugosos que haya visto. Esas uvas. Las tortillitas de camarones famosas y el pescaito frito que no pude probar por la harina, y descubrir una vez más que nunca hay nada imprescindible en un viaje más allá del buen espíritu y la capacidad de maravillarse con lo mínimo. Y que cualquier alimento es bueno y sabroso cuando se está de buen humor.


El ingenio por todas partes, las bolsas llenas de arena para que no vuelen las sombrillas, y la bolsa con cuatro agujeros hechos en cada esquina para poder meter cuatro cajas de pizza –‘lo que no inventen aquí’, dice E. con una sonrisa. 


La lotería en Barbate, nos trajimos el 84, ‘el número del cazamiento’, le dice uno de los habituales del lugar a C. El 5 que traía yo en mente y aquí se me aparece por todas partes y sin embargo no lo he cogido por tentar a la suerte pero a la inversa. Y el 16, y después pensar que todos los números me parecen siempre hermosos y mágicos, así que mejor no coger más. El 84 estará bien.


Barbate, donde un día habitó la opulencia, las conserveras, los bares abiertos 24 horas llenos de tragaperras, y donde hoy sólo queda el recuerdo de la fortuna, ahogado desde primera hora en la amargura balbuceante de los borrachos a los que una memoria cargada de oro, demasiado pesada, impidió avanzar. Y esas mujeres que se buscan siempre la vida, por cualquier grieta que deje la ciudad, ‘y en esta mesa nunca farta er pan’. Y a pesar de todo lo vivido y alguna pena gorda en cada despensa, todavía la luz, las risas, la alegría y el ajetreo en el pueblo como si fuera una gran ciudad.


Volvemos a la piscina, a la playa, al porche, al contemplar. ‘Los cielos son diferentes’, dice C. Aquí no hay nubes, se encapota todo entero, uniforme. El clima también funciona diferente, por eso esta luz.


El recuerdo de los chavales de Cádiz, que esos sí eran pillos. Los vimos en una calle principal pidiendo, con cara de tontos, y al dar la vuelta al puerto por la Alameda, los volvimos a encontrar, fumando y charlando espabilados como gacelas, ‘a ver zi viene la parienta’ ‘¿y qué vizte?’ ‘De tó menos de lo que quería’ ‘¿y qué queríaz?’ ‘Diamantez’, y carcajada al unísono, los jodíos.


Y, como no podía ser de otra manera, jardines esplendorosos y refinados bancos, adoquines de azulejos moriscos, y junto a la palmera, para recordarnos que aquí llega también el alma del Mediterráneo, una silla de porte señorial en medio del jardín, convirtiéndose en el centro del mundo en lugar de verse fuera de lugar. Esperando al viajero para regalarle un descanso.







Y el último día, con su último baño redentor en el mar de la Barrosa, para que no olvidemos qué luz reina en el paraíso, cómo huele su mar, y que aquí nos espera, por si queremos volver, para dejarse abrazar. Y después bañarse desnuda en la piscina a última hora de la tarde, cuando todavía hace calor y se siente el cuerpo hermoso y liviano.


Así es esta tierra y sus gentes y su sal: vivas y acogedoras. Aquí, donde uno no tiene calor, sino que ‘se le ha metío dentro la temperatura toda’.

Una noche tonta, una única película vista, ‘Eddie el águila’, sin mayores pretensiones, pero en todo hay siempre algo para el que quiere encontrar, y es una historia de ‘quien la sigue la consigue, y lo volverá a intentar.’



Y de pronto ya es domingo, y toca la vuelta. Los rayos y la lluvia que nos despiertan y acompañan por el camino, para saber que sí, que volvemos a casa. Observar el paisaje, anotar los últimos recuerdos antes de que desaparezcan, pensar en nombres, olores, envolverlos en la luz para que quede brillando dentro.


Mirar por la ventana. Pasar de los olivos a las encinas y los alcornoques, de las vacas de retinto a los cochinos, de las construcciones mozárabes a los castillos medievales, de la Virgen del Carmen a Santa Olalla. Volver otra vez a ver olivos, y saber que el aire no se puede quedar parado.


Respiramos hondo el campo todo, hablamos, callamos, nos guardamos el milagro de la luz en los escondites más sagrados de la mirada.


La música bonita –como ella- que pone siempre Charo, llena de ganas de bailar, incluso en un coche, sentada.


El Cuadrejón, el Arroyo Matasanos, Conil, Barbate, Chiclana, Zahara de los Atunes, Vejer… y casi todo ‘de la Frontera’. El sendero del puerco, el Carril de los Fuguillas o el del Guerrero. Allí son todo carriles lo que en mi casa son ‘carreiros’. Palabras distintas pero parecidas, y tan iguales en significado que, de pronto, por arte de magia, en cualquier parte me siento ya en casa. Como una suerte de Alicia que cruza el espejo y ve el otro lado de la luz, del sonido, de las palabras, pero sabe que sigue en casa y que la vida, en el fondo, significa en todas partes lo mismo. El viaje exterior que sólo tiene sentido si lo acompaña el interior.


‘Si todo es mentira y la mentira soy yo…’ mejor caminar hasta que los pasos tengan rumbo e intención y el horizonte nos convierta en verdad.


La autovía de La Plata. Las raíces de los árboles luchando con el asfalto, sabiendo que ganarán.

Los pies destrozados, y me queda claro que no necesito pies de ‘señorita quieta’ sino piel dura y correosa de caballo, que me sirva de suela para caminar descalza por la tierra. De toda ampolla se aprende siempre algo sobre el propio paso y con cada herida abierta se abren también los ojos, se resucita a ratos, se aprende a hacer las cosas de otra manera. 


Para quienes nunca es suficiente, sólo queda echarse a andar y, de vez en cuando, a nadar o volar. Y tal vez, ojalá, volver a Cádiz, y volverme a reconstruir, a encontrar.   

Cádiz, donde se queda el paraíso, tranquilo, sin prisas ni penas, porque sabe que tarde o temprano volverás, porque el paraíso siempre espera y porque tus acompañantes han sido lo mejor que podrías desear.











4 comentarios:

  1. Holaaaa!! que maravilla de entrada Maquinista, digo Revisora :)), me ha encantado, y gracias por la dedicatoria. Desde luego que tienes que repetir!!! qué coraje que justo vinieras cuando yo me fui de viaje y qué cerquita has estado de mi casa, te imagino andando por el Parque Genovés, la Alameda, la Caleta ayyyyy ojalá hubiera coincidido contigo.

    Has hecho un relato maravilloso de tu viaje y estancia en Cádiz, y veo que te has movido bastante. Fuiste a Vejer?, viste sus calles del casco antiguo?, su blanco inmaculado, sus callejuelas enrevesadas??, y al ladito, al bajar de Vejer, apenas a diez, quince minutos está la maravillosa playa de los Caños, mi playa favorita. Me hubiera encantado llevarte y que la vieras. Creo que una vez que la veas comprenderás mejor lo que siento en ella.
    La plaza de abasto, jajajaja, viste que curiosa es.
    Barbate fue grande y hoy desgraciadamente es un lugar con gran pobreza y mucha droga, una pena.

    Tienes que volverrrrrr y ya verás cuantas cosas más maravillosas hay.
    Las bolsas con arena jajajaja para que el levante no se lleve las sombrillas, y esabutaca en la Alameda!!.

    Qué pena no haber estado, pero he recorrido contigo todos los lugares que mencionas :))

    Espero que pronto vuelvas por estos lares.

    Una entrada preciosa.
    Un fuerte beso!!!

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  2. Cómo me alegra que te guste!! Hablar de la casa de alguien y hacerlo bien a sus ojos es todo un honor ;)
    Fue una pena que no se cruzaran nuestros caminos, pero es una buena excusa para volver. No es que me falten, porque ya he dicho que me ha parecido el paraíso y la idea es volver el año que viene, pero siempre será mejor si puedo verte.
    La verdad es que fueron cuatro días que me parecieron veinte, y eso que no anduvimos apurados, pero supongo que el tiempo fue generoso y se estiró para alargar nuestro placer.
    Vejer es una maravilla, aunque lo vi de noche, y me han quedado ganas de pasar dos días allí, verlo amanecer y cómo es por la mañana. La playa de los Caños la vi desde el coche, una pena porque es de lo poquito que no me dio tiempo a hacer, pero para cuatro días no estuvo mal (Estuve en todos los sitios que menciono, y se me había olvidado Zahara, donde también fui a la playa).
    Ha sido un viaje maravilloso, renovador, y me ha picado ya el gusanillo del sur, que creo que una vez se te mete dentro ya no hay forma de sacarlo. Lo cierto es que me encanta el flamenco, pero nunca era un destino que entrara en mis planes, si acaso el sueño de ver Granada. Y de pronto una llamada, un 'tenemos casa aquí diez días, ¿te vienes? hay vuelo a Sevilla todos los días' y mira, está 'ahí al lado', a hora y cuarto de mi casa nada más :)
    Muchas gracias por disfrutar la entrada y hacer el recorrido conmigo, ojalá se repita algún día pero de verdad.
    Beso grande!!

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  3. Que texto más bonito de Revisora, al igual que Carmela he viajado por la zona llevado por las letras todo y no haber estado nunca allí. Aún así me he enamorado de esa Andalucía de casas blancas de una planta, sus flores y la vida de sus habitantes. El viaje literario por barrios y playas me ha abierto el apetito por bajar al sur a descubrirlo, las últimas veces que estuve fue hace años y por trabajo, en Sevilla y Málaga, y aunque tienen su encanto, en mi imaginario persiste la de los pueblos blancos encaramados en barrancos o junto a playas, no sé muy bien porque, será por creer ver en ellos una utopía de armonía, de belleza arquitectónica sencilla, alejada de las complejidades de las ciudades y sus pretensiones. Es un sueño que llevo dentro, que creí descubrir también en las aldeas de Marruecos o los poblados del mediterráneo turco y griego, como si en un pasado hubiese habitado un lugar de esas características... como sea, y antes de que me enrollé, me ha encantado la entrada. Leía en ella felicidad, gozo y fascinación, y he podido ver los colores y oler el pescado fresco, así como imaginar a cada uno de los individuos que aparecen mencionados.
    Muchas gracias por tan fantástica crónica, lástima que no coincidierais por allí, pero bueno, una razón más para volver, junto a otras muchas, a esa tierra de luz.
    ¡Besos Maquinista!

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  4. Muchas gracias, Aka, por darte el paseito con nosotras ;) Harías muy bien en bajar al paraíso (ya le ha quedado el nombre), esa armonía de la que hablas está, incluso estaba en agosto, así que no me quiero imaginar septiembre o mayo... En Marruecos no he estado, pero en Grecia sí, y es esa paz la que también habita aquí. Concuerdo contigo en que esos son los ideales de tranquilidad y calma para el espíritu. Cuando me sueño en un futuro apacible siempre estoy bajo una parra, en un alto sobre el mar, casitas claras, muchas flores y cocinando para amigos.
    Me alegra que os gustara la crónica, no alcanza a describir todo lo que soñé allí, pero espero que no desmerezca ;)
    Bájate al sur! Que tienen la llave que las puertas abre ;)
    Besos a ti también, Aka!
    Y buen fin de semana a los dos.

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viajeros que han cogido el tren.......